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Una publicación de la asociación SER
Pontificia Universidad Católica del Perú

Diálogos para la paz y para la memoria

María Eugenia Ulfe - Vera Lucía Ríos

Cada nación tiene su propio soldado desconocido.  La imagen del soldado sirve como metáfora a Lurgio Gavilán para pensar en quienes se enrolaron en una y otra fila durante el conflicto armado interno: los comunes, los levados, los pobres, los que no encuentran o no tienen otras opciones de vida… para Gavilán el niño soldado sintetiza la pobreza, la carencia y la marginación. El General Marco Merino, por su lado, comenzó, señalando un punto que es crucial para entender el conflicto armado interno y es que durante ese periodo, nos matamos entre peruanos.   
 
Como Grupo Memoria tomamos la decisión de aceptar el reto y abrir el espacio para el diálogo con uno de los actores más importantes durante el conflicto armado interno: el Ejército del Perú. Si bien no se puede considerar  En honor a la verdad comparable al Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, si se trata de una memoria y respuesta institucional, la del Ejército peruano. Esta publicación es fruto de un gran esfuerzo de investigación y compilación de testimonios de sus miembros que estuvieron en las zonas de emergencia; son experiencias recogidas por quienes forman parte del equipo de académicos de la Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú.
 
El coloquio Diálogos para la paz y para la memoria se desarrolló el pasado jueves 24 de enero en el IEP. Era una situación tensa y al mismo tiempo esperanzadora, es una de esas raras oportunidades que en el Ejército se encuentran voluntades para abrir el debate. Ahí se debe reconocer el papel de la historiadora Carla Granados y los miembros de la Comisión Permanente de Historia por buscar ser un puente con el mundo académico. Asimismo, agradecemos también el compromiso de Cecilia Méndez y su buena disposición para invitarnos a emprender esta aventura conjunta. Tirios y troyanos sentados en una misma sala para compartir sus experiencias de vida durante el conflicto armado interno. El pre/texto: poner en diálogo la autobiografía de Lurgio Gavilán (Memorias de un soldado desconocido, Lima: IEP, 2012) y En honor a la verdad de la Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú (Lima: Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, 2012).
 
Sentadas en casa de Cecilia, nos preguntamos  “¿Por qué una institución como el Ejército se siente compelida a investigar sobre los años del conflicto armado interno cuando ya se tiene el Informe final de la CVR? ¿Cómo dialoga esta obra con aquella producida por otros miembros del Ejército peruano que no es conforme con esa memoria más hegemónica y oficialista? ¿Qué se silencia, o deja atrás, en esta obra?  ¿Cuándo su mandato era proteger y defender a los más vulnerables, por qué actuaron como lo hicieron durante el conflicto armado interno? ¿Por qué ahora es difícil acceder a los archivos militares para conocer a quienes no actuaron conforme el uniforme?”
 
Obtuvimos algunas respuesta a estas preguntas cuando el General Merino argumentó que recoger los casi setenta y un testimonios de militares fue una tarea difícil, puesto que ellos sienten temor de dar a conocer sus experiencias por los distintos procesos de judicialización que hay en su contra. El libro, señala el General, no es un absoluto ni una verdad. Es una apuesta para dar a conocer lo sucedido a quienes se enrolan en una de las instituciones fundantes del país. Para él, lo importante es narrar cuáles fueron las acciones, los errores, los efectos que se sienten al interior de la institución y las lecciones aprendidas. Sin embargo, como hizo notar Lourdes Hurtado, no hay mención en el texto al periodo del fujimorismo y sus efectos en la institución militar. Hay un silencio ahí como también lo hay respecto a las responsabilidades individuales en materia de violación de derechos humanos. Como mencionó Antonio Zapata, esta es una memoria de parte que no es nueva en la historia de los conflictos peruanos, pero que sí resalta por su buena argumentación, por su diálogo con la CVR, otras fuentes y algo de autocrítica  lo cual vuelve a este material como un documento crucial para entender la historia del Perú.

Cecilia Méndez recordó que los miembros de la CVR procedían de un espacio académico que se estableció como el nexo que dio voz a los marginados de esta sociedad. Méndez lo describe como la imposición de una mirada y ejercicio paternalista. Puso como ejemplo la fotografía de la portada del Hatun Willakuy en la que una mano blanca y salvadora se extiende sobre la de la víctima, una mujer de procedencia andina. Esta imagen no dista mucho de la realidad de lo que el Informe Final señala es el perfil de víctima. Es importante empezar a cuestionar estas imágenes y reconocer la diversidad de víctimas y de perpetradores y sus zonas grises. La tajante división entre víctimas y victimarios parece quebrarse en la autobiografía de Gavilán. Es precisamente el mostrar estas zonas intermedias, que nos cuestiona e interpela como sociedad ya que nos invita más bien a conocer a quienes formaron parte de este conflicto, tanto militantes senderistas como miembros del ejército peruano. Son memorias corporalizadas y manifestadas a través de uniformes y trazos, ropajes, como señalara Lourdes Hurtado. Son estos trajes, marcas de memoria que luego quedarán plasmadas en representaciones visuales. Pasamontañas, chompas con cuello Jorge Chávez, botas negras, ítems que identificarán a los miembros del Ejército en zonas de emergencia.
 
La licenciada Lourdes Medina, quien participó como investigadora principal de la Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, mencionó que uno de los entrevistados  mencionó que él iba a dar su testimonio desde el lugar donde él se encontraba durante los sucesos de violencia que narra. Para ella cada quien tiene una historia que contar. La realidad del conflicto armado interno es polifónica y está llena de estereotipos, de mucho racismo y discriminación. El relato de vida de Gavilán y el libro que nos presenta el Ejército Peruano nos son respuestas a la estigmatización y polarización en la que quedó la ciudadanía luego del conflicto armado interno. Con este Coloquio se abre un nuevo camino en el debate sobre nuestra historia reciente para poder construir una historia más inclusiva y así evitar que sean solamente memorias hegemónicas, incluyendo aquella de la historia salvadora del Ejército, que queden como las únicas posibilidades. Más bien nuestra apuesta es a buscar la polifonía, heterogeneidad de voces, los silencios y las no menciones.

El diálogo debe comprometernos. El horizonte de ese compromiso debe ser el resarcimiento de todas las víctimas en el marco de los derechos humanos, ese es como el común denominador básico para la convivencia y que ciertamente aún no se ha consolidado en la sociedad peruana. El diálogo nos mueve hacia la paz si nos mueve hacia ese consenso. Esperamos encaminarnos en esa dirección. A la pregunta sobre los gestos y actos simbólicos de disculpas públicas a la población por no haber respondido adecuadamente, el General Merino leyó la página 311, que aquí citamos: “El Ejército del Perú lamenta que oficiales y suboficiales surgidos de sus filas hayan participado en actos no regidos por la ley, lo que ha ensombrecido la brillante labor de muchos de sus miembros…”  Fue interesante que luego de la lectura del párrafo completo, el mismo General señalara que un párrafo en un libro ciertamente no es una disculpa suficiente. Para el Ejército es importante dejar en claro que no estuvieron preparados cuando comenzó el conflicto interno. El diálogo es difícil cuando la verdad resulta de un ejercicio de poder y cuando de por medio hay consideraciones tan grandes para tomarse en cuenta. El debate dejó muchas preguntas pendientes. La discusión se cerró con la invitación de los miembros de la Comisión Permanente del Ejército del Perú para continuar en una siguiente reunión en su local. Aceptamos su invitación.