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Una publicación de la asociación SER

En Imaza la cuarentena es un engaño

Foto: Radio Reina de la Selva

Bikut Toribio. Escritor, poeta y economista y gestor ambiental Awajún

“El gobierno nos encerró con tanta cuarentena, y él mismo nos sacó repartiendo los bonos. Tanta gente, de todas las comunidades, que bajó a Chiriaco a recibir el bono ¿cómo no se va a contagiar? Y ahora estamos todos enfermos del coronavirus” dice Inés Paati, una comunera Awajún de Wachapea del distrito de Imaza. Esto resume con precisión lo que sucede con la población indígena. El covid-19 ha llegado a los territorios de los pueblos indígenas como Imaza, que en principio acataron la cuarentena para prevenir el avance del virus. Pero, la medida adoptada por orden del gobierno no ha sido efectiva ni tuvo resultados para nuestros hermanos indígenas.

Imaza es el segundo distrito más grande de la provincia de Bagua. Tiene una población aproximada de 24,114 habitantes (INEI, 2015), que viven en más de veinte comunidades, y la mayoría son Awajún. Ante problemas económicos, sanitarios o políticos, y/o para gestionar algún proyecto la población de Imaza suele ir a la capital del distrito, Chiriaco, lo cual no es más que el reflejo de centralismo del Perú. A partir de ahí, al analizar la relación entre el centro y la periferia podemos observar la gravedad del problema. Siendo breve, el centro concentra casi todo lo necesario para hacer frente a la pandemia.

Cuando empezó la crisis sanitaria, que muestra con crudeza la realidad del Perú, algunas comunidades de Imaza, encabezadas por sus Apus se organizaron. Esto fue un alivio. “No nos queda otra que organizarnos y ayudarnos entre todos” sostenía Isaac Shimpukat, comunero Awajún de Wachapea. “Si alguien se enferma de coronavirus y se recupera con un tratamiento de plantas medicinales y otra medicina, con eso nomás nos trataremos” decía semanas atrás la señora Eulalia. Sin embargo, no fue suficiente para evitar el avance del virus. “La gente se enferma, todos han caído, igualitos a los pollos que se enferman de peste” afirmó Inés Paati.  Pero no es el único problema. Con la aparición de la pandemia, los pobladores reportan que el Centro de Salud de Chiriaco, ya no atiende, y “los comuneros necesitan medicamentos” dice Luis Miguel Tafur, un poblador de San Rafael.

Aparte de eso, los pobladores de distintas comunidades que presentan los síntomas de covid-19 no acuden al Centro de Salud por miedo, desconfianza, inseguridad; “los hermanos no se van a la posta, porque saben que no le van a atender bien, ni hay medicamentos y solo le darán paracetamol” señala Rany Sanchium, comunero Awajún de Imaza. Asimismo, hay otro mal que daña: “aquí hay mucha desinformación sobre la enfermedad” sostiene preocupado Luis Miguel Tafur.

Por otro lado, las farmacias de Imaza han incrementado el precio de los productos, con el cual se tratan los comuneros. Un diclofenaco que costaba a S/. 0.50, ahora cuesta S/. 4.00 la unidad; la acitromicina ha subido de S/ 1.00 y S/. 2.00 a S/.10.00; la aspirina de S/.1.00 llegó a costar S/. 4.00. El incremento de precios continúa. Para muchos, esta variación de precio puede significar nada. Pero al tratarse de uno de los distritos ubicados entre los 150 más pobres del Perú, con una tasa de pobreza que oscila entre el 65,7% y el 91.7% (INEI, 2013) debe preocuparnos, porque ya no se trata de la subsistencia, no se trata de ir a la chacra, sacar yucas, plátanos, piñas; no se trata de pescar o cazar para responder al hambre. Se trata de comprar un producto del mercado. Ese mercado que como a muchos, poco a poco, vuelve dependientes también a los pueblos indígenas, y si no tienes dinero se convierte en un mal que te acerca a la muerte.

Chiriaco e Imacita, otro centro poblado, están paralizados. Las comunidades están varadas sin poder moverse, solo envían alguna comisión para que compren medicamentos, porque otra vez, en casi todas las comunidades los hermanos presentan síntomas del coronavirus. Incluso, se ha reportado muertes a causa del Covid-19. El día sábado murió Hernán Kinin, un poblador de Shushug; falleció Alejandro Paati, comunero de Uut; en Chiriaco dejó de existir Aida E. Montenegro, directora del Instituto Superior Tecnológico Público Tsamajain (ISTPT); Moisés Roca de la comunidad de Wawas se sumó a la lista de los decesos; también murió la señora Aparicio de San Rafael. No hay duda de que la lista de personas fallecidas puede aumentar, si es que no hay intervención directa en las comunidades con un plan de salud.

Es decir, ¿aún con la existencia de personas con covid-19 es necesario que las comunidades indígenas sigan acatando la cuarentena? ¿No es mejor que el gobierno en vez de enviar apoyo con autoridades cuestionadas por corrupción, donar productos, o ampliar la cuarentena, vaya directo a cada comunidad y atienda a los que sufren de esta enfermedad? De ser así, es importante plantear desde qué perspectiva se tiene que elaborar algún plan de política de salud. Quiero decir, con las políticas asistencialistas no se va a solucionar el problema que nos está azotando con tanta dureza. Hasta el momento, los pobladores de Imaza han podido controlar el agravamiento de su salud con plantas medicinales y algunos medicamentos, pero necesitan una mano del gobierno para salir de esta crisis. Para ello, los Awajún y en general, la población indígena no solo necesita recibir atención, sino saber hacer, es decir, desarrollar su capacidad para afrontar sus problemas. “Los doctores de acá no quieren decirnos cómo atender cuando la gente pierde la respiración. No nos dicen qué ampolla usar, porque si nos dicen, nosotros trataremos y ellos pierden sus clientes” sostiene Rany Sanchium. ¿Dónde está la empatía y la solidaridad en estos tiempos difíciles?

En síntesis, no es extremadamente necesaria una cuarentena en las diversas comunidades indígenas, porque se trata de una realidad donde la vida es colectiva. Es incoherente que una medida desde una lógica individualista y urbana sea eficaz en una sociedad que tiene una lógica colectiva, forma de vida que es compartida por la población Amazónica y Andina. Para elaborar cualquier plan o política de salud se necesita la participación activa de los pobladores indígenas; tomar en cuenta su mirada, su organización, su forma de vida, es decir, debe existir un diálogo intercultural en la salud. Esperar en los centros de salud a que los pacientes de las comunidades viajen más de dos horas a pie, en trochas mal hechas y llenas de charcos, soportando la lluvia, y la crecida del río, más que una solución es agravar el problema, por lo que atender a cada comunidad en su zona, en coordinación con los Apus y asesorando a los enfermeros de cada localidad sería una medida más beneficiosa y eficiente.

Lo que ocurre en Imaza es lo que ocurre en muchos otros pueblos de la periferia, y para que su situación cambie se tiene que considerar y dar valor a la comunidad indígena, discernir y entender su lógica de vida. Esperemos que el gobierno y las autoridades no se acuerden tarde, como están acostumbrados, esperemos que no se repita la historia en que los pueblos indígenas han tenido que derramar su sangre para que los gobiernos los escuchen. Si realmente amamos el Perú esto tiene que cambiar; para que un Aimara, Awajún, Wampis, Asháninca, Machiguenga, Shipibo-Conibo, Jaqaru, y tantos otros, se sientan peruanos, uniendo fuerzas y sueños, y construyendo una nueva identidad nacional.