Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

El poder de las palabras

Hoy en día las formas de informarnos están caracterizadas por la inmediatez. Esta palabra viene de “inmediato” y significa, según la RAE, “que sucede enseguida, sin tardanza”. Así, pues, se ha desechado la mediación y los datos de la realidad llegan a nosotros de forma rápida y sin mayores obstáculos. Solo basta tener un teléfono “inteligente” para vincularnos directamente con lo que sucede en nuestro mundo. Y en el de otros.

Pero “inmediatez” también puede significar que se ha apartado todo medio que permita tener una mejor información. Usualmente las personas se quedan con lo primero que reciben sin profundizar o verificar la noticia. El ejercicio de cruzar datos, comprobar la información, criticar sanamente al mensajero es una tarea olvidada. Y debido a esto, muchos rumores o afirmaciones se dan por auténticos convirtiéndose en verdades hechas o en sentidos comunes.

Para que todo lo anterior sea posible, es indispensable el lenguaje. Según Mark Thompson, en su libro Sin palabras ¿Qué ha pasado con el lenguaje en la política? se muestra convencido sobre la importancia del lenguaje en nuestras relaciones, siendo una herramienta de fácil acceso porque las palabras no cuestan nada y “cualquier político, periodista o ciudadano de a pie posee una reserva ilimitada de ellas”. Y esto puede ser una ventaja para lo bueno, pero también un arma demoledora de bajo costo para el que la usa.

Si bien es cierto, siguiendo a Thompson, que nuestro tiempo privilegia la información digital, sigue teniendo el lenguaje humano la función “de avisar, asustar, explicar, engañar, enfurecer, inspirar, y, sobre todo, convencer”. Todas estas posibilidades a veces deciden el curso de la historia. Sobre todo si son usadas por políticos, “líderes de opinión” o celebridades. Al respecto, el autor del libro nos da un buen ejemplo de ello.

El 23 de marzo del 2010, el presidente de EE.UU. Barack Obama firmó una reforma de las leyes de las salud de su país que se llamaba The Patient Protection and Affordable Care Act (Ley para la Protección de Pacientes y Cuidados de la Salud Asequibles). O mejor conocida como “Obamacare”. El principal objetivo de esa reforma era dar acceso a un mayor número de estadounidenses a cuidados de salud, mejorando la calidad de los mismos y regulando la industria de los seguros médicos. Con esto se reducía el gasto en cuidados de la salud en dicho país. Además, la ley contenía cientos de diferentes disposiciones y conjugaba diferentes aspectos de “la crisis de cuidados de la salud” en los EE.UU.

Esta ley no llegó a implementarse tal como originalmente se había propuesto la administración del presidente Obama. Casi medio año antes, en un programa de televisión, una doctora llamada Betsy McCaughey, exvicegobernadora del Estado de Nueva York, ideológicamente al otro lado de la orilla política respecto al Partido Demócrata, opinó que en la revisión que había hecho de ese proyecto de ley encontró que los titulares del plan de salud Medicare recibirían asistencia para informarles sobre “cómo terminar antes con sus vidas”, “cómo rechazar la nutrición, cómo rechazar que las hidraten, cómo pasar los cuidados paliativos”. Su denuncia la enmarcaba en cuestiones de “vida o muerte” y acusaba al gobierno de inmiscuirse en ello.

Según Thompson, esa acusación no era cierta. El proyecto de ley no contemplaba imposiciones obligatorias de “cómo terminar con la vida”; todo quedaba a discreción del paciente, en el marco de sesiones voluntarias que se añadirían a la cobertura del Medicare, que es el programa federal que cubre los gastos de los pacientes estadounidenses de la tercera edad. Aunque todo esto fue refutado y habría quedado en una anécdota propia de la desinformación, si es que no hubiese aparecido una de las representantes de la derecha ultraconservadora de EE.UU., la exgobernadora de Alaska, Sarah Palin.

Esta señora usando Facebook acusó a la administración del presidente Obama de estar creando un “comité de la muerte”, formado por burócratas que decidirían, basados en juicios subjetivos, quiénes “son merecedores de atención sanitaria. Un sistema maligno, sin más”.

En los siguientes días, según narra el autor del libro, el término acuñado “comité de la muerte” se propaló vía redes sociales, webs, televisión, radio; y difundido por la autora y sus partidarios. También propalado involuntariamente por quienes trataban de desenmascarar la falsedad contenida en esas cuatro palabras. Sin embargo, en pocos meses el 86% de los estadounidenses habían oído el término, y el 30% creía que la acusación hecha por Palin era cierta. Por esto, no se pudo revertir el daño que hizo el recurso retórico “comité de la muerte” a la propuesta de Obama, obligando así a los demócratas a eliminar su propuesta original en el proyecto de ley.

El autor se pregunta ¿por qué la palabra “comité de la muerte” funcionó eficazmente en la configuración del debate sobre esa parte del Obamacare? Según él, su fuerza radicaba en su “comprensión”. Es un argumento político que puede expresarse en cuatro palabras y que resulta ideal en estos tiempos de inmediatez transmitida instantáneamente gracias a internet, radio y TV.  Además, según Thompson, “comité de la muerte” no solo significaba solo una parte del proyecto de ley del “Obamacare”, sino todo lo que representaba Barack Obama y su política y visión para Estados Unidos.

Ahora bien, a la luz de esta historia, pensemos en nuestra política local, en nuestros conflictos sociales frases como “agua sí, mina no”, “ideología de género”, “Con mis hijos no te metas” y varias más. Pero todo esto lo desarrollaremos en un próximo artículo.