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Una publicación de la asociación SER

¿El Apra nunca muere?

Foto: Perú 21

Victor Liza

Uno de los grandes derrotados en la última elección parlamentaria es el Apra. Por primera vez en su historia, no tendrá representación en el Congreso. Al término de los cómputos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, apenas consiguió el 2.72% de los votos válidos, sin pasar la valla del 5%. Una sospechosa decisión de última hora del Jurado Nacional de Elecciones le ayuda a mantener (por ahora) su inscripción electoral.

¿Cuál fue la reacción de la dirigencia aprista ante este fracaso? En su comunicado del 31 de enero, afirma “que nuestra defensa del sistema democrático y la denuncia del golpe de estado, perpetrado por el gobierno incapaz del presidente (Martín) Vizcarra no logró ser valorado por la población, al no brindarnos los votos suficientes para tener representación parlamentaria”. En resumen: nosotros tenemos razón, el pueblo tiene la culpa. Ninguna autocrítica sobre su papel como aliado del fujimorismo en el Congreso en los últimos años. Ningún reconocimiento de su viraje a la derecha ni de su rol como “titiritero” de instituciones como la Fiscalía y el Poder Judicial, al amparo de los “Cuellos Blancos”.

¿El Apra nunca muere?  El último Día de la Fraternidad lo encuentra casi en extinción. Ya hace casi una década que la celebración del natalicio de su fundador, Victor Raúl Haya de la Torre, no es un lleno de bandera en la avenida Alfonso Ugarte. Actos lúgubres y desperdigados en la Casa del Pueblo y en otros locales del otrora “partido del pueblo” marcan estos tiempos de crisis. Los defensores del legado político de Alan García, que ven comunistas en todas partes, repiten esa frase como consigna.

Pero esa forma de seguir a pie juntillas lo que decía el líder no solo es herencia de García. El año pasado, el historiador Martín Bergel (Buenos Aires, 1973) presentó en Lima el libro La desmesura revolucionaria: Cultura y política en los orígenes del Apra. Esta investigación explora la formación del Apra en los años 1920, durante el exilio de sus líderes y fundadores; y sus primeros años en la vida política nacional, en la década de 1930.

Bergel explica que el Apra se conforma en base a las células que crean los exiliados peruanos en América y Europa. El vínculo son las cartas que estos intercambian, siempre bajo la dirección de Haya, en las que discutían la doctrina y la ideología del Apra, entonces antiimperialista y anti oligárquica. Había un debate político. Así se construye lo que Bergel denomina “un partido de ideas”. Esas cartas también fueron compartidas en distintas ciudades del Perú donde había simpatizantes del liderazgo de Haya, que lo recordaban al frente del movimiento obrero estudiantil que luchó contra la dictadura de Augusto Leguía.

Haya regresa al Perú en 1931. Su mensaje no solo prende con rapidez por la fuerza de su verbo y prédica, sino por el intercambio epistolar y político mencionado anteriormente. Para tener “opinión pública propia” en la campaña electoral de ese año, Haya impulsa la creación del diario “La Tribuna”, que no solo difundió la doctrina aprista, sino que informaba del acontecer noticioso como cualquier periódico moderno, clara marca de personajes como Manuel Seoane y Luis Alberto Sánchez. Luego de la derrota ante el general Sánchez Cerro, empieza la persecución contra los apristas, y Haya estará más de un año en la cárcel. Después pasa a la clandestinidad y dirige desde allí la publicación de diversos panfletos secretos, casi todos escritos por él, y compartidos por militantes comprometidos que se arriesgan ante el estado policial.

Bergel apunta que, en ese período, no hay evidencias de que ese material, como ocurrió cuando la cúpula del futuro Partido Aprista estaba fuera del país, haya sido leído minuciosamente por la militancia. Había un compromiso más emocional que racional, y ninguna discusión como las que animaron Haya y Seoane en los años 20. Simplemente se distribuía por “lealtad al Jefe”. El “partido de ideas” se va evaporando y el Apra se consolida como una especie de “religión cívica”.

A partir de ese momento, se hará lo que diga Haya. El Jefe decidirá que había que apoyar un Frente Democrático en 1945 que lleva a la presidencia a José Luis Bustamante. Y la militancia aceptará. Cansado de dos décadas de persecución y clandestinidad, Haya pactará con Manuel Prado, un antiguo perseguidor, en 1956. Lo mismo pasará con la coalición con Manuel Odría en 1963. Habrá expulsiones y renuncias. No se permitirá la manifestación de “alas” en el partido, como sí ocurrió con el peronismo de los 60, donde un sector llegó a abrazar la lucha armada, que el propio Juan Domingo Perón auspiciará desde su exilio español. Pasada la alianza con Odría, Haya dirá que hay que volver a los orígenes. Y la militancia lo seguirá.

La ley natural de la vida dejará al Apra sin la presencia física de Haya. García tomará el liderazgo arrolladoramente. Pero el Apra mantendrá la continuidad del Haya de los 70. El partido virará a la izquierda en el plano nacional e internacional: criticará el modelo “antinacional” del segundo gobierno de Belaunde y apoyará las revoluciones en El Salvador y Nicaragua. En ese contexto García llegará a la presidencia en 1985. El proyecto del Apra en el poder fracasará, y García terminará exiliado en Francia. Varios apristas pedirán que responda sobre las acusaciones de corrupción en su contra.

Pero luego de la caída en desgracia del Apra en el régimen de Fujimori, la vuelta de García solo generará que acapare todo el poder en el partido. La cúpula dirigida por el presidente se impondrá aplastantemente, y las bases solo serán maquinaria de votos. Con eso, reactiva la “obediencia” de la militancia, ahora fiel por “venir de familia aprista”, sin ningún criterio ideológico ni formación política. El Apra dirá por segunda vez adiós al “partido de ideas” y solo será “religión cívica”. Y seguirá el nuevo discurso derechista del dos veces presidente del Perú: impone la política del “perro del hortelano” en el gobierno y se alineará con Estados Unidos para frenar a los gobiernos democráticos y populares de la América Latina del siglo XXI. Una contradicción con el Apra de 1931.

El haberse quedado como “religión cívica” le ha hecho daño al Apra, que se resiste a deslindar del legado de García, contaminado por dos gobiernos ineficientes y corruptos. No solo le espera una inevitable pérdida de su inscripción en las elecciones generales del 2021, sino la desaparición de la vida política nacional. Una lectura del libro de Bergel les ayudaría a volver a sus orígenes.