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Una publicación de la asociación SER

De fanatismos

Foto: Congreso de la República

Alfredo Quintanilla

Doscientos veintiún peruanos murieron el 4 de agosto por causa del covid-19. Como si se hubieran caído dos aviones. Como si cuatro buses se hubieran desbarrancado en Pasamayo. Una tragedia que no para. Una cordillera estadística que no cede. Ni las lágrimas cesan ni los ritos que los acompañan, tampoco. Pobres de los directores de hospitales, de los médicos y enfermeras, que deben recibir lágrimas y maldiciones a raudales desde hace meses. Y a la vez, corazones agradecidos por haber salvado a tantísima gente, oraciones y bendiciones. Sólo quedan las inútiles palabras frente al insondable dolor ajeno.

Más inútiles, sin embargo, resultaron las palabras que se pronunciaron en el Parlamento, en esa madrugada, en una torrencial lluvia de lugares comunes, promesas, ironías, ataques, denuncias, digresiones y pirotecnias verbales que, al final terminaron por ahogar a la sensatez y el sentido común. Porque el sentido común, aún de los miles de dolientes deudos, era que los políticos se pusieran de acuerdo y se unieran para ayudar a impedir más muertes. Ni más ni menos. Que hubiera habido el voto de confianza y a trabajar todos remando en la misma dirección.

Pero hicieron exactamente lo contrario. El doctor Cateriano, fue convencido de saldría airoso de la prueba que se pintaba casi de simple trámite. El doctor Cateriano sabía que nunca se había negado el voto de confianza en la investidura de un nuevo gabinete. El doctor Cateriano había conversado con las cabezas visibles del Parlamento y había recibido promesas de apoyo y las consabidas críticas que, suponía, era puramente ideológicas, es decir, interesadas. Pero cometió el error de subrayar aquello que irritaba a sus adversarios y mencionó la soga en casa del ahorcado al hablar de “un pequeño rebrote” de la pandemia.

La insensatez hizo mayoría. Sin alianzas, sin conspiraciones. Pura coincidencia, como coincidencia fue que obtuviera el respaldo de naranjas y morados que, usualmente, no coinciden. Cuando ya el alba despertaba a la ciudad, Cateriano con la suerte echada, salió con las cajas destempladas, no sin antes denunciar que lo habían querido conminar a deshacerse del ministro de Educación a cambio del voto de confianza. Los cronistas pescaron al vuelo la intención y la palabra “chantaje” inflamó los ánimos y echó alcohol a las magulladuras. En ese clima crispado habló el presidente y le contestó, en peor tono, el presidente del Congreso. Es que desde los tiempos de Fujimori el diálogo político ha quedado grabado a fuego como una condenable práctica, cuando es lo que se hace todos los días en las democracias asentadas.

Más leña al fuego echaron las injuriantes acusaciones del doctor Cateriano contra los congresistas del FREPAP, que remiten a esos hondos y mortales desencuentros -de los que habló Carlos Iván Degregori- entre los hombres ilustrados y las gentes del común, que impiden que la nación peruana sea una realidad.

El doctor Cateriano, al que los hombres y mujeres le reconocen haber defendido con apasionamiento la necesidad de la decencia en la política, contra los impostores que gozaban de buena salud mediática, ha caído, por ese mismo apasionamiento, en la tentación de ningunear al adversario y ha cometido no sólo un error político que traerá mucha cola, sino, sobre todo, una desbarrada moral descomunal, para decepción de sus maestros jesuitas.

Sería ocioso tratar de demostrar que la lectura del Antiguo Testamento, a la que recurren con asiduidad los israelitas peruanos, no los instruye para conocer las entrañas del Estado moderno. Hasta el monseñor y sociólogo, Carlos Castillo, otro gran lector de la Biblia, lo admitiría sin ambages y sin avergonzarse. Como, igualmente, la lectura de los textos de Hobbes, Machiavello, Smith, Aron y Schmitt, que, seguramente, hizo el aplicado amigo del sobrino de Cateriano, tampoco lo capacitaron para hacerse cargo del ministerio de Trabajo, como ha sido evidente.

Hay que advertir también, que la vasta experiencia en el mundo de los negocios, en el toma y daca y la ingeniería financiera, no es garantía de eficiencia, si a un empresario lo ponen al mando de un programa público. Baste el ejemplo del fracaso de Julio Favre al mando del FORSUR. Es la misma historia del “experto” que, en la gerencia de la privatizada Aeroperú la llevó a la quiebra en pocos meses y aún sigue, fresco, dando consejos mediáticos.

Lo grave del impromptu de Cateriano es que revela que eso pensaba cuando fue a pedirles el voto de confianza a “los pescaditos”, como el populorum los conoce. Todo el edificio verbal que construyó y desplegó en largas horas frente al Parlamento, se ha desmoronado. Ningunear al desconocido es frecuente entre nosotros. Fue el mismo ninguneo en el que incurrió Vargas Llosa en las elecciones de 1990 cuando necesitaba sumar aliados contra el amenazante ingeniero japonés. Pero cuando alguien de su entorno (entre los que estaba Cateriano) insinuó el nombre de Ezequiel Ataucusi, se alzó de hombros al enterarse que sólo había obtenido 0.89 % de los votos. Pero los tiempos han cambiado y algunos no se han dado cuenta. El candidato del FREPAP a la alcaldía de Lima en octubre del 2018 obtuvo 113 mil votos, y apenas quince meses después, en enero de este año, sus candidatos en la misma capital obtuvieron 425 mil votos.

Bueno fuera que esa desatinada e infeliz frase pasara como una anécdota. Lamentablemente expresa, como dije, la verdadera distancia social que separa a los peruanos instruidos (“los doctores”, les llamó Arguedas) que absorbieron la ciencia que puede hacernos alcanzar el bienestar, de las multitudes oprimidas por la ignorancia. Y entre ambos: el clasismo, el racismo, la desconfianza. Distancia social que contribuye a la tragedia de la mortal pandemia.

Se ha repetido que la educación puede cerrar esa brecha. Por eso, las miradas se han concentrado en los intereses crematísticos de dos bancadas parlamentarias ligadas a los negocios de las universidades particulares, para demostrar, -sin duda- cómo los intereses privados chantajean a los intereses públicos. Pero la verdadera tragedia no está en las universidades, sino en los millones de estudiantes de primaria y secundaria que han perdido el año escolar porque no hay en su hogar las computadoras, laptop, los smartphones o la conexión a internet, para seguir los cursos de “Aprendo en Casa”. ¿Cateriano y mis amigos doctores, no se han puesto a pensar que, tal vez, los votos en contra de “los pescaditos” y de los izquierdistas se expliquen por esa sensibilidad diferente, porque ellos viven más cerca de los cerros que él?

La ratificación del ministro Benavides, manzana de la discordia, anuncia que los enfrentamientos no han terminado, por lo que el futuro puede parecerse a la visión que tuvo Vargas Llosa en su libro polémico sobre Arguedas, esto es que el Perú es: “a las puertas del siglo XXI, un archipiélago de etnias y culturas separadas por prejuicios, ignorancias y estereotipos no por aberrantes y estúpidos, menos disociadores”.

Maestro de Cateriano, Vargas Llosa, es un gran admirador de Isaiah Berlin, quien, en un célebre texto divide a los intelectuales entre erizos y zorras: los primeros son huraños y concentrados en sus temas y obsesiones ordenadoras de sus vidas y el universo; a ellos se asemejan Dante, Dostoievski, Nietzsche, Proust. En cambio, las zorras son desordenadas, saltimbanquis, multiformes como lo fueron Shakespeare, Goethe, Balzac, Joyce. En un prólogo que escribió para un libro de Berlin, Vargas Llosa confesó que se sentía zorra en perpetua envidia de los erizos. Es curioso, porque concluía que “disfrazado o explícito, en todo erizo hay un fanático”.