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Una publicación de la asociación SER

El oxímoron peruano: despiadado país de maravillas

Foto: Andina

Luis Chávez Rodríguez. La casa del colibrí de Chirimoto, Amazonas

Usar conceptos o imágenes de significados totalmente opuestos para nombrar lo que no se puede nombrar porque el núcleo de la idea se halla en el limbo de una tercera imagen en permanentemente e inacabada construcción, es la función de un oxímoron. Esta figura retórica, de frecuente uso borgeano y sustento del título de dos novelas cortas en una, de Haruki Murakami, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, le vendría muy bien a la Región Amazonas y al país entero a raíz del reciente accidente de un helicóptero de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), en las montañas de la Comunidad Nativa Awajún de Chija, distrito de Imaza, en la Región Amazonas, ocurrido en medio de la pandemia de covid-19.

La lista de fallecidos a los que recordaremos con respeto y agradecimiento como héroes caídos en la función de su trabajo, es larga y lamentable. En ella encontramos médicos, enfermeros y enfermeras, alcaldes, sabios, líderes, policías, soldados y ahora siete peruanos más: Reu Wisum Piitug y Sabino Shawit Najamtai, dos peruanos awajún;  Elmer Herrera Chuquimes, trabajador del programa Qali Warma; Nicolás Estrada Orejón, Técnico de Segunda FAP; Ronald Cortez Miñope, Técnico de 1ra FAP e ingeniero de vuelo;  Bryan Calleja Martins, Capitán FAP y copiloto, y Luis Flores Muñoz, Comandante FAP y piloto de la aeronave.

El bimotor MI-17, fabricado para transportar cohetes y misiles guiados anti ataque, cargado esta vez con alimentos para niños awajún pobres, despegó el 7 de julio al medio día desde la base militar de Urakuza, en el distrito de Nieva, provincia de Condorcanqui, con destino a la comunidad nativa de Chija, en Bagua. Estando ya en las inmediaciones del poblado, la máquina perdió altura y se hundió en el follaje, a medio kilómetro del poblado, incendiándose inmediatamente. Murieron todos sus ocupantes y el esperado cargamento se hizo cenizas.

Hasta ahora no se conocen las causas del accidente, aunque se sospecha que sería consecuencia de un “ligero sobrepeso”. Lo que sí es evidente entre los amazonenses, es que los encendidos vientos de la muerte no dejan de soplar en estos últimos meses. Esta tragedia se suma a la que se está viviendo de modo acelerado y con marcada incidencia en esta parte del país, como en el resto de la Amazonía. La  tragedia nos sigue rondando desde la llegada del coronavirus a nuestra Región Amazonas, donde al parecer recién estamos en la etapa inicial de la propagación del virus con 4,084 casos oficiales y 117 muertos.

Las razones para señalar la presencia de una figura como el oxímoron, en el marco de tragedia que vive el Perú tienen bases estructurales. Si no, no se explica su constante y espontánea frecuencia, mucho antes de la pandemia. Nuestro “despiadado país de las maravillas” es un oxímoron en sí mismo.

En muchos aspectos de nuestra peruanidad encontramos situaciones o realidades que se suelen calificar como “altibajos”: en la economía de mercado, entre los buenos perdedores en los partidos de fútbol, en las guerras de pacificación, en las esterilizaciones forzadas, o la llamada “conquista del Perú por los peruanos” de hace unos años. Este “sí pero no”, que nos quita el aliento y que todos los peruanos conocemos muy bien. Son situaciones que saltan a la vista cuando apenas se detiene la mirada en nuestra realidad periférica. Para citar solo algunos oxímoron en el contexto de la pandemia, tenemos por ejemplo los picos de la curva de contagio, la meseta descendente, el martillazo de la salud, los protocolos de repatriación y de retorno a las provincias de los que perdieron el trabajo que nunca llegaron a tener en las grandes ciudades, la entrega de bonos masivos en medio de la campaña “Quédate en casa” aunque no tengas qué comer, la distribución de medicamentos y alimentos a los más vulnerables con personal de salud contagiado, el reinicio de clases presenciales con profesores vectores, y en fin, la lista podría seguir. Del mismo modo sucede cuando elegimos a nuestras autoridades: presidentes, congresistas, gobernadores regionales y alcaldes, que en su gran mayoría son corruptos prepotentes a los que les damos el poder de administrar el dinero y el futuro de todos los peruanos.

Que una máquina de guerra como un helicóptero MI-17, se acerque a una comunidad awajún llevando alimentos y esperanza a una población frágil y asustadiza, especialmente si tenemos en cuenta la  memoria que se conserva de otras intervenciones del Estado en esta zona de Bagua, no está mal en este momento de emergencia. Es un recurso urgente. Pero que la aeronave, ya sea por fallas mecánicas u otras que la investigación determinará, colapse y explote, creando una humareda negra con olor a petróleo quemado, que envuelve a la comunidad nativa que justamente iba a ayudar, es un traumático oxímoron que se quedará impregnado en el imaginario awajún de Chija, en el Cenepa.

El Perú está construido por una cadena de oxímoron y los encontramos en las diferentes instancias del Estado, especialmente en los sectores de Agricultura, Educación, Ambiente, Salud y Cultura; sin embargo, no todos sufren las consecuencias de la maldición del oxímoron. Los riquísimos empresarios deshonestos contabilizan sus ganancias aun en medio de la pandemia y hasta sus pérdidas van a su favor como se ve en el caso de los créditos de Reactiva Perú otorgados a las grandes empresas. El oxímoron en el Perú es la característica insana que nace de algo que no funciona en nuestra vida social y política, en nuestros gobernantes, en nuestro modelo de sistema económico radical, inhumano y degradante, que casi todo lo corrompe y lo conduce a la tragedia. La construcción de nuestra República, tal como está, a un año exacto del Bicentenario de la Declaración de la Independencia, es una herencia de la prepotencia colonial y delincuente, depurada por los que administran en estas últimas décadas el país. Este oxímoron peruano es una lacra que persiste desde los viejos tiempos de la oligarquía y que -abusando de la figura- a la luz oscura de la pandemia, ya no podemos esconder ni maquillar, sino que debe ser erradicada como si fuera otra peste más antes que nos deje como proyecto inconcluso de país.

A pesar de algunos datos biográficos y de un difuso perfil hecho por los medios de comunicación, a partir de las cuentas de Facebook de los fallecidos, poco se sabe de tres de los tripulantes y de los dos pasajeros civiles del fatal vuelo. A diferencia de ellos, el Comandante FAP Luis Flores Muñoz, sí era conocido por sus múltiples operativos y acciones exitosas en la guerra de pacificación contra los senderistas y los emerretistas que desangró a nuestro país. Uno de sus compañeros, ha declarado al diario La República, que “su ‘promoción’ Luis Flores Muñoz  estaba muy entusiasmado por participar en las acciones de traslado de alimentos del programa Qali Warma para los niños escolares de la comunidad Awajún… una de las zonas más inhóspitas y abandonadas del territorio nacional”. También ha dicho que “Era una excelente persona…un profesional correcto y deportista calificado en la disciplina del Tae Kwon Do”.

Estas expresiones construirán, en última instancia, la imagen de un soldado combatiente en guerras internas y externas que muere en una acción pacífica de ayuda a los más necesitados, a los pobres de un país privilegiadamente rico en tradición, en recursos naturales, en biodiversidad y en su gente emprendedora y creativa que sobrevive sin encontrar la manera de salir de la pobreza, estando ya a 200 años de su independencia. Sin duda una imagen insuficiente y rígida de la tripulación inmolada.

Pasado este tiempo de aumento de la impotencia, la frustración y la incertidumbre, en el que todos los seres humanos del planeta, por primera vez, estamos juntos y frente a un mismo enemigo, los sobrevivientes recordarán a los caídos que dejó un diminuto y poderoso virus, que supo propagarse de modo inteligente e incontenible por entre las grietas del oxímoron que los humanos hemos creado.