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Una publicación de la asociación SER

El otro mensaje del 28

Foto: Presidencia de la República

Alfredo Quintanilla

Todos lo dicen: el presidente Vizcarra perdió una gran oportunidad. Para unos, de hablar con la verdad, de animar a la Nación proyectando las grandes tareas del futuro; para otros, de hacer una autocrítica sincera. Para todos fue un discurso demasiado largo, aburrido -con sus cien cifras- y falto de sustancia, de sentimiento, de visión histórica. Un discurso para el olvido, el que hace un burócrata y no un líder y menos un estadista; sin capacidad de transmitir un mensaje para las decenas de miles de familias dolientes y de insuflar coraje al resto para derrotar al mal. Un discurso que tiene el efecto de hacer prescindibles (una vez más) a los políticos.

Pero no todo está perdido para el Perú, si de liderazgos se trata. Qué diferente la homilía de Monseñor Carlos Castillo en la misa del Te Deum, solitaria, pero no vacía. Su voz pausada contrastaba con el discurso inflamado de los líderes políticos que no hace mucho galvanizaban a las multitudes. Pero no fue la acostumbrada letanía de citas bíblicas. Fue un mensaje sustancioso, claro y breve, que merece ser leído y escuchado.

Qué cargado de emoción ese exordio, qué punto de partida, tan diferente, pensando en el pueblo sufrido y creyente. Qué mejor manera de convocar al minuto de silencio por nuestros muertos, que vino a continuación, citando a Vallejo, sin necesidad de nombrarlo. Merece ser copiado:

Es tan dura la tragedia nacional y mundial que todo parece oscuridad. ¿Cómo no sentir confusión si nos invade el dolor ante cada enfermo y cada fallecida y fallecido? Junto a toda América Latina seguimos estando entre los países más afectados. ¿Cómo celebraremos nuestro Bicentenario si estará marcado por la pandemia? El contagio aumenta en calles, buses y mercados, a pesar de las medidas de cuidado. Con el poeta sentimos que “la resaca de todo lo sufrido se empoza en el alma” nacional. Hemos sentido “las caídas hondas de los Cristos del alma” aquí, en la Iglesia Catedral, recordados en sus miles de retratos multicolores. Amor y clamor silencioso y familiar han pasado por aquí. Sentimos aún que no es suficiente haberles entregado lo que Jesús nos dejó para enjugar nuestras lágrimas. Con el poeta clamamos: “tanto amor y no poder nada contra la muerte””

Luego del minuto de dolor y de recuerdo que sirvió de bálsamo y consuelo, invitó a los peruanos y peruanas “como Cristo derrotado en su cruz” a comenzar a ver, con esperanza, las pequeñas luces que aparecen en medio de la tragedia: la capacidad solidaria, mencionando como ejemplo a Mario Romero, “el ángel del oxígeno” y Santiago Manuín, líder histórico del pueblo awajún. Siguió con la mención de los médicos y trabajadores de la salud, soldados y policías, trabajadores de los servicios urbanos, “campesinos que envían los alimentos, el empresariado, asociaciones de la sociedad civil, iglesias y comunidades religiosas”.

Con claridad llamó a forjar la Nación, un concepto casi olvidado, al que se opone “la cizaña de la indiferencia” y señaló las tareas que tenemos por delante:

"Aún hemos de aprender a superar la estrechez con la anchura, el monopolio con la sana competencia, la mezquindad y la corrupción con la ganancia adecuada y justa, el dominio de la naturaleza con su cuidado, la salud como negocio con la salud como servicio, la herencia de costumbres coloniales discriminadoras, con el trato respetuoso y dignificador.”

Sólo faltó decir, el que tenga oídos que oiga y, más aún, que prestemos atención a su diagnóstico de los graves peligros que enfrentamos: “… el riesgo en que está nuestra existencia como Nación, como República, como Democracia”.

Y ¿qué propuso como aporte de la Iglesia Católica?, se preguntarán algunos. Recordó que desde el comienzo de la República su antecesor Francisco Javier de Luna Pizarro, como diputado y ciudadano, alertó contra “el desastroso principio del interés personal” y uno no puede olvidar que ella ha contribuido “en la formación histórica, cultural y moral del Perú” como decía el Artículo 86° de la Constitución Política de 1979, en texto sugerido, sin duda, por Héctor Cornejo Chávez. Pero ya no se trata de que él mismo incursione en política como Luna Pizarro o que se funde una nueva Democracia Cristiana. No. Llamó al creyente en el Dios de lo imposible, a ponerse de pie para generar procesos duraderos de solidaridad y ayudar a crecer al prójimo en conciencia, capacidades humanas y sociales. Así, señaló, que está en marcha un proceso de reforma interna con la pastoral de emergencia, con el aporte de Cáritas y el plan de parroquias misioneras y solidarias.

Para ello, también convocó a un proceso de diálogo”, pero con otros protagonistas “todos nuestros barrios y vecindarios mirando al Bicentenario” y distintas pautas: “ayudémonos a superar todo clericalismo y elitismo indiferente, todo autoritarismo y abusos contra los menores y la mujer, toda espiritualidad individualista, vacía, ausente de amor fecundo y solidario, y todo culto al dios dinero.”

Como se verá, vientos distintos soplan ahora en la Iglesia limeña, ya no truena el autoritarismo ni el moralismo fariseo, pero tampoco es una visión ingenua, pues, sabe que “la gran luz llegará del clamor popular, de los sencillos”, aunque es consciente que “no está organizado, que requiere ser fortalecido y “no usado para fines particulares”, por lo que en la coyuntura electoral que se avecina “los electores no sólo hemos de informarnos bien, sino cooperar creativamente para impedir ser manipulados”.

Y contra el “sálvese quien pueda”, recordó que “Dios no nos creó para salvarnos solos, sino hermanándonos como hijos e hijas del mismo Padre”. Sin lugar a dudas, un nuevo liderazgo espiritual se yergue en el Perú, justo, cuando más se necesita.