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Una publicación de la asociación SER

Democracia apresada

Ahora que hay un debate público sobre la disipada condición carcelaria de cierto condenado, conviene revisar la crónica del escritor Daniel Alarcón sobre el penal de Lurigancho (1) para conocer lo que es una cárcel de verdad. Leer el escueto informe de Alarcón es una especie de viaje dantesco al infierno, con la diferencia de que mientras Dante narraba una pesadilla, el peruano/americano cuenta lo que sus ojos vieron. Por ejemplo:

“Con frecuencia la prisión se queda sin agua, la sobrecargada red de electricidad deja de funcionar día por medio (…) Lurigancho producía treinta toneladas de basura por semana, la mayor parte no se recogía, mientras los internos más pobres se alimentaban revisando estos residuos en busca de algo comestible” (p. 2)

“Durante el día el pasillo [el Jirón de la Unión] está poblado de sin-zapatos, el ejército de drogadictos sin esperanza de Lurigancho, que no pertenece a ningún pabellón. Cada noche, entre 200 y 300 de estos hombres no tienen dónde dormir.” (p. 1)

“… la vida en La Pampa ha permanecido violenta y difícil. En noviembre de 2010, un hombre fue asesinado a puñaladas en el Pabellón 12 sólo tres días después de su llegada. El pasado febrero, una pelea entre bandas rivales en el Pabellón 20 dejó siete heridos y un muerto de herida de bala. Y una tarde en marzo, el encargado de la disciplina del Pabellón 6 casi fue matado a golpes mientras docenas observaban. Ese hombre iba a salir en libertad al día siguiente”. (p. 5)


Después de leer esto, es difícil sostener que un cómodo dormitorio (más cómodo que él de el 90% de peruanos) en una prisión exclusiva, protegida por decenas de policías y cuyo inquilino tiene derecho a visitas diarias, pueda ser un instrumento de venganza destinado a atormentar a alguien que fue condenado por un tribunal imparcial aceptado por el mismo acusado.

Sin embargo, en estas semanas nuestra democracia anda sitiada por las presiones de una prensa que defiende a un condenado por delitos de lesa humanidad y corrupción, así como por las movilizaciones en el extranjero de seguidores de otro condenado, que son multiplicadas por esa misma prensa. Entre ambas, se hallan políticos con principios relajados que sólo ven las ganancias o pérdidas del corto plazo; y una serie de funcionarios públicos improvisados, oportunistas o pusilánimes que oscilan entre el autoritarismo y la sumisión. En conclusión, el principio de la igualdad ante la ley –para no hablar de la ética- quedan regados por los suelos, sujetos a quién grita más, quién golpea más la mesa, quién amenaza más, tratando de generar el terror ciudadano, de manera que, por reflejo, los simples vuelvan sus ojos al pasado y al supuesto salvador.

Tenemos un sistema político atrapado entre los caprichos de minorías audaces, intransigentes, que sin moderación alguna se lanzan a la conquista del siguiente objetivo sin medir las consecuencias. Y tenemos una institucionalidad frágil y ciudadanos más o menos indiferentes que tienen muy pocas armas para imponer la sensatez y sobre todo la ley, de manera que los condenados no impongan sus arbitrariedades.

Es curioso ver a los que tienen preocupaciones humanitarias por un preso, que no se hayan referido para nada a las condiciones inhumanas en que habitan los otros. Es más, sus voceros periodísticos son los mismos que dicen que ese infierno es el que merecen los asesinos, violadores, ladrones y estafadores o los que trafican con drogas y llevan a otro infierno a sus clientes.

Nunca cesará el debate acerca de la posibilidad de rehabilitación social de los condenados por delitos graves. En todo caso, queda claro que hay condenados y condenados. Y sobre todo enjuiciados, sin que el juez haya emitido sentencia sobre su culpabilidad o inocencia, que viven la vida atroz de los condenados.

Y es un problema social –y político- que no recibe atención. En las últimas elecciones, por ejemplo, ningún candidato se refirió a la política carcelaria, pese a que dos de ellos tenían, y tienen, a parientes cercanos en la situación de condenados. Aunque otras entidades públicas, como la ONPE, también debieran respetar y hacer respetar los derechos civiles y políticos de los procesados.

Y es aquí cuando el artículo recién puede aterrizar en el tema que inicialmente se le ocurrió al autor. La crónica de Alarcónes distinta a miles que se han escrito sobre las prisiones, porque describe que en medio de ese infierno que es la cárcel más grande del Perú, en el Pabellón 7 - de los inculpados y condenados por narcotráfico-, funciona un sistema democrático de autogobierno basado en elecciones competitivas, periódicas y transparentes organizadas por los mismos internos. Alarcón supone que el sistema -que ya tiene más de veinte años funcionando- subsiste porque los narcos eran gente acostumbrada a vivir bien, que no tenían mayor interés en controlar la prisión (el poder) sino que “querían vivir con dignidad”. Entonces, por contraste, en blanco y negro, desde la hez de la sociedad, en una situación verdaderamente extrema surge la lección: la democracia funciona para evitar la violencia; “Cada voto emitido en el Pabellón 7 representa un puñetazo que no será dado, una bala que no volará.” (p. 7); pero funciona a condición de que todos nos comprometamos con ella. Ya sabemos que la gente del MOVADEF cree que los problemas del Perú se van a solucionar con la violencia, pero, los promotores del indulto, ¿han calculado que sus intransigencias y extremismos conducen a que se desate la violencia política de nuevo?

Termino con otra extensa cita de Alarcón porque vale la pena observar su constatación, que debiera hacer reflexionar a los que tienen responsabilidades en la marcha del Estado, pero también a los ciudadanos de a pie:

“Estos hombres, ciudadanos de una docena de países, que hablaban diez o doce lenguas, han diseñado, sin ayuda o guía desde afuera, una forma pacífica de autogobierno que han sostenido por más de dos décadas -incidentalmente, más tiempo que las elecciones democráticas del Perú. Les pregunté a docenas de presos sobre los orígenes del sistema del Pabellón 7 pero ninguno los recordaba. Mientras el resto de la prisión resuelve sus problemas por la fuerza, en el Pabellón 7 forman fila y emiten votos. Mulas, traficantes, intermediarios y los inocentes -un hombre, un voto.” (p. 7)

Hay algo especial acerca de las elecciones, una innegable sensación de optimismo en la cola de ciudadanos que esperan pacientemente para tomar una decisión.

Notas:

1) La crónica se llama “Lurigancho: El gobierno de los presos” y puede verse en la revista digital Anfibia de la Universidad Nacional de San Martín de Argentina en el enlace: http://www.revistaanfibia.com/cronica/lurigancho-el-gobierno-de-los-presos