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Una publicación de la asociación SER

Ciudades cuidadoras

Foto: Jerry Ccanto Quiñones

Liz Isidro, arquitecta por la UNI.

Trilce Fortuna, arquitecta por la UNI y magíster en diseño urbano por la Universitat de Barcelona.

En el contexto de la actual pandemia por el covid-19, se ha intensificado más que nunca la necesidad de cuidar. La situación nos ha revelado el valor de los cuidados para la sostenibilidad de la vida diaria, el bienestar de las personas y el desarrollo de nuestra sociedad. Todos los seres humanos somos interdependientes, proporcionamos y necesitamos de cuidados a lo largo de nuestras vidas, desde que nacemos hasta que dejamos de existir. En medio de esta pandemia la preocupación por extremar los cuidados ha sido elemental, principalmente, para no contagiarnos ni contagiar a las personas más vulnerables, y para no colapsar nuestro precario sistema de salud.

Pero, ¿quién realiza esos cuidados? Somos las mujeres quienes realizamos en mayor proporción dichos trabajos e históricamente hemos desempeñado el rol de cuidadoras. Sin embargo, en nuestra sociedad existe una fractura entre el trabajo reproductivo y productivo, ya que las actividades que garantizan el funcionamiento del hogar y el cuidado de la vida son invisibilizadas en el cálculo de la productividad. En consecuencia, al no reconocer los cuidados como bien público, mantenemos la desigualdad de género (1). Según la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo realizada en el año 2010, el Trabajo Doméstico No Remunerado (TDNR) equivale al 20,4% del Producto Bruto Interno (PBI) del Perú. La falta de cuantificación del valor generado y la poca visibilidad de la contribución de las actividades de cuidados en la economía nacional, no favorece a que estas sean consideradas responsabilidad colectiva, y, sobre todo, a que sean reconocidas como un componente fundamental para el desarrollo y bienestar del país.

Como sabemos, ni en momentos de crisis se detuvieron los cuidados, por el contrario, se intensificó la reproducción del trabajo doméstico para las mujeres, que, sumada a la agudización de las condiciones de desigualdad y pobreza preexistentes, las obligó a rutinas de subsistencia. En ese sentido, se acentuó la necesidad de colectivizar la provisión de alimentos diarios y el cuidado de personas dependientes (infantes, personas mayores, personas con diversidad funcional o necesidad de cuidados médicos). En pleno confinamiento, se activaron redes de solidaridad vecinal en todo el Perú, que están permitiendo a la ciudadanía seguir resistiendo esta pandemia. Se realizaron cadenas solidarias de donación de alimentos (canastas básicas y platos de comida) para personas en situación vulnerable; asimismo se organizaron ollas comunes con la finalidad de garantizar a las familias una mínima alimentación diaria, debido a que el servicio de los comedores populares y del vaso de leche estuvieron suspendidos durante el estado de emergencia y recién a partir de junio han reanudado gradualmente sus funciones.

Frente al incremento del número de personas en estado de vulnerabilidad (hasta cuatro veces en Lima y hasta diez veces en el resto del país), el Gobierno ha propuesto extender la cobertura del servicio de los comedores populares a un mayor número de familias. En ese sentido, cobra nuevamente relevancia la incorporación de políticas públicas que asuman las actividades de cuidado como una responsabilidad colectiva, y que, sin necesidad de importar iniciativas, reconozca que en el Perú existen espacios de cuidados colectivos, mayormente autogestionados y surgidos desde las organizaciones de base comunitarias, pero que contrariamente a la importancia de sus actividades, son insuficientes y precarios.

Hace falta entender que la vida solo se puede cuidar en común y que es necesario contar con espacios de calidad que faciliten el cuidado colectivo en nuestro entorno cotidiano. Por tanto, urge adaptar los protocolos sanitarios para permitir el funcionamiento continuo y seguro de locales comunales, comedores populares, vasos de leche, clubes de madres, establecimientos del programa Cuna Más, entre otros; además, es indispensable (re)pensar estas infraestructuras, como espacios estratégicos desde donde se pueda gestionar esta y futuras crisis a escala barrial. Conseguir ciudades que faciliten el cuidado de la vida es un reto, porque supone un cambio radical de paradigma. Si nuestros problemas se manifiestan en nuestra experiencia cotidiana, hay que empezar a hablar de ello para situarlo en el centro de las reivindicaciones públicas.

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Esta semana la columna de Comadres cuenta con la colaboración especial de Liz Isidro y Trilce Fortuna. La Plataforma Comadres es un espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

  1. De Certeau, Michel. (1999). “La invención de lo cotidiano. Habitar, cocinar”, vol.2, Universidad Iberoamericana, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, México, D. F. p.158