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Una publicación de la asociación SER

Europa: La migración, la política y el fútbol.

De acuerdo a las cifras del proyecto Missing Migrants, de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en lo que va de este 2018, han muerto o desaparecido, aproximadamente, 1.412 migrantes tratando de llegar a las costas europeas cruzando el mar Mediterráneo. La cifra más alta se registró en 2016, cuando alcanzó las 5.143 personas, un promedio de 14 personas al día. La migración responde a causas diversas: conflictos bélicos, falta de garantías sobre los derechos humanos y la pobreza económica. Por la causa que sea, hombres, mujeres y niños -en muchos casos no acompañados- huyen en busca de un lugar que les ofrezca paz y oportunidades; en resumen, un hogar. Esos mismos datos indican que la migración por la ruta del Mediterráneo proviene – mayoritariamente – del África Subsahariana, pero también del Cuerno de África y del Magreb.

La oleada migratoria y la incapacidad política de solucionarla, ha provocado el auge de discursos xenófobos en Europa, lo que ha llevado a que partidos filofascistas hayan tomado relevancia en la construcción de la política migratoria en sus respetivos países y en la Unión Europea. Dos hechos han marcado el devenir de las últimas semanas:

 

  1. La negativa del gobierno italiano, y posteriormente el maltés, de permitir el embarque en sus puertos de la embarcación humanitaria “Aquarius”, perteneciente a las organizaciones SOS Méditerrané y Médicos Sin Fronteras, que llevaba a bordo a 629 migrantes rescatados. Fue finalmente el gobierno español quien se ofreció a poner fin a este drama permitiendo su arribo al puerto de Valencia. En ese sentido, ACNUR ha manifestado su preocupación por el posible desaliento que pueda producir, en las organizaciones de rescate, el impedimento de desembarcar a las personas rescatadas.

 

  1. El acuerdo europeo que contemplaría la creación de “centros controlados” dentro de los países que – de manera voluntaria – decidan hacerlo. En estos centros se albergaría a los inmigrantes rescatados en aguas comunitarias, los cuales serían separados entre aquellos que recibirían estatus de refugiados, y por tanto su reubicación en algún país europeo que se ofrezca , también de manera voluntaria, a acogerlos; y, los migrantes económicos que serian devueltos a sus países de origen. Asimismo, el acuerdo contempla crear las llamadas “plataformas regionales de aterrizaje” en territorios del norte de África o los Balcanes, como Marruecos, Libia, Túnez, Egipto, y quizá Albania. La utilidad, en un principio, sería la misma que la de los centros controlados. El enviado especial de ACNUR para los refugiados en el Mediterráneo, Vincent Cochetel, manifestó su apoyo a esta iniciativa. En principio se propone que sean administrados por la Unión Europea, lo que trae consigo muchas incertidumbres legales. La opción de que sean gestionados por los países donde se implementarían los centros son rechazadas por las posibles vulneraciones de derechos humanos a los refugiados y migrantes económicos. Ejemplos de malos tratos pueden encontrarse en los CIES españoles o los campos de refugiados turcos, por lo que plantearse una plataforma en un estado fallido como Libia acrecienta la posibilidad de vulnerar derechos básicos de los migrantes- Por su parte, Matteo Salvini, Vicepresidente y Ministro del Interior italiano, ha puesto sobre la mesa, en la propuesta europea, la posibilidad de eliminar la solicitud de asilo por cuanto eso alentaría el denominado “efecto llamada”.

 

La solución a la crisis migratoria no pasa por la creación de “cárceles” para migrantes, pues en ningún caso han cometido un delito que merezca la privación de su libertad. La devolución de los migrantes económicos sólo tiene dos posibles finales: el hambre y la miseria tras haberlo dejado todo en su fallido intento de establecerse en algún país de la Unión Europea; o, la adopción de nuevas rutas -más peligrosas- a merced de los traficantes de personas. La solución pasa por el respeto y la defensa de los derechos humanos, a través de políticas que contemplen la reubicación en algún país europeo, facilitándoles todos los instrumentos para que puedan integrarse plenamente a la sociedad que los acoge. Asimismo, es importante trabajar con los países de donde parten la mayor cantidad de migrantes económicos para poder hacer frente a las causas que originan los flujos migratorios.

Resulta algo contradictorio leer las declaraciones del ministro belga de Asilo y Migración, el nacionalista belga Theo Francken postulando la conveniencia de impedir que los migrantes que lleguen a Europa de manera irregular pierdan su derecho a pedir asilo político, mientras celebra los triunfos de su selección, conformada por jugadores brillantes como Lukaku o Kompany (de origen congolés), Dembelé (de origen maliense) o Fellaini (de origen marroquí). Bélgica cuenta con un 47,8% de jugadores de origen migrante. Algo similar sucede con la selección francesa, la cual tiene en sus filas a jugadores como Mbappé (de origen camerunés y argelino), Kanté (de origen maliense) o Pogbá (de origen guineano). Incluso Umtití, nació en Camerún. Una política migratoria gala como la actual, donde, de acuerdo a la denuncia de Oxfam, “niños inmigrantes de tan solo doce años sufren abusos, detenciones y “devoluciones ilegales” en la frontera con Italia, posiblemente hubiese “devuelto” a Fassou Antonine y Yeo Moriba, migrantes económicos, a Conakry (Guinea) y el mundo – quizá – hubiese perdido la posibilidad de disfrutar del juego de Paul Pogbá. El 78,3% del equipo francés es de origen migrante.

El Mundial de fútbol nos ha permitido ver lo positivo del multiculturalismo, porque ningún ser humano es ilegal.