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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

Congelados en la Guerra Fría

En estas últimas semanas, interactuando con personas de diversa orientación política sobre los sucesos recientes en Venezuela, me he encontrado con frecuencia con esta dicotomía, expresada con mayor o menor sutileza: si cuestionas a la oposición, a Juan Guaidó o a los Estados Unidos, eres un defensor de la dictadura; si cuestionas a Maduro o a su gobierno, eres un aliado del imperialismo, de la restauración oligárquica y de los golpistas. No hay lugares intermedios.

Percibo una profunda incapacidad para imaginar modos distintos de relacionarnos con el tema Venezuela, una necesidad perentoria de verlo como sus protagonistas quieren que lo veamos y expresarnos en su lenguaje. Esto revela cuán estancados están algunos debates y desacuerdos en la política peruana, y cuán difícil es adecuar nuestros conceptos y vocabularios a las realidades presentes en lugar de seguir sosteniendo las discusiones del pasado.

Esto es así en todo el espectro. Afecta a la derecha pura y dura, a los autodenominados liberales, a los confucentristas (ni ellos mismos saben quiénes son) y a la izquierda, así como a todos los intersticios ubicables entre tales categorías. Pero es en la izquierda, donde el síntoma es más profundo y donde tendrá sus mayores consecuencias. ¿Por qué? Pues porque es la izquierda la que tiene más en juego —su identidad, su naturaleza, su futuro— en este tema.

Un sector considerable de izquierdistas peruanos (y, hasta donde alcanzo a ver, latinoamericanos) se percibe a sí mismo como singularmente radical y basa esa autopercepción, al menos en parte, en hacer de la lucha antiimperialista la piedra angular de su identidad y su praxis. Con frecuencia, además, convierte el antiimperialismo y sus discursos en el litmus test, o prueba de fuego, de la corrección ideológica: si no eres antiimperialista, y si no lo eres estrictamente en los términos que te planteamos, no eres uno de los nuestros, y en consecuencia te conviertes en uno de ellos.

Quienes ven el mundo y la geopolítica de esa forma tienen razón en un punto, por supuesto: la hegemonía estadounidense en América Latina no es un vestigio del pasado sino un fenómeno presente y real (como lo es en muchas otras regiones del mundo, aunque en nuestra región tiene características especiales). Tal hegemonía tiene agentes locales, se entrelaza con las estructuras locales de poder y se mantiene a través de una sostenida voluntad de injerencia y de continuas intervenciones, incluyendo intervenciones militares directas, y esa realidad tergiversa la economía y la política, diluye la soberanía y debilita los Estados, drena recursos y causa miseria. Se trata claramente de un enemigo que debe ser confrontado.

Hasta ahí, todo está claro (o debería estarlo). El problema, como suele ocurrir, son los corolarios y los detalles.

Por ejemplo, ¿es necesario deducir de lo anterior una política de opciones binarias absolutas, donde “A” y “No A” son las únicas posibilidades? Yo no lo creo. Más bien, creo que ese es un error grave. Uno que por un lado distorsiona nuestra imagen del enemigo que confrontamos, y con ello cualquier posible política de alianzas tácticas, y por el otro oscurece aspectos igualmente cruciales de la tarea política de la izquierda en el escenario nacional y regional.

Que los Estados Unidos no son un monolito inalterable y unidireccional sino un complejo entramado de intereses económicos, políticos e ideológicos, con sus propias dinámicas internas y sus propias contradicciones, conflictos y facciones, debería ser obvio pero a veces parece no serlo. Que la relación entre “imperialismo”, “capitalismo” y “estado-nación” (EE.UU., por ejemplo) no es tan directa ni fluida como a veces se asume, lo mismo. Y que el discurso antiimperialista ha sido con muchísima frecuencia utilizado como tapadera para regímenes insondablemente corruptos, represores y en última instancia reaccionarios —regímenes cuyo resultado neto ha sido un repliegue de la causa de la liberación humana, no su avance— es algo que no debería poder discutirse dada la historia del siglo XX, y sin embargo aquí estamos.

Esta es una herencia de la vieja Guerra Fría, especialmente de sus primeras décadas, de la cual la izquierda no ha conseguido sacudirse (y algunos dentro de ella ni siquiera ven la necesidad de hacerlo, o piensan que no haciéndolo ganan o ganarán algo). Aunque las raíces del concepto son anteriores —están en el debate anticolonial en la Gran Bretaña del siglo XVIII—, en un contexto conceptualizado como irreductiblemente bipolar, con el enfrentamiento entre el régimen soviético y los Estados Unidos como eje práctico y teórico, fue casi natural que los términos “antiimperialismo” y “socialismo” aparecieran como sinónimos, y que los Estados Unidos y su acción imperialista fueran vistos como indesligables (algo a lo que, de más está decirlo, la propia política exterior estadounidense contribuye en enorme y sangrienta medida).

Bajo esa luz, explicar, justificar y apoyar en nombre de su discurso antiimperialista a regímenes horrendos e infinitamente dañinos se convirtió para muchos en un hábito mental, casi un reflejo. Hoy esa tradición —la de definir a un régimen, cualesquiera sus características, por cuán enemigo es de los Estados Unidos— explica que haya tantos izquierdistas en el Perú y en América Latina que ven con simpatía la cleptocracia pro-oligárquica, reaccionaria y homicida de Vladimir Putin, y que tengan dificultades para desalinearse de la hecatombe moral que es el gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua o de la caricatura del chavismo encabezada en Venezuela por Nicolás Maduro.

El problema de fondo aquí no es, valga aclararlo, el error conceptual o la supervivencia de esquemas ideológicos del pasado. El problema con una visión de la política anclada en las presuposiciones de la vieja Guerra Fría no es su antigüedad. Es que esa mirada, sin importar qué tan útil o inútil haya sido en otro momento histórico (no lo debatiré acá), no sirve para describir lo que ocurre en nuestros días. Al contrario, tiende a ocultar realidades que deberían guiar hoy una política de izquierda, entendida como una crítica del capitalismo y dirigida hacia la construcción de un sistema distinto.

El caso de Venezuela, que motiva estas líneas, resulta particularmente ilustrativo. Si la disputa geopolítica tiene que ver con el acceso a las reservas petroleras del país, y sus otros actores son los Estados Unidos, China y Rusia, ¿estamos hablando de una confrontación bipolar entre dos modelos socioeconómicos fundamentalmente distintos? Si en parte la soberanía consiste en el control estatal-nacional del territorio y sus recursos, y resulta en la extracción irrestricta de estos últimos y su exportación, ¿defenderla es realmente una crítica radical del capitalismo? Si la continuidad del régimen realmente existente está corroyendo sin reparo sus propios logros, por ejemplo en términos de justicia redistributiva o en la construcción de nuevas instituciones y formas más democráticas de poder, ¿apuntalarlo es apuntalar el socialismo, o contribuir a destruirlo?

Por último, ¿por qué se hace tan difícil articular estas preguntas de sentido común desde la izquierda, desde sus partidos y sus organizaciones, desde sus militancias y sus foros? ¿Por qué a estas alturas no tenemos un lenguaje compartido que nos permita hacerlo? ¿Por qué, apenas uno formula estas interrogantes, regresa la sorda dicotomía a la que me referí al principio —“A” vs. “no A”, “nosotros” contra “el imperio”? ¿Por qué no es posible hurgar un poco en la definición de esos conceptos: qué es “A”, quiénes somos “nosotros”, qué es hoy “el imperio”?

A estas alturas, cabría esperar de la izquierda latinoamericana —con la que me identifico, a la que pertenezco— una conciencia más clara de su propia historia y un reconocimiento de los aspectos del orden liberal sin los cuales ella misma no puede sobrevivir. Cabría esperar una articulación discursiva más sólida de los riesgos del autoritarismo y un mayor apego a la necesidad de proteger las libertades civiles más básicas, como la libertad de asociación y la de expresión.

En el contexto contemporáneo, además, la crítica de la explotación irrestricta del territorio y del culto al crecimiento económico debería hace tiempo ser parte profunda de nuestros sentidos comunes y nuestro mapa ideológico, sin mayores discusiones ni disputas internas. Deberíamos saber todos que el extractivismo y sus ideologías son un enemigo tan importante como el Imperio, y que sin reconocerlo no se puede ser radical, solo intransigente, lo que de ninguna manera es lo mismo. Finalmente, debería sernos posible imaginar una oposición absoluta al intervencionismo y la agresión imperialista que no defienda un régimen indefendible, fracasado y traidor de sus propias promesas, y una afirmación de los derechos y el bienestar de los venezolanos que no se enfile detrás de los golpistas, los intervencionistas y los criminales de guerra.  

Pero me parece que no hemos llegado a ese punto. Con demasiada frecuencia nos hablamos en el lenguaje de esa dicotomía impuesta por intereses que no son los nuestros. Con demasiada frecuencia vemos la realidad en esos términos y nos falla la imaginación para salir de ese entrampamiento. Con demasiada frecuencia, también, utilizamos estas señas de identidad como gruesos instrumentos retóricos, para librar pequeñas batallas locales y disputarnos terrenos sin medir las consecuencias. En estos días en los que esa experiencia se me repite tanto no puedo evitar la certidumbre de que ese error, esa incapacidad, nos costará caro.