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Una publicación de la asociación SER

Catalina Huanca... ¿No merece igual celeridad?

Catalina Huanca es un sitio arqueológico, centro ceremonial de la Cultura Lima (200 a.C.-600 d.C.), ubicado en Ate-Vitarte. Su situación en la capital no lo hace privilegiado para recibir la protección y valoración que merece. Por el contrario, si se visitara el lugar -tan cerca y, sin embargo, casi nada promovido- se podría notar que pareciera estar sobre una isla carcomida, por casi todos sus lados, por la actividad erosiva de una concesión minera no metálica. Se vería, así mismo, que las evidencias arqueológicas están al borde de un abismo y que su territorio se ha ido reduciendo, de 45 a 19 hectáreas. Como lo señalan arqueólogos denunciantes, Catalina Huanca parece una meseta con taludes verticales inestables, de hasta ochenta metros de altura, a punto de colapsar. Estas condiciones la colocan como uno más de los innumerables monumentos arqueológicos a los que la falta de voluntad política, expresada en desidia y escasa capacidad del sector, hace que poco se conozca sobre este sitio y nada se haga para evitar su desaparición.

La empresa transgresora, en este caso, se llama San Martín de Porras S. A. y restringe el acceso al sitio por sus dominios. Incluso llegó a impedir una diligencia fiscal y hasta el ingreso de los funcionarios del entonces INC, en los años noventa. Parece que desde esa fecha, las autoridades competentes se olvidaron de que existe Catalina Huanca. Es evidente que hay más de un responsable de la destrucción actual de esta parte del patrimonio cultural. El arqueólogo Erik Maquera ha denunciado el caso al Ministerio de Cultura (Expediente N° 014821-2013), con suficiente respaldo fotográfico. Tan sólo en el año 2012, la empresa  destruyó unos 1,500 m2 de superficie arqueológica, y continúa sin freno su nociva actividad. Tampoco ha cumplido, desde 2009, con las resoluciones dadas por el  sector, de realizar un proyecto arqueológico de investigación y conservación de perfiles expuestos, así como de estabilización de taludes. El colmo es que, ante la destrucción consumada, se tuvo que hacer una re delimitación del sitio arqueológico, en 2012. Antes, en 2007, el INC se limitó a realizar un rescate arqueológico de montículos, sin ser capaz de frenar la acción devastadora de esta empresa irresponsable. Hay más datos que señalar, que, como dicen los denunciantes, se resumen en la voracidad de una compañía y el accionar débil y cómplice de los funcionarios del sector. El resultado: Catalina Huanca agoniza.

Nos preguntamos: En este caso, ¿no son claras las evidencias de daño y quiénes son los responsables? ¿No le genera preocupación y mortificación a las autoridades de cultura esta agresión, de igual manera que lo hizo lo ocurrido recientemente en las Líneas de Nazca? ¿Quién pagará el perjuicio, más irreparable, por cierto? ¿Hay  que esperar que vengan extranjeros a causar los daños? ¿Por qué, en este caso, no ha habido la misma celeridad para indagar, investigar y sancionar? ¿Dónde están el Ministerio Público, el Poder Judicial, los congresistas y los medios de comunicación? Quizás ni conozcan que existe Catalina Huanca. Pero el Ministerio de Cultura sí lo sabe.

La indignación por el daño a las Líneas de Nazca debiera extenderse a Catalina Huanca y a la gran cantidad de sitios arqueológicos del Perú que sufren el abandono y la falta de interés de las autoridades. Peor aún, la destrucción realizada por los propios peruanos merecería más repudio y sanción. ¿No les parece?

La protección del patrimonio cultural no es un asunto de protagonismo mediático, sino de identidad, orgullo y compromiso con nuestro pasado, para que sea valorado y enriquecido en el presente. Es hora de cambiar y pasar de la retórica a las políticas públicas efectivas. Que la puesta en valor del patrimonio signifique recursos suficientes para su protección y se constituya en un componente fundamental del desarrollo nacional y local.