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Una publicación de la asociación SER

Compadre espiritual de la argolla

El peruano, entre otras virtudes y defectos, tiene una inclinación hacia la argolla. “Grupo cerrado e informal que gira alrededor de quien ejerce el poder. La pertenencia a dicho círculo garantiza a sus miembros el control de una esfera de actividades u organizaciones, así como el acceso a ciertos privilegios y beneficios derivados de dicho control”, nos dice la definición que da Eduardo Torres en su libro Buscando un rey (2007). La argolla traza una forma de ser marcada por el amiguismo, el cubrirse las espaldas, para así sacar una ganancia a base del mínimo esfuerzo. Argolleros los hay en el mundo literario, en las universidades, en el trabajo. Impregna diversos campos sociales no porque sea una mentira, una acción inmoral, sino más bien porque practicar la argolla es una destreza que debe celebrarse, un valor de gran mérito. Quien no es un argollero es un “quedado”, “un tonto”, “un ingenuo”. No es de extrañar que la lógica del pendejo comulgue con la argolla. El objetivo es siempre ahorrar esfuerzo, ser ávidos en la cutra, en la estafa, en la labia, y mientras nadie se dé cuenta o nadie diga nada, pues más talentoso el argollero. Por esto es en la política donde la argolla alcanza sus máximos niveles. De esto sabía Clemente Palma quien, desde su labor como periodista en medios como Variedades o La Crónica, confrontó al sistema argollero de la política peruana.

En su defensa del Leguía, Había una vez un hombre –ciertamente cuestionable por su idealización – Palma elabora una imagen de la argolla como un sistema de defensa entre los miembros de un grupo privilegiado. Para él, este grupo lo encarnaba la oligarquía peruana,  “gentes que se creen superiores y organizadas apriorísticamente para la autoridad y el mandato”, “señores de abolengo y de fortuna”, quienes conformaban un grupo cerrado para propiciar “todas las medidas que produzcan ventajas o sostengan las adquiridas”. Palma advierte que la argolla oligárquica se extendió hacia los gobiernos civilistas de la época, generando un ciclo de continuidades señoriales. Ahora si bien el libro mencionado es de 1935, las críticas de Palma a la argolla vienen desde 1908, cuando escribía las andanzas de los cronistas Juan Apapucio Corrales. Considero que entre uno y otro periodo la argolla es un fenómeno que no conoce de límites sociales ya que tanto la oligarquía como los sectores populares la practican. Pero esto solo es posible porque los sectores populares desean tener los beneficios de una clase hegemónica. El entramado de jerarquías económicas y raciales lleva a que un personaje como Juan Apapucio Corrales se las “ingenie” para entrar en el sistema argollero de la política, y lograr ser un ciudadano exitoso, admirable. El comportamiento de Corrales está regulado por un régimen de afectos colonizados: querer ser un hombre de poder. Es decir, no alcanzar un poder para confrontar la oligarquía, sino adquirir poder para estricto beneficio personal y en favor de los intereses oligárquicos. La argolla diluye todo gesto crítico y crea una complicidad criminal con regímenes de injusticia política.

En el “Prospecto” de Variedades (29 de febrero de 1908), Corrales hará su primera aparición. Él  mismo nos confiesa cómo un repentino encuentro con Clemente Palma determinó su carrera de cronista. Palma le propone: “Necesito un revistero para VARIEDADES y como tú entiendes de eso te doy las credenciales para que ejerzas el más sagrado ministerio de llamar maletas y morrales y pillos a la gente de coleta” (19). Después del encargo, Corrales realizara la primera crítica, atacando al torero Bonacillo, al organizador del evento y al Dr. Larre. Estos ataques costarían a Palma severas críticas por parte de los agraviados, tal como es recreado en el Nº 1 de la revista (7 de marzo de 1908). En esta ocasión, Palma hace llamar a Corrales, le informa sobre la desmesura de sus observaciones y cómo su actitud pone en riesgo la publicación. Le dice así: “Te advierto pues, que ó te moderas ó te largas. (…) Quedas pues notificado para que sepas como debes escribir en lo sucesivo” (41).

            El diálogo entre Palma y Corrales resulta crucial para entender el carácter de Variedades y el de su director. Con estos textos, Palma expone los riesgos frecuentes que tenía que enfrentar como periodista. Se trataba, pues, de una responsabilidad que había que asumir éticamente a pesar de las amenazas. La ética frente a la argolla, la cual expone sus represalias para callar o “moderar” cualquier tipo de crítica. La argolla quiere escribidores a su servicio, un séquito de likes y adulaciones, gente que se suba al coche y lance las arengas con más adjetivos.  Corrales en esta escena se encuentra del otro lado, amenazado con perder el trabajo por hablar claro. Reflexionando sobre su oficio, acota: “Triste oficio es este de decir con franqueza los sentires é impresiones que se saca de presenciar los hechos de los hombres (41). No obstante la presión, la coerción, Corrales (esto es, Palma) continúa con sus pullas, con lo cual se afirma uno de los principios que Palma anotó en el Prospecto: “VARIEDADES no tiene partido político (…) Esta independencia es un tesoro para nosotros (…) porque así será más vasto nuestro campo de acción, pues no estará limitado por las conveniencias o simpatías por determinado grupo político” (“Prospecto” 2).Este primer Corrales presentará el talante irónico y contestatario de Palma, pues expone un firme compromiso de criticar sin importar de quien se trate: autoridad política, religiosa o militar.

Lo interesante es que luego Corrales cambia su posición. Y en este punto radica el impacto y eficacia de la argolla. Incluso aquellos que han atacado este sistema resultan siendo parte de él, cayendo en lo mismo que habían criticado. Paulatinamente, Corrales  se hará de una posición en la sociedad que le servirá para fines políticos que, incluso, lo llevaran destacados puestos de gobierno. Conforme sus vínculos políticos se acrecientan, Palma comenzara a criticar desde Corrales los vicios políticos peruanos: el revistero que se había presentado como amante de la verdad, fielmente convencido de lo justo, terminará entrando en los cotarros mafiosos, asimilándose al modus operandis de la argolla y optando por una vida oportunista y cínica. En su necesidad de ser como los señores de la oligarquía, Corrales decide escribir su biografía. Si en sus primeras apariciones sus orígenes eran desconocidos, ahora se encarga de brindarnos parrafadas que comprueben que tiene “un nombre”. Con este gesto, Palma satiriza el orgullo de los criollos limeños y sus ansias de ascenso social: Corrales ha llegado a tal fama que será incluido como personaje en un “Diccionario Enciclopédico” que se piensa editar en Barcelona. Según este texto, sabemos que es un escritor y político nacido en Lima el 29 de febrero de 1877, hijo de Casimiro Corrales y Doña Eulalia; que fue seminarista, estudiante de filosofía escolástica y casuística, compañero de colegio de Clemente Palma, que ha ocupado diversos y conspicuos cargos públicos y que, además, ha escrito los siguientes libros: Manual del perfecto vago, El arte de curar el moquillo, las sociedades anónimas para el cultivo de la caigua y Disquisición económica sobre el empleo del corcho en la moneda . Demás decir que estos títulos expresan claramente la burla hacia el campo letrado limeño. Hay un punto en el que la argolla y el ego intelectual parecieran rimar a la perfección

En la biografía, Corrales también se ufana de cómo alguien con cierta astucia puede ascender rápidamente posiciones en una sociedad donde prevalece la corrupción y el favoritismo. Así, pasara de preparar y vender “encaramado en un coche de plaza, (…) un específico contracallos, ojos de gallo y sietecueros”, y extraer  muelas en la calle (1368) a “diputado por Amancaes” (1370), “compadre espiritual del señor Leguía” (1371) y “candidato a la plenipotencia en Chile”. Esto se ha conseguido con la ley del mínimo esfuerzo, defendiendo a sus superiores a cambio de premios, tejiendo un sistema de corte y de favores. La ironía de Palma reside en que Corrales no es considerado un mal político, sino más bien celebrado, y su propio éxito social lo ratifica. Lo que se admira de Corrales es que sabe mover sus fichas, contactarse, sacar ventaja, ganarse un dinero fácil protegiendo los intereses de sus superiores, ya sea callándose, mirando para un lado o siempre aprobando. Cualquier preocupación por la nación es inexistente. Lo importante es saber ganarse la gratitud de quienes comandan la argolla. Entre su humor costumbrista, Corrales apuntala las falencias de los políticos peruanos. Por esto mismo si bien se trata de un personaje de las primeras décadas del siglo XX, sigue siendo un fiel ejemplo de cómo hoy funcionan las cosas en su indignante actualidad. Pero no olvidemos que los compadres espirituales de la argolla no solo están en el Congreso, sino en nuestros espacios más cotidianos, porque finalmente la argolla es una forma de ser peruanos.