Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

En torno a la antipolítica

Foto: Exitosa

Jorge Duárez. Sociólogo

 

El pasado martes 17 de diciembre este portal publicó “El antifujimorismo es antipolítico” escrito por Víctor Liza. En esta publicación el autor nos propone una interpretación del antifujimorismo apelando a la noción de “antipolítica”. En las siguientes líneas quisiera aprovechar los argumentos que nos ofrece Liza para profundizar en dicha noción y en sus implicancias en la política peruana contemporánea.

Concuerdo con Liza en señalar que a inicios de los noventa el fujimorismo “cocinó” la antipolítica con dos ingredientes: exacerbando el desprestigio de los partidos políticos y sublimando la tecnocracia pro mercado. Mientras el primer ingrediente presentó a los partidos como los responsables del descalabro del país, el segundo sentenció que para solucionar la crisis orgánica que sufríamos a inicios de los noventa teníamos un único camino: reformar las estructuras socioeconómicas del país orientándolas al libre mercado. En tanto el primero desprestigió socialmente al discurso político y el segundo instaló la idea de que se necesitan gerentes y no políticos, ambos ingredientes convergieron en lo que es lo medular de la antipolítica: la clausura del debate de ideas en torno a cómo deseamos organizar la vida en sociedad. Por este motivo la antipolítica es por definición autoritaria, ya que aboga por una especie de “pensamiento único”. Pero su efectividad no se limita al campo del pensamiento o de la racionalidad, sino que interviene también –y este es un tercer ingrediente que nos interesa agregar para el análisis- en las subjetividades, en los deseos y miedos de los individuos, para asegurar así la reproducción del orden social.

Como se deduce de las líneas anteriores –y aunque parezca paradójico- la antipolítica necesita de la política. La antipolítica es una intervención eminentemente política, en tanto busca naturalizar, normalizar un determinado status quo, una manera de organizar la vida en sociedad, que en nuestro país es el resultado de un momento constituyente: los años 1992-1993. Constituyente no porque surgió una nueva Carta Magna, sino fundamentalmente porque esa Constitución expresó una nueva correlación de fuerzas que, al sedimentarse progresivamente, definió un nuevo orden social. Podemos decir que la antipolítica surgida en los noventa definió el carácter hegemónico del neoliberalismo en el país, de ahí su pervivencia hasta el día de hoy. Recordemos que la hegemonía implica, entre otros elementos, una intervención ideológica que intenta disciplinar nuestras formas de pensar, sentir y actuar en sociedad. En tal sentido, no debe sorprendernos (como argumenta Liza) de que parte de aquel conglomerado social denominado “antifujimorismo” también este permeado por este discurso hegemónico.

La antipolítica, por su propia “naturaleza”, debe ser enfrentada con acción política. Liza hace un llamado al retorno del debate de ideas, llamado que comparto. Ahora bien, su persistencia en el factor programático para marcar la distinción entre lo que es político y lo que es antipolítico puede quedarse en medio camino si no persistimos también en otro elemento: el del imaginario social o de lo que Mariátegui denominó el Mito. Si caemos en el error de limitarnos a discutir en términos programáticos, en el mejor de los casos (claro está desde la posición de quien escribe estas líneas) lograremos reemplazar una tecnocracia pro mercado por una tecnocracia “progre”, sin ser contra-hegemónicos. Por ello, rescato otra de las líneas escritas por el propio Liza: “proponer alternativas y levantar banderas”. Las alternativas las podemos entender en el terreno de lo arriba referido (que son fundamentales, por ejemplo saber qué alternativa dar a la agricultura nacional o al cuidado del medio ambiente); mientras que el “levantar banderas” lo podemos interpretar como una metáfora que remite a apuestas políticas por principios fundamentales, tales como la justicia social y la igualdad.

Ahora bien, para que nuestras banderas movilicen voluntades colectivas deben ser algo más que un acto declarativo o ético. Cada una de nuestras banderas debe tener la capacidad de condensar un conjunto de significados que permitan movilizar y articular diversos deseos y aspiraciones colectivas. Así por ejemplo, la justicia social debe significar ya no solamente un reparto equitativo de la renta entre el empresario y el trabajador asalariado, sino además acceso a vivienda, al agua potable, al internet. Nuestras banderas deben ser capaces de intervenir en el terreno de las pasiones (terreno que disgusta tanto al racionalismo de los tecnócratas), deben movilizar y generar un vibrante debate de ideas que socave al status quo, es decir, que agriete a la antipolítica.