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Una publicación de la asociación SER

Carnavales

Resulta extraño que en Lima, la urbe de diez millones de personas, no se celebre los Carnavales como se celebran masivamente en las ciudades pequeñas y medianas del Perú, desde Puno hasta Cajamarca, sin contar como lo hacen en los pueblos y aldeas de los Andes y la Selva. Y es extraño, al margen de si la autoridad sube el dedo para decretar un feriado, porque la gente que más padece la opresión del capitalismo salvaje, no acabe por imponer la costumbre del recreo, la juerga, la broma, el exceso y la transgresión de las normas que estas fiestas suponen.

En Lima hay millones que trabajan doce o catorce horas diarias -sin contar con las dos o tres que se ocupan en viajar apretados en el micro o el tren- y deben terminar agotadísimos el domingo, si es que tienen o se conceden un descanso. Gente que sobrevive con cachuelos que duran un mes o menos, que tienen ingresos menores al del mínimo legal, que están prohibidos de enfermarse. Gente que vive hacinada, en minúsculas habitaciones, sin baño, sin agua potable. Gente que en los meses de vacaciones, angustiada deja a sus niños pequeños a cargo de la vecina o encerrados o en “vacaciones útiles” que pueden resultar trágicas. Gente estresada a diario por los malditos horarios de entrada y sus multas. Gente oprimida por jefes déspotas, por microbuseros gritones, por burócratas vagos, por enfermeras indolentes, por periodistas amarillos, por políticos cínicos, por precios que no se detienen, por robos y asaltos que permite una policía ociosa. ¿Cómo hace para relajarse y no terminar enloqueciendo? ¿Cómo hace para resistir ese ritmo infernal semana tras semana, mes tras mes, año tras año? Toda esta gente malcomida y maldormida, ¿cómo hace para no estallar en una furia que arrase con todo?

A lo mejor cumplen esa función social del relajo del cuerpo social esas fiestas de fin de semana en enormes y bulliciosos locales en los que corren ríos de cerveza acompañando el baile y el gozo erótico. Quién sabe.

En los Andes, en cambio, la miseria y la opresión, productos de siglos de gamonalismo, se lubricaban y adormecían con la represión del catolicismo colonial y su discurso de la resignación y la amenaza del infierno, y por otro lado, con las fiestas periódicas del calendario religioso en que el exceso y el desafío de las normas eran permitidos, hasta culminar en los Carnavales y la Cuaresma de arrepentimiento. Pero desde hace algunas décadas las cosas han cambiado: Sendero y su despotismo estalinista prohibió los Carnavales y el gran miedo que siguió a la represión estatal, junto con la expansión de las iglesias protestantes, en muchos pueblos han hecho desaparecer –o amenguar- las fiestas del Carnaval y hasta las fiestas patronales. Aunque hoy, también, hay zonas tomadas por el dinero fácil del narcotráfico, el contrabando y la minería ilegal, en las que los fines de semana se desata un carnaval permanente sin beneficio para nadie, salvo para los mercaderes que evaden impuestos.

Hace años desarrollé la peregrina idea de que las gentes progresistas y demócratas del Perú debíamos promover la carnavalización de nuestra vida social para hacer frente al capitalismo salvaje que traía la revolución neoliberal y al pasado del gamonalismo sobreviviente en los Andes. Escéptico, el filósofo revolucionario Eduardo Cáceres,  sonrió condescendiente. Lo que necesitamos es trabajo y no carnaval, me dijo. Una ética del trabajo productor y creativo, como decía el Amauta Mariátegui (o del emprendimiento, como dicen tantos gurúes de hoy, digo yo). Pero mi propuesta era combatir al Becerro de Oro como dios ateo y meta en la vida, acuchillador del prójimo. Combatir la soledad y el suicidio que asalta a los laboriosísimos japoneses, suecos, ingleses. Combatir la represión sexual como engendradora de la desconfianza, del miedo, del silencio. Combatir el hedonismo del poder generador de traiciones, ejércitos, guerras, muerte. Promover la igualdad, la libertad, la crítica, la burla del estiramiento, pero también la bienvenida al placer y al gozo para enfrentar la dureza de la vida.

Aunque, poniéndome una mano en el pecho, pienso que un Carnaval permanente y desaforado podría llevar a la concupiscencia generalizada que encontró San Pablo en el puerto de Corinto, en la pagana Grecia, con incestos incluidos. Un hombre criado en la corrección farisea, escandalizado por ello, escribió sus famosas cartas de las que hoy se burlan (o abominan) mis amigos liberales y que algunos hermanos protestantes siguen a pie juntillas. No hay necesidad de ser extremista, sino buscar con humildad y libertad el equilibrio inestable, vital y creativo en busca de la felicidad.

Es verdad que el Carnaval puede ser exactamente la coartada y la distracción de las masas que le viene como anillo al dedo a los poderosos que hoy naufragan en medio de los temores de un futuro incierto, cuando sus crímenes se han expuesto a la luz pública. Como la grita por la pena de muerte como cortina en la que se entretenga la gente que no tiene tiempo para leer y seguir las maniobras de los de arriba. Pero, también, puede ser un arma de la crítica de costumbres y hasta política, tal como lo han manifestado algunas escolas de samba en Río de Janeiro y la comparsa de ANFASEP en el carnaval de Huamanga, según informa la prensa.