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Una publicación de la asociación SER

Estado, política y campesinado: Una mirada alternativa

Subsiste entre nosotros una idea del Estado que lleva a equipararlo con la figura del padre que protege y sanciona a sus ciudadanos. Se trata de una combinación del recuerdo del Estado benefactor del antiguo régimen (o del Estado redistributivo de los incas) con la imagen weberiana del Estado que monopoliza el uso de la fuerza y los instrumentos de represión. No obstante, un estudio atento y detallista de la política vigente antes y durante el conflicto armado interno revela otras conclusiones.

Aquella imagen clásica del Estado encaja con nuestra tradicional representación alterna y hasta exótica del campesinado peruano, como perteneciente a una cultura distinta, con sus propias formas de organización política y social y su cosmovisión andina, que es dominado por el Estado o sus agentes mediadores (como los hacendados del siglo pasado, por ejemplo). Para que ello ocurra, es necesario que los dominados interioricen la ideología oficial que se imparte a través de medios (como la escuela o los puestos policiales) que deben aparecer en el interior del país.

Esta idea trae consigo dos imágenes secundarias: La del campesino inerte, sujeto a la dominación estatal, y la de la cultura andina en retroceso frente a la ideología y cultura de los dominantes; la moneda en reemplazo de la reciprocidad y del trueque; el castellano en vez del quechua; el catolicismo en vez de la cosmovisión andina; el enciclopedismo occidental en sustitución del conocimiento ancestral. Sin embargo, la historia contemporánea del campesinado ayacuchano revela una experiencia distinta: La de agentes históricos que usan la retórica oficial para conseguir sus propios objetivos.

Para entender todo esto, debemos primero dejar de representar al Estado como la institución paternalista que monopoliza el uso de la fuerza e imaginarlo como una suma de enunciados, símbolos y rituales que se reproducen en la vida diaria. En efecto, el Estado no es solo policías, escuelas y carreteras; es un sistema de justicia que combina rituales y enunciados para sentenciar incluso en los casos más ordinarios, como robos, conflictos por tierras o por alimentos, a través de jueces no letrados que administran justicia en los lugares más apartados, o de abogados que recorren las comunidades a caballo, buscando patrocinados. Y es también símbolos que se propalan a través de afiches con imágenes efectivas y se ritualizan en las ceremonias públicas. A través de estos medios culturales, el Estado tuvo y tiene presencia en las comunidades más remotas y se sigue introduciendo en los corazones y las mentes de poblaciones andinas, sin recurrir exclusivamente a la zanahoria y al garrote.

No obstante, aquellos corazones y mentes campesinas no están vacías ni se enajenan con facilidad a los símbolos e intenciones estatales. Al contrario, participan de un contexto cultural que hace que sus portadores procesen el sistema simbólico estatal, para luego decidir y responder en correspondencia con sus intereses sociales. El proceso, entonces, deviene en una negociación simbólica entre dominados y dominio estatal, y puede desembocar incluso en una adecuación calculada o una resistencia abierta, tal como ocurrió en Chuschi en las décadas previas al conflicto armado interno. Aquí, los campesinos sostuvieron un largo juicio con la familia Del Solar Flores por las tierras comunales de Yaruca. En una etapa del proceso, empezaron a utilizar la retórica y los símbolos del gobierno revolucionario de Velasco Alvarado para impactar en la corte y lograr una sentencia favorable. Asimismo, configuraron un sustrato ideológico que los llevó a apoyar a Sendero Luminoso, cuando empezó en el lugar su lucha armada.[2]

De modo casi similar, una disputa entre los pobladores de Sarhua y el comunero Narciso Huicho por la posesión de unas tierras comunales propició la intervención del Estado, manipulada por una de las partes. Para acallar a sus oponentes, Huicho los acusó de terroristas, ocasionando la llegada de los Sinchis en 1982, cuando todavía no se usaba el término en las comunidades y Sendero Luminoso no había llegado a Sarhua. Los Sinchis detuvieron a los acusados y los trasladaron a Ayacucho, pero posteriormente, el caso fue archivado porque se trataba de un conflicto por tierras, aunque entre los campesinos llegó a mayores: Culminó con la desaparición del ambicioso Huicho.[3]

Ambos casos revelan la participación política de campesinos ayacuchanos, con el uso político que le dieron a las categorías y símbolos estatales antes y durante el conflicto armado interno. Y sucedió lo mismo con los oponentes del Estado que intentaron también dominar a los pobladores rurales. En la provincia de La Mar, donde los senderistas estaban obligados a ganarse a los campesinos para obtener respaldo y recursos, tuvieron que intervenir en las disputas entre familias y comuneros, y se convirtieron así en el ejército privado de campesinos que acudían a ellos para vengar las rencillas privadas. Así, estos últimos contribuyeron en la reproducción de la violencia, tal como muestra una investigación en curso.[4]

Veinte años después de culminado el conflicto armado interno, los campesinos continúan desplegando su agencia frente al Estado y a los partidos políticos. Resuelven apoyar a tal o cual candidato, no en función de la cantidad de bienes o dinero que les ofrecen y dan, sino luego de reinterpretar los enunciados y símbolos políticos de la campaña. Es que la zanahoria y el garrote, o la butifarra y el pisco, no constituyen elementos determinantes a la hora de decidir.

 


[1] Historiador y docente de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga

[2] Cf. Miguel La Serna: “Los huérfanos de la justicia: Estado y gamonal en Chuschi antes de la lucha armada”, en Roberto Ayala [editor]. Entre la región y la nación: nuevas aproximaciones a la historia ayacuchana y peruana. Lima: IEP-CEHRA, 2013, pp. 247-288.

[3] Cf. Olga González: “Testimonio y secretos de un pasado traumático: los ‘tiempos del peligro’ en el arte visual de Sarhua”. En revista Anthropolgica, N° 34, 2015, pp. 89-118.

[4] Cf. Nory Cóndor y Nelson Pereyra: “Desaparecidos en la penumbra del atardecer: Disputas privadas, memoria y conflicto armado interno en San Miguel (Ayacucho)”. En revista Anthropologica, N° 34, 2015, pp. 63-88.