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Una publicación de la asociación SER

De Feminismos y Machismos

Cada semana escucho o leo frases como: “Es feminista hasta la hora de pagar”, “¿por qué dejas que tu pareja pague todo si eres feminista?”, “las feministas no deben usar minis, ropa ajustada, ni arreglarse”; “¿eres feminista? Pero ellas son lesbianas feas”. Y hace poco me dijeron: “Eres feminista, no uses la palabra caballerosidad, es una palabra machista”. Tus gustos y/o tu intimidad personal no tienen nada que ver con ser feminista. Ser o no homosexual no es requisito ni traba para defender un ideal de igualdad, y las palabras no son machistas ni feministas: es el modo en que las empleas lo que define la intención del mensaje que quieras dar, así como también es determinante la intención con la que el receptor quiera adoptar el mensaje. Afirmaciones como la de líneas arriba son casi tan ridículas como decir que “cholo” es una palabra racista o insulto.

En nuestra sociedad y en todo el mundo, existe gran confusión conceptual sobre el machismo y el feminismo. La mayoría, tanto hombres como mujeres, creen que feminismo es lo contrario de machismo, que el feminismo es un ataque directo o una venganza dirigida al sexo masculino y, por ello, todas las feministas son, o al menos la mayoría, deben ser lesbianas. Un total absurdo.

El machismo es una actitud y un comportamiento basado en la superioridad del hombre respecto a la mujer; es la creencia en que existe una relación “normal” de desigualdad entre ellos  y ellas, así como un rol vertical en cualquier ámbito (hombres arriba y mujeres abajo), que no sólo abarca la relación personal hombre-mujer, sino que también tiene influencia en el lo político, social, histórico, económico, cultural y psicológico.

En cambio, el feminismo es el pensamiento de igualdad entre hombres y mujeres, donde prima una relación horizontal, de respeto y libertad. Es creer en las mismas oportunidades y el mismo trato en los ámbitos familiar-personal y público. En el feminismo no existen rangos ni roles de superioridad, es sólo el simple ideal de que todos los seres humanos, sin excepción, valemos lo mismo y, por lo tanto, merecemos los mismos derechos, iguales oportunidades, idéntico respeto.  

Cuando yo pienso en feminismo, pienso en la unión perfecta entre libertad y respeto. Pienso que no existen filtros y que las palabras y acciones no llevan etiquetas; pienso en que algún día podré tomar una decisión sin miedo a equivocarme o al qué dirán; pienso en  un mundo sin paredes, con puertas y ventanas flotantes de diversos colores; pienso en Virginia Woolf y su descripción sobre la mente superior, aquella mente que tiene dos sexos, aquella mente que, en armonía de lo femenino y masculino, puede crear y parir lo mejor en este mundo.

Cuando pienso y actúo en feminismo, no pretendo salirme con la mía, no pretendo esquivar pagar una cuenta ni ofenderme por una acción de caballerosidad (una simple palabra que sólo significa cortesía y nobleza); no pretendo ser coronada por ser mujer ni vengar a mis antepasados.

Cuando pienso en feminismo, sólo pienso en derechos humanos. Simple.