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Una publicación de la asociación SER

¿Cómo saber si un río andino está sano? ¡Mira si hay bichos en él!

Lejos de lo que tal vez una persona de la ciudad podría imaginar, un río no está más sano porque su agua sea más transparente. En primer lugar, porque los ríos andinos son muy diversos: pueden tener plantas, algas y partículas suspendidas que generan una variedad de colores que, lejos de representar suciedad, son incluso necesarias y cumplen funciones ecosistémicas de forma equilibrada. Es decir, las necesitan para estar sanos. Y, en segundo lugar, porque los ríos en los Andes son habitados por pequeños organismos que cumplen funciones vitales para su sostenimiento.

Pequeños bichos con antenas, pelos e incluso colmillos. Seres sintientes que, si supiéramos lo importantes que son para nuestras vidas, cambiaríamos de idea respecto de ellos. Felizmente en nuestro país, desde las cosmovisiones de las comunidades indígenas, y su contacto cotidiano con los ríos, se suele reconocer más el aporte de los seres vivos en sus territorios. Asimismo, académicos/as y activistas, se han dado cuenta de que una buena forma de saber si el agua de un río está limpio, es observando y protegiendo a estos organismos.

Un grupo de estos organismos, son los llamados macroinvertebrados bentónicos (MIB)[1] y conociéndolos y cuidándolos podemos monitorear la calidad del agua de nuestros ríos andinos. Suelen ser principalmente las larvas de insectos, moluscos, crustáceos o anélidos. Los mismos que en su etapa adulta salen de los ríos a polinizar los campos, descomponer materia orgánica, controlar la población de otros grupos taxonómicos, etc.

Su cualidad como indicadores de contaminación se debe a la “capacidad natural que tiene la biota para responder a los efectos de las perturbaciones eventuales o permanentes. […] [esta] biota acuática cambia su estructura y funcionamiento al modificarse las condiciones ambientales de sus hábitats naturales” (Segnini, 2003). Es decir, determinados grupos taxonómicos de los MIB, no soportan algunos tipos de contaminación, y empiezan a huir o disminuir su población, mientras que otros grupos aumentan su cantidad de forma alarmante. La bibliografía da cuenta de qué grupos son menos o más tolerantes a la contaminación, y elabora índices o protocolos que permiten interpretar su presencia o ausencia. Asimismo, comparar qué bichos encontramos en un río sano, también llamado sitio referencia o punto blanco, versus los que encontramos en un río posiblemente afectado, resulta muy útil en nuestro territorio con pocas líneas de base o estudios previos.

¿Y qué contaminación nos pueden ayudar a detectar? Pues, aunque originalmente los estudios los señalan como indicadores de contaminación orgánica, nuevas investigaciones y comités de vigilancia han corroborado su eficacia para dar alertas tempranas de contaminación minera (Oller & Goitia, 2005; Hamel, 1999). Por eso, hoy en día en nuestro país, grupos de ciudadanos que viven en zonas de influencia minera (La Libertad, Cusco, Cajamarca, Junín), vienen vigilando sus cuerpos de agua analizando a los MIB. En comparación con los análisis físico-químicos del agua, que son los métodos más usados para detectar contaminación, la vigilancia de los ríos a través de los MIB es más económica, la pueden realizar personas no especialistas pero sí capacitadas, y es capaz de poner en evidencia la contaminación dejada, por ejemplo, por un relave que pasó por un río y que ya no está presente en dicho lugar (Segnini, 2003; Acosta, 2009; Correa, 2000; Figueroa et al., 2003; Domínguez & Fernández, 2009).

Existen diferentes métodos de monitoreo, lo importante en todos los casos es buscar perturbar lo menos posible la vida de dichos organismos, conocer con anticipación los más posible cómo son los MIB para identificarlos con rapidez en el campo y aliarse con instituciones académicas que respalden y complementen el trabajo ciudadano. Asimismo, este tipo de monitoreo puede ser un puente de diálogo intercultural: hemos tenido la oportunidad de comprobar que las personas (indígenas y no indígenas) que tienen un contacto cotidiano con los ríos podían identificar a distintos bichos basados en su propio conocimiento. En un contexto de presión extractivas sobre los territorios, este monitoreo puede ser una herramienta al servicio de la gente[i].

La vigilancia de la calidad del agua conociendo a sus MIB puede darnos la oportunidad de empezar a ver a los ríos y ecosistemas de una forma distinta. Verlos como organismos vivos cuya complejidad necesitamos comprender -antes que modificar- como lo hacen muchas comunidades rurales, valorando los servicios que sus diversos seres sintientes nos brindan y viendo el agua no como un elemento inerte que apreciamos solo cuando satisface nuestra sed al salir del caño, sino desde su nacimiento y recorrido por los territorios. Tal vez así, algún día notemos la absurda propuesta de muchos sectores de la inversión privada que pretenden reemplazar ríos por canales de agua o lagunas por reservorios diciendo que son lo mismo o hasta más importantes. Tal vez, nos alegraríamos cuando veamos un río lleno de bichos, en lugar de asustarnos.

Esta semana la columna de Comadres cuenta con la colaboración especial de Diana Flores. La Plataforma Comadres es un espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

 

[1] Vale indicar que los MIB son “todos los invertebrados que habitan el fondo de los ecosistemas acuáticos, al menos en algunas etapas de su ciclo de vida y que (pueden ser) retenidos en redes con una abertura de poro igual o menor a las 500 μm” (Hauer & Resh, 1996).

 

[i] Con el Grupo de Formación e Intervención para el Desarrollo Sostenible (Grufides) y la Red Muqui producimos estas guías que pueden resultar útil si es que les interesa este tipo de trabajo: https://bit.ly/1FQaBmg, https://bit.ly/2HpqdBJ.

Nota:

Las organizaciones que vienen vigilando los cuerpos de agua analizando a los MIB son: En La Libertad la “Asociación Marianista de Acción Social (AMAS)”, en Cusco “Derechos Humanos Sin Fronteras”, en Cajamarca el Grupo de Formación e Intervención para el Desarrollo Sostenible, en Junín la iniciativa “Mantaro Revive”, entre otras experiencias.