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Una publicación de la asociación SER
Pontificia Universidad Católica del Perú

Defender la memoria y nuestro derecho a la verdad y a la justicia

Los estados totalitarios, ¿qué hacen? Pues restar, desaparecer, eliminar los elementos, objetos, imágenes, que activen el recuerdo. ¿Por qué? Porque desean instalar sus narrativas sobre las de los demás.  Por eso la memoria es siempre un terreno empinado, fangoso y de pulsiones constantes.  Por eso la memoria es un ejercicio político al que Estados o regímenes totalitarios buscan siempre socavar.

La Comisión de la Verdad y Reconciliación ha realizado el trabajo de investigación más importante del Estado peruano. Se encargaron de recoger testimonios de peruanos y peruanas que no contaban en nuestra historia, para traerlos a la palestra del presente y construir con estos y datos provenientes de otras fuentes (económicas, estadísticas, académicas) un corpus de más de nueve tomos que dé cuenta de nuestra historia reciente, de las raíces históricamente densas de años de centralismo, racismo y discriminación y las graves secuelas que estas conllevaron. También da cuenta de las distancias entre el Estado y sus ciudadanos, de las distancias entre ciudadanos y las maneras cómo se edificaron formas para no ver lo visible: el horror de la guerra.  

La guerra nos dejó un país partido y fragmentado que padece hasta hoy las gravísimas consecuencias de la violencia ejercida en los cuerpos de miles y cientos de ciudadanos y ciudadanas.  La CVR señaló que la violencia se ejerció de forma desigual en las distintas partes de nuestro territorio nacional.  Que tuvo picos y momentos intensos y en muchos lugares no acabó con la captura de Guzmán, sino que se mantiene latente hasta hoy con “estados de emergencia” como ocurre en zonas de la selva central.  La CVR, además, nos enseñó que la violencia tuvo un rostro humano indígena y pobre, marginal por donde se le mire. El doble escándalo al que se refería Salomón Lerner Febres en la presentación del Informe final de la CVR, señalando el altísimo número de víctimas (más de 69 mil) y la indiferencia de no sentir su ausencia entre nosotros. Ahora vivimos un triple escándalo y es que la Dirección General de Búsqueda de Personas Desaparecidas recientemente instalada en el Ministerio de Justicia, nos revela su cifra base para comenzar los procesos de búsqueda y son más de 20 mil personas desaparecidas en este país. No podemos permitir que nuestro país continúe dando la espalda a lo evidente.

Hagan el ejercicio simple de contar que cada víctima tuvo un padre y una madre, quizás tuvo un compañero o compañera, quizás hermanos o hermanas, hijos o hijas y miren la magnitud del universo poblacional del cual estamos hablando.  Estas familias, estas personas, esperan saber dónde están los cuerpos de sus desaparecidos, qué pasó con ellos y ellas. No podemos mantenernos indiferentes ante esto. Ellos y ellas se mantienen vivos en el recuerdo, en la práctica social y cultural que se instala en cada uno/a de sus familiares. Por eso la memoria es importante para conocer lo sucedido, para dar cuenta de lo que no queremos que pase, para construirnos como una comunidad que tolere y respete la diferencia y el dolor del otro. 

Por eso no podemos dejar pasar las arremetidas que vienen desde el propio Estado para socavar el trabajo que hizo una comisión creada en su seno, como lo ha sido la CVR. Tampoco podemos dejar pasar las arremetidas del propio Estado por reedificar un discurso que les es conveniente a un grupo político. La memoria no se ajusta a la medida de unos y no de todos.  La memoria es de todos y su ejercicio nos compete a todos porque así será como nuestras hijas e hijos aprendan de nuestra historia. El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social es de todas y todos, como lo es el Museo de ANFASEP, el Santuario de la Hoyada, el Ojo que Llora de Lima o Apurímac. Los lugares de memoria son eso, espacios para la reflexión personal y colectiva, para hacer que el recuerdo se mantenga vivo y hacer que la historia que ahí se enseñe pueda ayudarnos a construir un país digno.