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Una publicación de la asociación SER

Contra el “designio” del machismo

La muerte de Eyvi Ágreda no fue “un designio de la vida”. “Designio” alude a resignación, a estirar el cuello y cerrar los ojos, a aceptar el estatus de víctima.

Las muchas mujeres que ayer salieron a las calles a protestar, las que expresaron su rabia en el trabajo, en las redes sociales, o derramaron lágrimas impotentes al conocer la triste partida de Eyvi, no pueden sintonizar con esa “resignación”. Tampoco muchos hombres. La sociedad no puede, no desea más resignación. Exige cambios.

Las que hoy nos rebelamos contra ese “designio”, que no es de la vida, sino del machismo, de la sociedad patriarcal, queremos recordar a las Eyvi en las escuelas, porque no queremos más niñas víctimas, ni niños deformados por una idea equivocada y violenta de “ser hombre”. Los libros nos deben enseñar -no sólo matemáticas- cómo ser mejores personas, educadas en un radical sentido de igualdad y no discriminación entre los géneros.

Tenemos que recordar a las Eyvi violentadas en las calles de esta ciudad. En adelante, la Estación Angamos, para muchas, no podrá dejar de estar marcada por el recuerdo de Eyvi. Víctima absurda, sólo por el hecho de ser mujer y no aceptar la voluntad de un hombre obsesionado con ella.

En realidad, casi todas las mujeres tenemos nuestras propias calles, parques, estaciones marcadas. Qué mujer no ha corrido para llegar rápido a la puerta de su casa, porque de pronto sintió que estaba sola, que la miraban, que la silbaban, o que un hombre empezaba a seguirla.

Curioso, tantas muertes, tanta indignación, y a ningún alcalde se le ha ocurrido una seña, una placa, ni siquiera unas flores en esa Estación, la última de Eyvi. O en las calles donde tantas otras mujeres fueron asesinadas. Ya van más muertes por feminicidio en este año que todas las víctimas de Tarata. Pero a lo ocurrido en Tarata nadie se le ocurre llamar “designio de la vida”. Será por eso que le pusieron una placa.

Las mujeres queremos recordar, para que esto no vuelva a ocurrir, a nuestras hijas, nietas, amigas, a ninguna mujer. Es el primer gesto de rebeldía. 

Pero ya es tiempo de exigir medidas concretas, legislativas y de políticas, para que afrontemos esta emergencia social. No más respuestas individuales, sólo punitivas. Porque casos como el de Eyvi no los comete un “monstruo”, un bicho raro de nuestra sociedad.  El año pasado, cada día se registró un intento de feminicidio, de los cuales, la tercera parte terminó en la muerte de la víctima. No es un asunto de “monstruos” cuando el 2017 la policía registró 824 denuncias de violación contra criaturas de 9 años o menos. La prevención es urgente.

Y también cambios desde la sociedad. Institutos, universidades, gremios, medios de comunicación. Pero, sobre todo, del lado de los varones, amigos de agresores que, por falsa solidaridad masculina, callan; patas que comparten videos robados a la intimidad de una mujer y se ríen para no quedar mal. Hombres que en las redes se indignan más de la protesta de las feministas -queriendo dictarles cátedra de corrección-, que de las muertes y víctimas de todos los días. En suma, hombres que aceptan “normalidades” para no ser censurados por la “manada” o que se resisten a ser señalados en sus privilegios.

En los cambios de actitud, los gobiernos también tienen su parte, entre otras cosas, con campañas sostenidas (Uruguay, Chile y otros países de la región nos llevan la delantera).

Ciertamente, después de las declaraciones iniciales del Presidente Vizcarra, criticada por el uso del término “designios de la vida”, este trató de precisar aspectos como la mejora de la atención de las víctimas, e incluso hizo referencia a la educación. Pero la ciudadanía espera gestos claros y medidas concretas. Gestos como el del Presidente de Chile, Sebastián Piñera   -católico y de un partido de derecha, por cierto- quien acaba de anunciar que incorporará el enfoque de igualdad de género en la Constitución. Ni más ni menos. Y acá seguimos debatiendo sobre la virginidad de los ángeles y si “género” es o no una mala palabra (a pesar de que ese enfoque está dispuesto en nuestra legislación).

Y es entonces que una termina preguntándose, ¿cuántas mujeres y niñas deben morir y ser violentadas en el Perú para que podamos aceptar que vivimos una emergencia social? La indignación crece contra el “designio” del machismo.