Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Desiguales

El enjundioso estudio “Cultura Política de la Democracia en Perú 2012: Hacia la igualdad de oportunidades”, escrito por Julio Carrión y Patricia Zárate, bajo la coordinación de Mitchell Seligson de la Universidad de Vanderbilt, de entrada llama la atención sobre la paradoja peruana: crecimiento económico sostenido y desigualdad económica y social estancadas. Los autores advierten que el problema de las grandes desigualdades de ingresos monetarios entre ricos y pobres no significa sólo un asunto económico o de inflexibilidad del mercado, sino también un problema político. Porque la desigualdad genera malestar, insatisfacción, desconfianza, baja participación política, decepción de los gobernantes y a la larga permanente inestabilidad y hasta desgobierno.

Esta verdad de a puño que los aprendices de políticos conocen, se fundamenta, sin embargo, en verdades incómodas para los defensores del modelo neoliberal. Por ejemplo, el 66% de los peruanos entrevistados (incluidos 348 que viven en el campo de un total de 1500 encuestados), afirma que la desigualdad se debe a la injusticia social y tan sólo el 28% se ha creído el cuento de los Opus Dei que atribuyen el asunto a la cultura o a la falta de responsabilidad individual. Otra más,  cuando la Universidad de Vanderbilt (insospechable de izquierdismo) pregunta “El Estado debe implementar políticas firmes para reducir la desigualdad entre ricos y pobres?”, resulta que en el admirado Chile de los derechistas peruanos, el 83.3% manifiesta que sí debe hacerlo y entre los casi flemáticos canadienses, el 72.2% también dice que sí. Sólo en el corazón del capitalismo postindustrial y posmoderno como Estados Unidos, menos de la mitad está de acuerdo con esas políticas. Pero, para un contundente 77.8% de los peruanos, esas políticas son una necesidad (¿qué dirá Aldo M.?).

¿Por qué, entonces, si los políticos son conscientes de estos problemas, no avanzamos? Algo hizo Toledo con la creación del Programa Juntos que entrega 200 soles en efectivo a las madres de familia campesinas que cumplen con determinadas condiciones como llevar a sus niños al chequeo a la posta médica. Pero si uno ve el panorama en América Latina se nota que el campeón-en haber-superado-la pobreza-por-experiencia-propia, fue el más tímido de todos los políticos que creen en el mito del chorreo: en el Perú sólo el 7.3% de las familias son beneficiarias de un programa de transferencias monetarias condicionadas, mientras que en Chile lo son el 14.7%, en la liberal Colombia el 16.2%, en la mesocrática Uruguay el 17.4% y el 19.5% en Brasil. Volviendo a la pregunta, mi hipótesis es porque los políticos criollos aprendieron de la escopeta de dos cañones del APRA o todos se convirtieron en capitanes Arraya que cuando son candidatos prometen el oro y el moro y cuando llegan a Palacio se embarcan y dejan a sus soportes en la playa. Pero, además, porque los intelectuales desprecian a los políticos de carne y hueso, los ven intelectual y moralmente inferiores (claro que ejemplos sobran, pero lo mismo se puede decir del campo académico), incapaces de tener con ellos un diálogo fructífero y sobre todo, sostenido, que les permita aterrizar  sus ideas y programas en planes factibles.  En eso nos diferenciamos de Chile, de Colombia, de Uruguay y nos acercamos a Bolivia, Ecuador, Venezuela y a las repúblicas bananeras.

No hay que olvidar, por otro lado, que en el Informe que escribieron los mismos autores en el año 2008, enfatizaban que uno de los factores que generan mayor escepticismo de la ciudadanía respecto del sistema político democrático es la desilusión que sufren los electores frente a las promesas incumplidas de los gobernantes. Lo que pasa es que hay demasiadas mediaciones y mediadores entre aquéllos y éstos, de manera que es muy fácil que un ministro olvide las buenas maneras y reciba el respaldo de sus pares, como si tal cosa. Menos mal que aquí, la presión social terminó por imponerse.

En otro capítulo, los autores señalan que las desigualdades económicas que causan desigualdades educativas generan diferentes tipos de participación política y una participación electoral sesgada que desfavorece a los más pobres. En otras palabras, si los que tienen una posición económica desahogada participan políticamente más y logran políticas públicas a su favor, a los desposeídos sólo les queda las protestas callejeras y con dosis de violencia para hacerse escuchar. No se trata entonces de infiltración comunista, sino de una reacción natural a la marginación y el abuso estatal. Es más, la discriminación política se ha visto reflejada varias veces cuando la prensa amarilla se burla de las representantes indígenas en el parlamento cuando hablan en quechua o aymara o por la manera como se visten.

San Pablo insistía en que, siendo iguales, la caridad debía tener la primacía sobre la fe y sobre la esperanza, para dar testimonio del evangelio de Cristo. Mutatis mutandis, Marat creía que en el orden inaugurado por la Revolución Francesa la igualdad debía ser el eje, por sobre la libertad y la fraternidad. Ya sabemos que Marx, aguafiestas insomne, denunció que el orden liberal había traído la libertad para que los burgueses exploten a los proletarios y por eso levantó la bandera de la justicia social. No ignoramos cuántos crímenes se han cometido en su nombre. Lástima que no haya liberales en el Perú interesados en asir la bandera de la justicia, no sé, a la manera de Benito Juárez. En el siglo XIX sólo tuvimos masones melifluos y complacientes con el poder. Pero, no hay que desanimarse, porque entre bandazo y bandazo podemos ir buscando nuestro camino, con crítica radical pero a la vez con tolerancia radical.