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Una publicación de la asociación SER

Ciencia, poder y política: la relación invisibilizada

¿por qué debemos decidir sobre asuntos de vida o muerte con criterios estrictamente económicos? ¿Quién ha dado ese poder a los economistas?

[(Joan Martinez Alier, Economista – (ecológico)]

En política, dicen, no hay coincidencias, y de eso no se escapan ni las ciencias ni los tecnócratas, que legitiman decisiones (de) políticas a través de ellas. Esto no parece ser tan obvio en aquellos ámbitos del conocimiento que hoy tienen (no por casualidad o precisamente por razones políticas) una relevancia extrema en la toma de decisiones que afectan la vida de millones de personas.

La economía y el derecho son dos de esas ramas del conocimiento cuya influencia es abrumadora en círculos de decisión gubernamental. Más allá del imperioso análisis de por qué tienen tanta relevancia, es necesario preguntarse si en el Perú se han dado, dentro de estos cuerpos de conocimiento, los debates que otras “disciplinas” menos populares, como la sociología o la antropología, han sostenido desde hace más de un siglo, o si se han dado los espacios suficientes para que florezca una pluralidad de pensamiento económico y jurídico. ¿Cuánto de los debates en torno al positivismo, las relaciones entre poder y conocimiento, y en general, en torno a las condiciones materiales, ideológicas y políticas que influyen en la producción de conocimiento, importantes para situar y desmitificar al conocimiento científico, han sido tomados en serio por los centros de formación más influyentes en nuestro país? ¿Sabrá un economista egresado de alguno de los más prestigiados centros de formación de nuestro país qué es el positivismo y qué la modernidad?  

Lo cierto es que las prácticas y discursos en torno a políticas económicas y regulaciones en diversos ámbitos de la vida -humana y no humana- parecen evidenciar la hegemonía del positivismo más rancio. El árbol de conocimiento económico en el Perú parece agotarse en las raíces positivistas de los enfoques neoclásico, keynesiano o (últimamente) austriaco. Por nuestros economistas parecen no haber pasado ni la crisis de la modernidad ni los debates epistemológicos que han puesto a la ciencia en su sitio (es decir “le han hecho el pare”). Y hasta hoy parece que tenemos funcionarios y especialistas que se sitúan por encima del bien y del mal, que ningunean opiniones “no colegiadas” y usan estudios especializados para legitimar decisiones tomadas de antemano (Conga). 

Una de las herencias más trágicas del positivismo ha sido la apuesta por descomponer la realidad en partes, plantear la división “naturaleza-hombre” y proponer su estudio de manera separada, a través de “disciplinas”, perdiendo la necesaria ambición de ver y observar la vida –humana y no humana- como una complejidad mayor de interrelaciones, en diálogo con otros saberes. El conocimiento ya no tiene como fin último la comprensión de las posibles conexiones entre todas las cosas, sino la descomposición de la realidad en fragmentos, con el fin de dominarla.

Esa forzada separación tiene consecuencias visibles hasta hoy y se aprecia en los discursos y las  prácticas profesionales que sostienen y legitiman “soluciones oficiales” para regular diversos ámbitos de la realidad, incluida la regulación de lo ambiental. La tendencia a entender lo social como algo separado de contextos ecológicos mayores lleva a asumir que la economía es un sistema cuya lógica de funcionamiento se explica solamente atendiendo a las variables “internas de dicho sistema”. Los problemas ambientales se deben principalmente a fallos de mercado o de gobierno, y las soluciones pasan por corregir estos fallos, con incentivos o regulaciones. Ya sea que se trate de crear un mercado de carbono o de ponerle impuestos a los que emiten más CO2, las discusiones, generalmente, no ponen en tela de juicio las condiciones mismas del modelo, trabajan dentro de él para mejorarlo, piensan dentro de la caja. La fe en el poder de la ciencia, hace que se asuma la posibilidad de generar una economía circular y cerrada, una en la que todos los residuos puedan ser absorbidos por el sistema, y si no, compensados con dinero.

Las soluciones a la tragedia del calentamiento global reflejan de manera clara esta ingenua esperanza. Ponen el énfasis en la transición a una economía baja en emisiones de carbono, pero no ponen en cuestión los patrones de flujo de energía que se derivan de un comercio internacional insostenible (uno que los economistas deberían contabilizar y analizar), uno en el que los centros de poder económico importan grandes cantidades de materiales, no solo para sostener estilos de consumo desbocados, sino para devolver esos mismos materiales al resto del mundo, en forma de equipos y tecnología. Podremos tener motores que funcionen con agua, pero la voracidad por el oro y el cobre, o la imposición de sistemas de producción de alimentos basados en el monocultivo van a seguir dañando los ecosistemas. Puede que dejemos de usar el petróleo o de quemar carbón, pero la tierra seguirá siendo expuesta a las necesidades de acumulación del capitalismo, necesidades que van a un ritmo mucho más rápido que la propia capacidad de recuperación de los ecosistemas.

Las apuestas por una práctica y visión más pluralista de la economía aún son marginales en el Perú. Los centros de formación en nuestro país, antes que espacios de innovación parecen ser sólo ámbitos de reproducción del conocimiento hegemónico, generado en los principales centros de formación de Estados Unidos y Europa. ¿Permiten estos centros que florezcan el pensamiento crítico o solo entrenan a la gente para que reproduzca el status quo paradigmático, y para que sean “empleables”? Los ciudadanos, por nuestro lado, no deberíamos tener miedo de estudiar estos ámbitos de conocimiento. Como diría Ha-Joon Chang, uno de los economistas cuyas publicaciones recomiendo leer, la economía es muy importante, como para ser dejada en manos de los economistas.