Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

El dilema Acuña

El incremento en la intención de voto de César Acuña ha tocado una de las fibras más sensibles de la política peruana. Probablemente, Keiko Fujimori ande comiéndose las uñas, Alan maldiciendo en magnitudes colosales y PPK tomando más manzanilla. Frente al constante y significativo anti-voto indeciso, las izquierdas aparecen tan fragmentadas como minúsculas y los “outsiders” guardan pocas oportunidades para ubicarse en este espacio. El crecimiento del candidato de Alianza para el Progreso (APP) genera, entonces, un cambio en la dinámica del electoral.

Sin embargo son muchos los dilemas que ha levantado este fenómeno. Por un lado, la empresa política de César Acuña representa elocuentemente la forma de hacer política instaurada durante los años noventa. De hecho, el politólogo Steven Levitsky ha señalado que Acuña es más fujimorista que Keiko por sus artimañas. Por ello, no debería sorprendernos este escenario, puesto que Acuña no solo dispone de “plata como cancha” y una universidad que se confunde con su partido, sino que además APP ha invertido tiempo y dinero en cooptar políticos locales así como, no debería restársele peso, en mantener un aparato de comunicación importante a nivel regional (UCVSatelital).

No obstante, nadie tiene claro cuál es el proyecto político de Acuña más allá de la ambición por ostentar el poder. Esto significa para el candidato un activo y un pasivo. La falta de ideas programáticas claras hace que Acuña pueda reclutar nuevos cuadros o, en jerga futbolera, hacer fichajes y jales con mayor sencillez. En palabras de Rodrigo Barrenechea, quién ha estudiado desde muy temprano el desarrollo de APP, el costo político personal de unirse a esta coalición es mínimo, puesto que no hay que romper o adoptar nuevos ejes programáticos e ideológicos; mientras que las posibilidades de alcanzar un puesto en el parlamento son considerables.

Por este motivo, Acuña ha podido, y podrá, jalar políticos que están llamados a fungir como sus “garantes”, para usar el argot de la última elección presidencial. No obstante, esta ventaja convive con el pasivo que significa no poder transmitir una idea clara, lo cual es problemático desde la perspectiva del electorado. Vale aclarar que un cuerpo programático sólido no ha sido la fórmula más exitosa en las últimas elecciones, sin embargo sí es necesario que los candidatos envíen mensajes claros sobre el papel que juegan en nuestro desordenado pero funcional sistema político.

¿Qué es Acuña? ¿Anti-establishment? ¿Está con el status quo? ¿A qué quiere jugar? Ciertamente Acuña quiere sacar provecho de su imagen como empresario exitoso y líder regional con experiencia política, pero su posición en los diferentes espectros recién irá develándose con claridad en los próximos meses y esto es clave para consolidar su candidatura.

Y, es necesario decirlo, Acuña sí tiene una historia muy rica que contar y este puede ser su principal capital identitario. La idea del provinciano emprendedor y exitoso, así como su reconocimiento como “democratizador de la educación” no tienen nada que envidiarle, en el mercado electoral, a un programa y una ideología bien definida. Sin embargo queda la percepción que se está desaprovechando este capital por la falta de un discurso que politice esta historia, un ejemplo de esto es su participación en la CADE.

Sin embargo no podemos perder de vista otro fenómeno. Después de mucho tiempo, el discurso del “electarado” esgrimido por conservadores y del voto alienado, desmemoriado o “inmoral” que denuncian algunos sectores progresistas han confluido en un mismo candidato. La sana preocupación por el orden democrático y la sostenibilidad de los avances económicos y sociales del Perú podría confluir, sin quererlo, con un discurso elitista y “anti popular”. La prensa ya está haciendo su chamba. Esto podría situar a César Acuña en una ventajosa polarización del componente clasista y centralista que el país aún mantiene. ¡Quién lo diría!

Estas escenas recuerdan, para algunos, la ascensión de Fujimori al poder en 1990 pero en la versión mejorada de un insider con garantes, asesoría mediática y una organización importante a nivel subnacional. Acuña se las trae y esto va a redefinir muchas estrategias entre políticos y electores.
Queda mucho pan por rebanar.