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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

Cesó la horrible noche

Después de cuatro años de intensas negociaciones, atravesadas en distintos momentos por tensiones que pusieron en riesgo la continuidad de los diálogos, las delegaciones del gobierno colombiano y de las FARC-EP anunciaron, el pasado miércoles 24 de agosto, la culminación del proceso y, como consecuencia, el fin de un conflicto que por más de cinco décadas ha sembrado dolor y muerte en territorio colombiano (más de 200 mil muertos, 80% de ellos civiles, 45 mil desaparecidos, cerca de 7 millones de desplazados, centenares de secuestrados, etc.)

Un día después de esta esperada noticia, el Presidente Juan Manuel Santos entregó al Congreso el texto completo del “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”. El lunes 29, tanto la Cámara de Representantes como el Senado autorizaron al Presidente Santos a convocar el plebiscito mediante el cual los colombianos definirán la suerte final de este proceso. El plebiscito ha sido convocado para el domingo 2 de octubre.

Entre el anuncio y la votación en el Congreso, tanto el Presidente Santos como “Timochenko”, líder máximo de la guerrilla, ordenaron a sus respectivos ejércitos el cese al fuego definitivo, con lo cual se dio por oficialmente concluido este conflicto, el más largo de todo el continente. De este modo “cesó la horrible noche”, tal como dice uno de los versos del himno nacional colombiano, y se ha iniciado un nuevo tiempo que debería ser confirmado con los resultados del plebiscito.

No serán semanas fáciles, sin embargo. La campaña por el Sí (a favor del acuerdo) enfrenta una feroz oposición del ex Presidente Álvaro Uribe y sus seguidores agrupados en el partido Centro Democrático. Es difícil tener una comprensión cabal de su discurso debido a que sus cuestionamientos a temas centrales del acuerdo (como los apartados de la justicia transicional aplicada a los guerrilleros o lo acordado sobre participación política de las FARC-EP) aparecen teñidos de epítetos realmente majaderos: la acusación de “castrochavista” que le endilga a Santos o el repetido – pero por ello menos mentiroso – señalamiento que con este acuerdo “se le está entregando el país a las FARC”.

Pero no se necesita analizar mucho este rabioso razonamiento para darse cuenta que es motivado por el odio a Santos, a quien considera un traidor a la causa uribista, pues pese a haber sido Ministro durante su gobierno y ganar la Presidencia como sucesor de Uribe, adoptó decisiones contrarias a su antecesor: amistarse con el gobierno venezolano, reconocer la existencia de un conflicto armado en Colombia, implementar una política de reconocimiento y reparación a las víctimas de dicho conflicto, e iniciar negociaciones con la guerrilla.

Pero el discurso uribista se alimenta también del odio a la guerrilla. Esto último le permite acercarse a un sector importante de la población colombiana que desprecia a las FARC-EP por su responsabilidad en una larga secuela de crímenes cometidos durante el conflicto, frente a los cuales han sido reticentes en asumir su responsabilidad.

Pese a ello, Uribe no parece tener todas consigo. Su alta aprobación no se traduce en apoyo a la causa del No. Lo mismo podría decirse de Santos, quien goza de muy baja popularidad, lo cual, según una encuesta reciente, no afecta el alto nivel de respaldo del Sí.

Si gana el No, las partes tendrán que decidir si retoman las hostilidades o mantienen el cese bilateral de fuego, es decir, si continúa el conflicto o no. Sería un escenario poco deseable porque dejaría al país entero en la incertidumbre y aumentaría la probabilidad de volver a la ya conocida historia de horror.

Si gana el Sí, el escenario posterior será igualmente desafiante, no solo por las complejidades que supondrá la implementación de un acuerdo amplio y ambicioso, sino por la persistencia de otros fenómenos: la posible disidencia de sectores de las FARC-EP que decidan continuar combatiendo; la reticencia del ELN, la otra guerrilla, a sentarse a negociar; la violenta amenaza que supone la presencia en diversos territorios de las organizaciones criminales herederas del paramilitarismo de los noventa; la omnipresente realidad del narcotráfico y su poder corrosivo de la institucionalidad; y la persistencia de una cultura que admite y justifica el uso de la violencia como forma de acción política.

Las semanas que vienen serán decisivas para definir el curso que adoptará el proceso colombiano. Muchos líderes de opinión confían en el triunfo del Sí y numerosas organizaciones sociales, incluyendo a las víctimas que el conflicto ha dejado en todo el país, están sumando sus voces con dicho propósito. El triunfo de esta opción abriría todas las oportunidades para alcanzar un bien que le ha sido esquivo a Colombia a lo largo de su historia: la paz. Sería una extraordinaria noticia para América Latina y para el mundo.