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Una publicación de la asociación SER

¡Cuánto cuesta comprender y aceptar la diversidad del país!

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Vicente Alanoca. Antropólogo aymara

Al Estado y, sobre todo, al gobierno, aún le cuesta comprender y aceptar la diversidad cultural y lingüística del país. A estas alturas de la pandemia, a 92 días del estado de emergencia, con 7056 fallecidos por el covid-19, con bonos que no acaban de llegar, corrupción a todo nivel y programas como “Reactiva Perú” aprovechados por los poderes económicos de siempre, entre otros males, todo indica que lo que se reactiva el sistema de homogenización cultural, expresado en la re-legitimación de la exclusión a los sectores y pueblos de ese Perú de “Todas las Sangres” que planteó Arguedas, siguiendo la línea de pensamiento de Mariátegui cuando sostenía “que el Perú no es una nación”. Y en el mismo sentido podemos mencionar a José Matos Mar que presagiaba el “desborde popular del Estado” o a Aníbal Quijano que se refería a la colonialidad, entre otros estudiosos que diagnosticaron la realidad peruana. Esa homogenización adornada con discursos sobre interculturalidad, inclusión, calidad, etc., que terminan cubriendo con un velo los problemas sociales y estructurales de desigualdad, discriminación, exclusión y racismo, y en los que la misma población cae ingenuamente, muchas veces siguiendo a jefes o caudillos.

En estos momentos difíciles donde la muerte y la pandemia no se detienen, comprender y aceptar la diversidad cultural y lingüística significa admitir que existe una población sistemáticamente excluida -desde hace 500 años- no sólo de los bonos y otras dádivas que el Estado viene entregando, sino que no participa en las decisiones políticas, sociales, culturales y ambientales del país desde esa independencia que va a cumplir 200 años, a pesar de que cantamos “somos libres, seámoslo siempre”. Y aceptar ello implica ir mucho más allá de disfrazarse con atuendos típicos o hablar alguna de las 48 lenguas que existen en nuestro país.

Esto se vincula con otro asunto más evidente, como es el centralismo que se visibiliza más que nunca en las actuales circunstancias. Sabemos que Lima no es el Perú y del mismo modo los partidos o clanes de poder no son dueños de todos los pueblos del Perú. Los pobladores de los 55 pueblos identificados por el Ministerio de Cultura no sólo sirven para votar, obedecer o simplemente para ser despojados de sus riquezas bajo los cánones del “desarrollo”, sino son quienes hicieron uso racional y protegieron por miles de años los recursos naturales que la cultura de consumo va acabando.

Si el gobierno está comprometido con el país en su conjunto, debe empezar por reconocer y admitir que no está viendo al Perú en toda su diversidad, o en todo caso no está transparentado su accionar con los pueblos y culturas del Perú profundo. De no avanzar en ese camino, no sólo fracasará en la lucha contra la pandemia como viene ocurriendo en los ámbitos de la educación o la salud, sino se perpetuará la situación de aprovechamiento de unos pocos en perjuicio de las grandes mayorías.