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Una publicación de la asociación SER

¿Dakar 2016? No gracias

Los automóviles, además de acortar distancias y brindarnos comodidad en nuestros viajes, son los responsables de más del 50% de la contaminación del aire en todo el mundo.

Cada vehículo en marcha emite diferentes gases de efecto invernadero (dióxido de carbono) y partículas perjudiciales para el medio ambiente y nuestra salud; algunas de ellas, además de contaminar el aire, quedan depositadas en el suelo y las aguas superficiales, ingresando así en la cadena alimentaria.

Esto sucede todos los días en todo el mundo. Y si a todo esto le sumamos el tránsito innecesario de más de 800 todoterrenos, camiones y motos, por lugares con alto valor patrimonial y cultural, podemos contar con un severo impacto ambiental, directo e indirecto. No sólo se trata de contaminación ambiental y acústica: Cada mil kilómetros recorridos por cada uno de estos vehículos supone la erosión de una hectárea de suelo, sin mencionar el impacto negativo sobre la fauna silvestre. Esto es el rally Dakar.

Por si eso no fuera suficiente, tenemos al niño símbolo del Dakar, el todoterreno, el vehículo con mayor capacidad destructiva debido a su peso, volumen, y potencia. Este consume más energía, produce mayor contaminación de suelos y napas con combustibles, aceites y demás desechos, y genera mayores emisiones contaminantes. Además, representa un terrible peligro mortal para las personas que viven en poblaciones cercanas al circuito (cabe mencionar que el Dakar cuenta con una larga lista negra de accidente y muertes). 

Es irresponsable y tonto celebrar el regreso del Dakar al Perú. El “tríptico de los Andes” (nombre de la ruta 2016) ocasionará daños irreparables a los desiertos de Ica y perjudicará el estudio de jeroglíficos y fósiles que ahí se encuentran. Su paso hacia Bolivia alterará fauna y flora cercana al Lago Titicaca, que por primera vez será bordeado por los monstruos del Dakar; y, de confirmarse la ruta, pondrá en riesgo la belleza incomparable del Salar de Uyuni.

Personalmente, creo que el Perú no debe permitir el ingreso de estos eventos. El precio a pagar por el incremento del turismo, por la “hermandad” entre los países vecinos en torno al deporte y por la promoción de la aventura es demasiado alto. ¿Es necesario dañar patrimonios culturales, alterar prodigiosos paisajes, aumentar la contaminación y con esto acelerar el calentamiento global, sólo para continuar, caprichosamente,  con el legado de aventura automovilista que dejó el francés Thierry Sabine?