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Una publicación de la asociación SER

Carnaval de Socos antes de la Reforma Agraria

                         Foto: Antigua hacienda Cochabamba de don Hernán Castilla ©Jenifer Espino. 

El carnaval soqueño de nuestros días difiere del carnaval de los años 60s y 70s. No se celebraba con violines, guitarras, serpentinas, acordeones, ni cortamontes. Mediante las competencias de pulseo y sequllo expresaba la integración y a través del mantío representaba el compartir de los indígenas de hacienda, la retribución a la naturaleza, la fertilidad, la lluvia y los sembríos. Sobre todo eran celebraciones donde se dejaban de lado las jerarquías y diferencias sociales.[1]

Antes de la Reforma Agraria, Socos constituía una las comunidades del distrito de Socos Vinchos y de la provincia de Huamanga, donde predominaban fundos y reducidas haciendas cuyas tierras eran trabajadas por los indígenas y administradas por los caporales en representación de los latifundistas que ocasionalmente llegaban a sus propiedades. A mediados del siglo XX, Edmundo Vidal Olivas era dueño del fundo Cochabamba, Moisés Fernández de Acraybamba, la señora Julia viuda de Ochoa la de Cochabamba Alta, la otra parte de Cochabamba Alta el doctor Ruíz de Castilla, los hermanos Lumbreras se beneficiaban con la hacienda Accolla,  Elías Delgado del fundo Sapay y el doctor Bravo Bornas la de Cedruyoc. Asimismo, Itanayoc pertenecía al doctor Teodosio Salcedo, Pacay Pata a la señora Angélica Chacora y Santa Lucía a los hermanos García Godos.[2]

En este contexto, los carnavales eran un evento convocado por los varayuq con la participación de los indígenas y hacendados. Los indígenas de una hacienda, previa preparación de los platillos y las bebidas, visitaban a los pueblos vecinos. En el transcurso iban cantando y bailando al ritmo de la quena, tinya, esquela, quijada y los silbatos.  Al llegar al pueblo “chocaban” y emprendían una “competencia de fuerzas” basada en el pulseo y el sequllo. Un representante de cada pueblo con las huaracas atadas en sus cinturas confrontaba un duelo cuerpo a cuerpo con el objetivo de derribar al contrincante. En ocasiones, por la importancia y trascendencia de la competencia,  el pulseo era  motivado y obligado por los hacendados para hacer competir a sus indígenas más aptos y competentes. Como recuerda el señor Jacinto Sacsara, los hacendados motivaban enfáticamente: “Carajo tiene que ser hombre, el hombre no tiene miedo, tiene que aventarse”. Al salir victorioso “su indígena”, el hacendado festejaba, su apellido y su fundo ganaba respeto y el indígena era distinguido, halagado y bebía con los señores. De la misma manera, el sequllo al igual que los pueblos de Apurímac y Huancavelica consistía en una competencia de dar golpes con la parte delgada de la huaraca en la pierna de sus oponentes. Las referidas competencias a pesar de la derrota o el empate finalizaban con un abrazo de los participantes, intercambio de vasos de chicha, cañazo y la formación de una amistad perdurable.

Por otro lado, el carnaval era un compartir entre las comadres y compadres, así como entre los indígenas de las diversas haciendas. El día sábado, las comadres intercambiaban y compartían chicha de qora y variedades de comida preparadas con los primeros productos de maíz, papa, yuyo y arvejas recolectadas en sus pequeñas parcelas otorgadas por los hacendados a cambio de su trabajo. De la misma manera, en las visitas entre los pueblos, uno de los eventos más importantes era el mantío en la que los alcaldes después de disfrutar los platillos y las bebidas, emprendían un juego con las frutas. Varones y mujeres se enfrentaban con duraznos, tunas y otras frutas. Eran momentos de regocijo y  desenfreno  total en que todos quedaban abarrotados de tuna. De esa manera, homenajeaban a las primeras cosechas de granos, tubérculos y frutas, el buen tiempo que permitía la buena cosecha y el año fructífero. El enfrentamiento con las frutas duraba hasta que los varayuq ponía fin a viva voz: “Chayllapiña” (paren). Curiosamente en estos eventos no participaban los niños y por ende no bebían, sólo miraban, “todo era recelo” y usualmente los jóvenes bebían a los 18 o 19 años de edad, caso contrario “los varayuq metían chicote”.     

La celebración central del carnaval era el día domingo, se solemnizaba en el sitio denominado Hatun Qasa y se caracterizaba por ser un encuentro de música, baile, canto y principalmente por ser una competencia interregional. Además de los indígenas de las haciendas de Socos asistían los de Ticllas,  Oqollo y principalmente de los pueblos de Huancavelica. Según nuestros entrevistados era la competencia más grande con la participación de “unos 50 o 60 pueblos para competir en el pulseo”. El último domingo, para el “Avío” y despedida del carnaval asistían al sitio de Mito Qasa. Mediante los carnavalitos más tristes, el toque de la quena y la tinya, apesadumbrado, entristecido y entre lágrimas despedían el carnaval hasta el año próximo. Mediante abrazos y pedidos de perdón se retiraban. Todos regresaban a sus pueblos, al trabajo, el deshierbe, a las haciendas y al mandoneo de los caporales y señores.

El carnaval soqueño, más que la competencia, integración y compartir de los indígenas, el homenaje a la tierra, la fertilidad y a las primeras cosechas, era uno de los eventos más esperados y celebrados porque era una festividad en la que se dejaba de lado la diferenciación de clase, la discriminación y el racismo. Por un momento ponía fin a las jerarquías entre indígenas y hacendados. Los indígenas más humildes por ser los mejores músicos, bailarines eran reconocidos y los ganadores del pulseo eran galardonados y  hasta bebían con los mismos hacendados, eran respetados y tratados de igual a igual.  

 

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[1] Este trabajó se desarrolló a través de la entrevista al señor Jacinto Sacsara Bellido y Ricardo Bautista, antiguos trabajadores de hacienda. Nuestro agradecimiento. 

[2] Archivo COFOPRI, Ministerio de Trabajo y Asuntos Indígenas, Comunidad de Socos, t. I, 1946, f. 140.