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Una publicación de la asociación SER
Antropóloga, docente de la UNMSM

Collacocha y el mandato del progreso

La obra Collacocha de Enrique Solari Swayne[1],  escrita en los años 50, empieza y termina en un oscuro túnel en las entrañas de la tierra, situado debajo del cauce de una laguna, que a la vez nos evoca la figura de un socavón húmedo y con pequeñísimas flores que crecen en su interior y que el Ingeniero Echecopar, personaje actual y contradictorio, que cree en su misión de llevar el progreso y que está dispuesto a avanzar la excavación del proyecto de la carretera sobre los huesos de los trabajadores de San Pedro de Lloc, cuida celosamente.

Los primeros diálogos transcurren entre dos hombres que pasan parte de su vida en ese túnel, uno que está cansado de pasar tanto tiempo en la oscuridad y en el frío de la puna, y que recibe a su reemplazo con alegría; mientras que el otro, llega desde la costa para el desafío de encontrarse a sí mismo y a emular al Ingeniero Echecopar en su afán por dominar a la naturaleza, pero se encuentra cara a cara con el desastre. A ellos se les suman el operario local que sabe que la naturaleza se resiste a ser dominada y que sus señales son inequívocas porque anuncian la tragedia del huayco que quebrará la montaña dejando a su paso muerte y destrucción, así como el sindicalista comunista que se preocupa por los derechos de los trabajadores de la obra y lucha contra el desastre acompañando al grupo atrapado hasta el final.

Collacocha muestra los dilemas del hombre frente al mandato del imperativo del progreso. Frases como “El hombre que quiere dominar a la naturaleza tiene que enfrentarlo todo”, o “Somos un país demasiado salvaje como para detener el progreso” muestran parte de la idiosincrasia que representa el mandato civilizatorio del progreso a cualquier precio, o el de valorización de progreso en marcha por encima de cualquier alternativa. En el momento de inminente peligro en el que el operario manda a la mierda al Ingeniero Echecopar porque ya no tiene nada que perder, y su vida, como la del resto, está en peligro, este le responde “El progreso también mata y para dejarse morir hay que tener el coraje para matar”,  e intenta que la mayor cantidad de trabajadores logren salvarse pasando antes que ellos por los túneles, pero a la vez sabe que muchos no lo lograrán y quedarán atrapados en medio de la desgracia.   

Hablar del costo social del desarrollo, es hablar de lo invisible, de los numerosos cotidianos y desconocidos, pequeños y grandes riesgos, y accidentes del progreso, tan actuales, tan reales, pero a la vez inexistentes. Muchos progresistas quieren acallar cualquier voz disidente del progreso, aunque ello pueda significar invisibilizar demandas y derechos de miembros de poblaciones enteras, comunidades de origen y pueblos indígenas, buscando alternativas a sus formas de vida social y cultural. Pero ¿qué es el progreso? ¿Acaso es esa avalancha que como el huayco de Collacocha, por no saber entender las señales, no podemos detener ni encausaremos? ¿Qué significa el progreso para quienes no están preparados?  ¿Por qué cuando el progreso llega no hay marcha atrás?

No son pocos, ni aislados, los accidentes que causan el avance del progreso y el desarrollo. En lo que respecta a minería, construcción de carreteras y proyectos de desarrollo, se consignan una serie de casos en el mundo en los que, por falta de previsión o de estudios ambientales adecuados, se originan accidentes pequeños o grandes desastres. La naturaleza indomable, se consolida también en el afán de dominación del hombre como imagen de precariedad que responde naturalmente. En un momento en que el acceso a los recursos hídricos se convierte en fundamental, las cochas son precarias frente a su explotación, uso y aprovechamiento que deviene en su desaparición.

Existen sonados casos de accidentes en el mundo. Allí se encuentran los más conocidos que han sido objeto de análisis. Al respecto cuentan los casos de la mina de OK Tedi en Nueva Guinea[2], que por falta de un adecuado estudio de impacto ambiental generó deslizamientos y terremotos; el caso reciente de la tragedia en Minas Gerais, en Brasil, con 17 muertos y 14 desaparecidos, donde la ruptura de diques liberó 62 millones de metros cúbicos de barro tóxico y con ello generó un desastre ecológico; o el caso de la tragedia de Animón a 50 kilómetros de Cerro de Pasco, en 1998, donde murió una cuadrilla de siete mineros que estaban dentro, y cuyos detalles del accidente coinciden espantosamente con el relato de Collacocha con el aviso de la infiltración sin causa aparente que devino en el desastre.

Aunque se ha transitado de la minería de socavón a la de tajo abierto, el cambio no está exento de riesgos y accidentes. En estos días los comuneros de Cotabambas de la zona del ámbito del proyecto Las Bambas han llegado a Lima para presentarse en el Congreso y exponer su situación y demandas. Cuando empezaron las operaciones de la mina la presa de clarificación colapsó a pesar de contar con el estudio de impacto ambiental. También hay la demanda de construcción del mineroducto por los constantes impactos del polvo y congestión que producen los más de 300 camiones que circulan por sus vías y otras problemáticas que existen con sus propiedades y la transformación de su territorio. Ya les llegó el progreso y para muchos no es lo que esperaban.

Algunos se preguntan cómo se manejan las nuevas condiciones del progreso. Pongamos atención a las demandas de los comuneros de Cotabambas, los temas relacionados con la alternativa del desarrollo sustentable[3] no deben ser asociados a la pobreza, o al atraso, pueden ser más bien un camino de solución a los impactos del progreso. No vaya a ser que mañana o más tarde emulando la figura del Ingeniero Echecopar y de sus discípulos tengamos que asentar el triunfo del progreso -como se celebra la llegada de Jacinto Taira, el camionero que logra subir de la selva a los andes por la carretera avanzada- sobre los fantasmas de sus víctimas.


[1] Esta columna está inspirada en la magistral puesta en escena de la última versión de la obra Collacocha del Teatro La Plaza, dirigida por Rómulo Assereto, protagonizada por Leonardo Torres Vilar, Oscar Meza, Alberick García, Gustavo Cerrón, Walter Ramírez y Lolo Balbin. 

[2] Al respecto véase Roberto Rodríguez, Luciano Oldecop, Rogelio Linares, Victoria Salvadó Los grandes desastres medioambientales producidos por la actividad minero-metalúrgica a nivel mundial: causas y consecuencias ecológicas y sociales Revista del Instituto de Investigaciones FIGMMG Vol. 12, N.º 24, 7-25 (2009) UNMSM ISSN: 1561-0888 (impreso) / 1628-8097 (electrónico). file:///C:/Users/Usuario/Downloads/desastres%20medioambientales.pdf

[3] Representadas por los sistemas de producción locales: la agricultura, la ganadería, la artesanía, cultura inmaterial, y otros.