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Una publicación de la asociación SER
Investigadora del Instituto Chr. Michelsen, Global Fellow del Center for Law and Social Transformation, y docente PUCP. Psicóloga, Magister en Salud Internacional (Instituto de Medicina Tropical Charité, U. Berlín), doctorada en psicología (U. Bergen).

Feminicidio en el Perú: ¿aumento o mejor registro?

En el Perú, casi a diario nos enfrentamos a noticias sobre nuevos casos de feminicidios, muertes violentas, que no deberían darse.  La brutalidad descrita en cada uno de los casos, nos hace preguntarnos qué está pasando.

Las estadísticas oficiales son desalentadoras, según datos del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) en el 2009 se registraron 139 casos de feminicidios, en el 2014 fueron 96, y en el 2018, 149. Además. Las estadísticas muestran que desde el 2016 se ve un aumento de casos de feminicidios registrados. Sin dejar de reconocer el dolor causado por cada uno de los 149 casos de feminicidio reportados en el 2018, y los 64 reportados entre enero y mayo del 2019, es necesario analizar estas cifras en su contexto. Recordemos que hablamos de un delito que muchas veces no era denunciado ni registrado, y su aumento puede deberse a que se estén registrando mejor los casos, se esté sincerando el número, y que recién nos estemos acercando a conocer la dimensión real de problema.  No es casual que el aumento del número de casos se dé justo en el marco de la adopción de la Ley para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres y los Integrantes del Grupo Familiar (Ley 30364) del 2015, y de la aprobación, en julio del 2016 del Plan Nacional contra la Violencia de Género 2016-2021. Como señalan Stephanie Rousseau y Eduardo Dargent, si bien hay muchas cosas que mejorar, debemos reconocer que estas políticas han tenido un impacto positivo en la atención a las víctimas.  Se ha producido un aumento de los presupuestos en diversos sectores que ha permitido no sólo crear más servicios para la atención de los casos de violencia, sino además equiparlos mejor.

Contar con un registro de calidad, permite además realizar un mejor análisis de las características de los casos registrados, y como consecuencia, informar mejor sobre cuáles son las debilidades de la respuesta al problema de la violencia contra la mujer, o qué tipo de actividades se deberían implementar. Por ejemplo, si bien la mayor proporción de agresores sigue siendo una persona con la que la víctima tenía o había tenido una relación “íntima” (pareja o ex pareja), se ve en el registro un aumento de casos distintos. En el 2014 se reportaba que el 77% de los agresores eran personas con las que la pareja había mantenido una relación íntima, mientras que e 2018 el 71%.  Este cambio también se ve reflejado en el lugar en el que se comete el ataque. Si bien la vivienda de la víctima sigue siendo el lugar más común entre el 2014 y el 2018, se ve un aumento en la proporción de casos registrados que se producen en la vía pública, y en lugares lejanos (6.25% a 7.38%, y 11.46% a 22.15% respectivamente). Estos cambios se pueden deber a mejoras en el registro, y casos que antes eran considerados como delitos comunes están siendo ahora registrados como feminicidios.  Esta información ayuda además a mostrar la dimensión estructural de la violencia contra la mujer, que ha sido por años reducida y presentada como un problema privado entre dos personas, en el que los sentimientos se usan como justificación para la violencia. Vemos que en casi el 30% de los casos registrados esté tipo de explicaciones no sirven, lo que nos debe obligar a analizar la violencia contra las mujeres desde otra perspectiva.

Otro dato que llama la atención al observar las características de los casos es que, en el 2018, el 3.4% de los casos había logrado medidas de protección (a diferencia al 1% registrado en el 2009 y 2014). Este dato estaría dando cuenta de serias deficiencias en la protección de las víctimas de violencia.  Si las medidas de protección no muestran una real capacidad para defender a las víctimas, esto puede contribuir a crear desconfianza en el sistema de protección, y desanimar a las victimas de denunciar.

Sin lugar a duda, las cifras de feminicidio en el Perú son poco alentadoras, cada muerte es un drama que se debió prevenir, evitar, y que no debió suceder.  Si bien no contamos con datos que nos permitan ser muy optimistas, es importante reconocer los avances que por lo menos nos están ayudando a describir mejor las verdaderas dimensiones del problema.