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Una publicación de la asociación SER

Entre penas y gloria

Cuando, contento, en estos días me he dejado arrastrar por la vorágine optimista que ha generado la suerte que corra la selección de fútbol, por esa emoción colectiva que nos une a millones de desconocidos, por este fenómeno que sabios y doctos no comprenden, me he preguntado ¿qué noción de patria puede tener PPK, cuál, AFF? Apuesto que las dos difieren bastante de la que tenga Paolo Guerrero y más aún de la que dibujó ese trashumante juez de provincias que fue escribiendo historias y que cuando estaba destacado en Tacna escribió un largo poema. Me refiero a don Enrique López Albújar, quien escribió ese poema dedicado a la bandera desde el más hondo sentimiento de orfandad y desarraigo que pueden traer la derrota colectiva, la desgracia y la muerte.

PPK y AFF, siendo tan distintos, han demostrado que tienen nociones de patria semejantes, pues adolecen del arraigo en nuestra historia que tenemos los ciudadanos comunes y anónimos. Son hombres racionales acostumbrados a ritos patrióticos solemnes que no les mueven un pelo. El Perú, para ellos, deben ser la geografía, Machu Picchu, la gastronomía, multitudes tumultuosas, estadísticas, muchos proyectos, posibilidades de negocios, costos y beneficios, forcejeos, ensoñaciones y divagaciones sobre el poder.

Los Humala, junto con muchísimos, deben tener esa otra noción de patria que se inculca en los cuarteles y en los duros entrenamientos de las tropas de asalto, cuando descuartizan perros y comen lagartijas, o de los militantes de la revolución mundial que quieren voltear la tortilla. Esa noción vinculada a la jerarquía, el orden, la disciplina, la competencia, el triunfo y la muerte, pero nunca la propia, sino la de los otros. Noción que se acerca a la del purpurado y sus súbditos que, pensando en la patria celestial, lleva una vida de combate en la patria terrenal junto a los puros, los que ayunan, los que oran, callan y laboran, para identificar y erradicar de raíz a los traidores, pervertidos, apóstatas, ateos, causantes del desorden mundial y las desgracias humanas que ha traído el pecado.

Otra, creo, que es la noción de patria que habita en las entrañas de Paolo Guerrero, Pedro Gallese, Edison Flores. Porque, más que ideas, son emociones generadas por ese sentimiento de unión, de esfuerzo, de compromiso, de trabajo colectivo, de fraternidad, que hemos visto crecer en estos días. Donde la disciplina y el esfuerzo están sometidos no al engrandecimiento personal, no a la muerte de otros, sino al convencimiento que la camiseta rojiblanca -como la bandera- representa millones de vidas y de sueños como antídotos a la necesidad, la desconfianza, la pobreza, la inseguridad. Y que  la frustración que generaron décadas de derrotas, debe ser revertida.

Pero también, como muchos, me he acercado a ese insondable abismo: ¿Y si pierde la selección? ¿Y si perdemos la clasificación al mundial de fútbol? - digo, es un decir- (estas notas han sido escritas antes del partido con Colombia), caerá el Perú, de la tierra para abajo?, deberá cuidarse de sus nuevos poderosos, de sus héroes, de sus muertos, del que devora muertos a sus vivos, de leal ciento por ciento, como profetizó César Vallejo, que le sucedería a España? Vamos a volver al llanto y crujir de dientes?; al sálvese quien pueda?; al ojo por ojo, al diente por diente? Vamos a resignarnos a la corrupción y a la impunidad de (casi) todos los políticos?

O, más bien, habrá que retomar a López Albújar y sus versos que nos recuerdan que la bandera rojiblanca es ese “talismán glorioso que hace revivir en el vencido/ el cadáver solitario de una náufraga esperanza” o a versos de la canción de Chicha Morais (de la película La Hora Final) para no perder el rumbo: “La patria no es un pisco / ni un plato de comida/ es esa herida / en cada vida / es esa historia que todo el mundo olvida / cada mujer desaparecida / y esa bandera / allá en lo alto / que me recuerda /que hay muchos más muertos que santos”.