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Una publicación de la asociación SER

El gol efímero

La confianza en la selección nacional de fútbol, renovada en virtud de los avances que han demostrado en la cancha, hoy se encuentra en suspenso a raíz de los audios que vinculan al presidente de la Federación Peruana de Fútbol (FPF) con el ala corrupta del sistema judicial. Este reciente episodio nos enfrenta a la pregunta: ¿podemos confiar en un proyecto deportivo que se teje sobre una precaria base institucional?

La defensa de Oviedo durante la última semana quiere convencernos de una respuesta afirmativa, atando su continuidad en el cargo a la sostenibilidad del proyecto. Teófilo Cubillas sintetiza la que tendría que ser nuestra postura: deberíamos sentirnos agradecidos con el cuestionado presidente por devolvernos la gloria de participar en un mundial. Proviniendo de Cubillas, jugador histórico de la selección, esta frase es reveladora. No solo porque nos indica el norte de sus alianzas, sino porque refleja la forma en la que dirigentes, jugadores y asociados han aprendido a comprender el fútbol peruano: a través de relaciones patrimonialistas.

Las decisiones del dirigente deportivo han supeditado los objetivos institucionales a lo largo de la historia del fútbol profesional en el Perú. Oviedo es apenas el último ejemplo de esta larga genealogía dirigencial. En algunos casos se puede tratar de liderazgos virtuosos que potenciaron algunos logros deportivos, como ocurrió con Augusto Moral al frente de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (1968 - 1975 y 1982 - 1989). Otros son casos infaustos de saqueo de recursos y pobreza de resultados, como ocurrió durante el periodo de Manuel Burga al frente de la FPF.

Nuestra investigación sobre la disputa por el gobierno del fútbol peruano (titulada “El otro partido”, elaborada en coautoría por Panfichi, Chávez y Saravia), reconoce que los proyectos deportivos, si los había, se han ajustado a la duración del mandato del dirigente de turno y a su capacidad de sostener una red de influencia en virtud de sus propios capitales. De este modo, aún en los casos bien intencionados, finalizado el ciclo del dirigente encuentra término también el apoyo al proyecto. En virtud de este sostén, hemos tenido jugadores y directores técnicos talentosos que han logrado darnos chispazos de gloria. Sin embargo, al limitar los marcos institucionales al alcance individual, tales logros han sido más bien una excepción antes que una conducta regular.

Oviedo, al asumir la presidencia de la FPF, buscó proyectar una imagen de profesionalismo garantizando la independencia de la dirección deportiva. La reciente coyuntura, sin embargo, revela las limitaciones. El periodista Umberto Jara ha apuntado que la intervención personal del dirigente en el caso Guerrero fue, por lo menos, irregular, así como también el protagonismo mediático que buscó en la víspera del mundial para desviar la atención de las acusaciones de la justicia.

La FPF se está quedando sola mientras procura blindar a Oviedo. Su Comité Consultivo renunció en pleno ante el escándalo, la Agremiación de Futbolistas ha pedido que dé un paso al costado, la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional ha aprovechado la coyuntura para solicitar reformas que corten su influencia, e inclusive Juan Carlos Oblitas, director deportivo de la FPF, ha expresado que la situación le genera asco. Los integrantes de la institución y sus aliados lo rechazan, pero Oviedo se aferra al cargo.

Fuimos testigos de que el talento individual de los jugadores puede germinar cuando encuentra la tierra fértil del proyecto deportivo. Amparados en este reconocimiento, el principal reto de la Federación Peruana de Fútbol es florecer. Subordinar esta agenda a los caprichos de un dirigente por eludir la justicia sienta frágiles cimientos para la continuidad del programa de fortalecimiento de nuestro fútbol profesional.

 

Gisselle Vila, socióloga (@theleopardal), pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional