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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

Crónica habanera

Pasé unos días en La Habana. Como turista. Apelo a la mirada antropológica para compartir algunas impresiones de este viaje.

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La Habana Vieja – ese hermoso depositario de glorias idas – bien puede ser bien vista como el reflejo de Cuba. La Habana Vieja, como el país mismo, está en tránsito. Un maravilloso trabajo de restauración de muchas calles y edificios la muestra generosa a residentes y visitantes. Lo que se ha avanzado es notable y se sigue trabajando. Junto a esta escena, y casi sin transición alguna, edificios derruidos en calles enteras donde la pobreza asoma sin ninguna impudicia. Este díptico – me parece – refleja lo que Cuba es hoy: de las ruinas que deja el régimen comunista se está transitando hacia un escenario distinto, que no termina de configurarse aún, pero que se parece muy poco a los discursos oficiales.

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Cuba tiene una economía doble. Circulan dos monedas, la que usan los cubanos y la que usan los turistas. En muchos establecimientos se puede pagar con ambas monedas, pero no en todos. El tipo de cambio prácticamente equipara un euro a un peso cubano convertible (CUC). Solo se puede cambiar dinero en centros oficiales. Así, todo se vuelve excesivamente caro para los extranjeros, con precios prohibitivos, en algunas cosas con costos superiores a Europa. Queda claro que el turismo – además de las remesas internacionales – es una fuente fundamental de recursos para una isla que casi se quedó sin apoyos externos y que no tiene una producción nacional de importancia. Como en toda economía controlada, imagino que debe existir mercado negro, aunque su presencia no me fue visible. Queda la pregunta sobre quién se beneficia con este sistema. Los negocios (casi todos orientados al turismo) se llevan los pequeños beneficios del dinero que ingresa, pero me temo que hay otros “ganadores” que no son tan visibles pero que se llevan la parte del león. No nos topamos con nadie que despejara estas dudas.

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La gente común no tiene a la política como parte de sus preocupaciones cotidianas. Como en todas partes, se habla sobre cómo ganarse el pan, se critica la ineficiencia de las entidades estatales, se comenta sobre algún familiar que vive en el exterior. No encontré discursos defensores del régimen. Parece que estos están limitados a los funcionarios, a los medios de comunicación oficiales y a la – por suerte – escasa propaganda (carteles, pintas) en favor de la Revolución que aún se observa en algunas calles. Muchas opiniones positivas sobre Obama y algo de temor por un posible triunfo de Trump en Estados Unidos, pues temen que eso implicaría algunos retrocesos a los cambios que se han venido dando en los últimos años.

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Las imágenes del Che Guevara y Camilo Cienfuegos sobresalen en la Plaza de la Revolución (donde también se encuentra el memorial a José Martí). Ambas imágenes siempre me parecieron una figura análoga a la imaginería católica, solo que en este caso vendrían a formar parte central de una suerte de “santoral revolucionario”. Paseando por esta Plaza – testigo de eventos tan distintos como los discursos de Fidel, las misas de Juan Pablo II, y un concierto por la paz liderado por Juanes y Miguel Bosé – me pregunto por el sinsentido de seguir a un abanderado de la violencia como el Che. Visto desde una experiencia como la peruana, que nos hizo aborrecer toda forma de violencia, la decisión de montar conflictos violentos solo puede sonar absurda. Desde esa misma experiencia no dejo de extrañarme por quiénes aún hoy siguen admirando a este ícono de la hagiografía revolucionaria latinoamericana.

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Fidel Castro acaba de cumplir 90 años. Es muy poco lo que escribe, menos aún son las veces que aparece en público. Hubo celebraciones oficiales y discursos exaltando su figura. La realidad cubana, sin embargo, se parece cada vez menos a los discursos oficiales de sus líderes