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Una publicación de la asociación SER

De la COP20 y otros demonios

Entre el primero y el 12 de diciembre, debió llevarse a cabo la COP 20. Esta reunión, sin embargo, se prolongó hasta la madrugada del domingo 14. A diferencia del concepto que tenían algunos peruanos sobre esta reunión (“una copa mundial”, “un congreso más de políticos”), o de los comentarios que corrían en Internet (“reunión de ambientalistas poseros”), la COP es la reunión de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), cuyo objetivo es reducir las concentraciones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en la atmósfera, a un nivel que permita el desarrollo de las personas y los pueblos, sin poner en riesgo a las futuras generaciones.

La semana comenzó con la renuncia del procurador anticorrupción, Christian Salas Beteta, quien no dio a conocer los motivos de su renuncia. El ministro de Justicia, Daniel Figallo, señaló, entonces, a modo de explicación, que el ex procurador quería retomar proyectos personales (¿presiones para no atacar a Martín Belaúnde?). Además, el mismo día, el presidente de la Comisión de Ética del Congreso, Humberto Lay, informó que dicho grupo de trabajo había decidido archivar la investigación contra la parlamentaria Luciana León, quien enfrentaba una acusación por el presunto mal manejo de su bono de representación. ¿Mal presagio?

Sin embargo, las “actividades” pre COP comenzaron semanas e incluso meses antes. El pasado mes de setiembre, Edwin Chota y Jorge Ríos, líderes asháninkas, fueron asesinados sólo porque habían denunciado ante la Fiscalía a madereros ilegales (recordemos que tanto la minería como la tala ilegal son los responsables de la depredación de nuestros bosques); tres meses después, las viudas aún esperan justicia. La misma suerte corrió nuestro hermano y vecino del Ecuador, José Isidro Tendetza Antún, líder Shuar, quien desapareció, desde el 28 de noviembre, por oponerse a un proyecto minero que perjudicaba las tierras y la salud de su comunidad; José Isidro planeaba llevar su campaña a la COP20, pero nunca llegó: Su cuerpo sin vida, golpeado, y con los huesos rotos, fue encontrado el 6 de diciembre. Mientras tanto, en Lima, la basura seguía acumulándose en el distrito de Comas, y el recojo de basura en algunos distritos seguía siendo un problema de nunca acabar. Por otro lado, los Pantanos de Villa ardieron durante casi once horas y el fuego afectó el 1% de su área total. Las causas aún no se conocen, pero todo parece indicar que el siniestro fue producto de una quema de basura. ¡Basura en uno de los humedales más importantes de Lima! Quema de basura cerca de un ecosistema que actúa como pulmón de ésta ciudad gris. ¡El colmo! Por último, tres días antes de la COP20, se llevó a cabo la COY10, la décima Conferencia de la Juventud sobre Cambio Climático, evento impulsado por la organización internacional YOUNGO (Youth United for Climate Progress), del cual me llevé dos impresiones: La primera fue positiva, pues me dio mucho gusto escuchar a jóvenes preparados, preocupados y conscientes del cambio climático, pero la segunda fue más bien preocupante, ya que, comparando otros eventos juveniles sobre el tema, llevados a cabo en otros países, la asistencia en Lima fue mínima. Personalmente, me mortifica y molesta que la juventud peruana esté pendiente de informaciones banales e innecesarias, y carezca de interés en la actualidad nacional e internacional.

La COP20 reunió a unos 12,000 participantes, entre autoridades, especialistas, funcionarios, organizaciones no gubernamentales y periodistas de 194 países. Algunos asistían positivos, otros un poco más realistas, y otros, entusiasmados por probar el ceviche peruano y demás platillos, como niños con juguete nuevo, por ser debutantes en la reunión. Los días transcurrieron entre un menú de 50 soles, el excesivo uso de plástico (botellas, platos y cubiertos descartables) y papel, y una protesta peculiar: Ayuno en la COP20, utilizando plástico y tecnopor en la elaboración del mensaje: ¿Qué pasó aquí?

Luego, el Perú fue premiado con el “Fósil del día”, por su incongruencia en las políticas ambientales, debido a la aprobación de la Ley 30230. Este también llamado “Paquetazo Ambiental” debilita el rol de los organismos ambientales en las labores de supervisar y regular las actividades económicas que impactan al medio ambiente y a la supervivencia de los pueblos indígenas. Una más a nuestra lista de vergüenzas.

Más tarde, nos enteramos de que el argentino Mauro Fernández, ambientalista de Greenpeace, y otros más, habían irrumpido en las líneas de Nazca, Patrimonio de la Humanidad, la noche del domingo 7 de diciembre, con el pretexto de llamar la atención del mundo. Para cumplir su objetivo, colocaron el mensaje "Tiempo para el cambio, el futuro es renovable" al costado de la famosa figura arqueológica del Colibrí, ocasionando daños que son corroborados por una fotografía que fue tomada, luego de ocurridos los hechos, por el capitán Juan Carlos Ruíz. Días después, una maniobra política despojó de las tareas de cuidado y vigilancia a la organización responsable del resguardo de las Líneas de Nazca, para dárselas al Ministerio de Cultura, lo mismo que la administración de El Mirador y del Museo María Reiche.

Por otro lado, el lunes 8 de diciembre, inició la Cumbre de los Pueblos. La asistencia, a pesar del ingreso libre a todas sus actividades, fue triste y mínima. Es decir, a los limeños no nos importa nada en absoluto. Aún así, la Marcha de los Pueblos, que se llevó a cabo dos días después, sí congregó a miles de manifestantes, del interior del país, indígenas y no indígenas, limeños, ONGs, activistas, voluntarios, extranjeros, etc.; todos juntos, con una sola voz de protesta contra las transnacionales y los corruptos gobiernos extractivistas, causantes del calentamiento global. Era el sueño hecho realidad para todos los que luchamos y añoramos un país intercultural. Todos éramos diferentes pero iguales, todos hablábamos un mismo lenguaje, todos nos entendíamos y caminábamos juntos.

Y así, la COP20 avanzó y llegó a su final: En la madrugada del 14 de diciembre, Manuel Pulgar Vidal, presidente de la COP20, cerró, con un martillazo, el evento del cual se obtuvo tres documentos: El “Llamado de Lima para la acción climática”, que viene a ser el programa a trabajar en París; el “resumen del borrador”, y el “borrador final”. El producto final ha sido visto por muchos como un acuerdo débil, un fracaso, que ha generado la misma desazón que provocó la COP de Copenhague.

Lo cierto es que la COP de Copenhague sí fue un fracaso porque no hubo acuerdo alguno, no se firmó nada, no se avanzó. Al contrario, se perdió tiempo. En cambio, en Lima existe un documento que podrá ser trabajado en Paris. Sí, tal vez no colmó las expectativas de muchos; sí, faltó abordar temas, como el de los bosques, pero también hay que reconocer que es la primera vez en la historia de las COPs que se incluye un Plan de Trabajo sobre género, que promueve la participación y el empoderamiento de las mujeres en los ámbitos de la CMNUCC. Además, en cuanto al tema de Fondo Verde, se superó la meta por 10,200 millones de dólares. Así mismo, se logró incorporar, por primera vez, el concepto de “adaptación” y “diferenciación”, en relación al tema de responsabilidades comunes pero diferenciadas.

También hay que resaltar que es la primera vez que se tocan temas sobre derechos humanos y pueblos indígenas, contando con la participación de sus voceros. Además, hay que reconocer el trabajo impecable del Ministro del Ambiente como presidente de la COP. No olvidemos que no es fácil mantener un clima propicio para que personas de diferentes países y culturas puedan llegar a un acuerdo.

Finalmente, la COP no es el superhéroe que va a salvar el planeta. La salvación y el cambio deben provenir de cada país, de cada persona. De nada sirve que se organicen mil cumbres al año, si las normas de un país son incongruentes, si no existe educación ambiental desde de los colegios, universidades e instituciones públicas, si no existe conciencia ambiental. La primera vez que fui a Huaraz, lo hice con mi madre, y cuando llegamos a Pastoruri, me dijo, tristemente: “Qué pena, hijita, que no puedas conocer el nevado que yo conocí a tu edad”. ¿Es eso lo que quieren decirle a sus hijos, cuando ya no queden bosques, glaciares, ni ríos… cuando ya no quede nada?