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Una publicación de la asociación SER

Carnaval de Carapo

Entre eucaliptos, pinos, duraznos, tunas, chacras de maíz, cebada y trigo, en una quebrada tibia y profunda, bordeada por el río Qillumayu está San Juan de Villa Carapo. Un característico pueblo del ande, de calles cortas, casitas de adobe y techados con tejas en su mayoría. Con una plaza central, un templo colosal de cheqo y su iglesia.

Carapo es un pueblo indígena de origen Lucanas, una macroetnia que antes de la administración inca señoreaba la parte sur de la región de Ayacucho. Bajo la dominación de los incas se mantuvieron en sus tierras y vivieron junto con los mitimaes. En el proceso de las reducciones desafió a las ordenanzas del virrey Francisco de Toledo, puesto que al ser reducido al pueblo de Huamanquiquia de la actual provincia de Víctor Fajardo lograron retornar y fundar el pueblo de Carapo en sus antiguas tierras, donde se mantiene hasta la actualidad. Como un pueblo de origen prehispánico y virreinal fundado en 1587 conserva su estructura dualista. Se divide en dos ayllus: en Hanan y Hurin, actualmente denominado Barrio Libertadores  y Progreso, simultáneamente.[1]

En los meses lluviosos de febrero, la Villa San Juan de Carapo vive la gala carnavalesca que se caracteriza por su esplendor musical, canciones variadas y fuerza rítmica del zapateo.

En el atardecer junto con la llovizna, la crecida del río y el trueno de la catarata de Pachchapunku  los muchachos y las muchachas forman grupos en las esquinas del Hanay o el Huray calle tocan guitarras, bandolinas, charangos, quenas y cantan en quechua y castellano centenares de carnavalitos. En la noche, animados con el waqaycholo, con sus ponchos coloridos y chalinas blancas recorren por las calles y en cada esquina y al pasar por la plaza principal cantan a viva voz y el pueblo retumba.  

Su música es bravía, trágica, violenta, tierna, amorosa y triste, cantan a la vida, a los sembríos, a la crecida del Qillumayu, a las montañas y recuerdan a los acontecimientos desafiados por el pueblo. Como los juicios territoriales con sus pueblos vecinos y por mantener sus tierras fuera del dominio de los gamonales. Carapo es una tierra sin haciendas, desde las reducciones toledanas los indígenas se sintieron dueños y supieron preservarlo y ser amparados por las autoridades del Virreinato y la epública. Un carnaval carapino dice:

 

Gobernadurcha mandakusqay

manaña kutimunñachu

luegucha imapas (bis)

 

Agencia punkupis sayachkan

qaway qaway kachakuspa

laqla malitin aptarisqa

ripukusaq nispa

 

Agencia punkupis sayachkan

qaway qaway kachakuspa

laqla malitin aptarisqa

pasakusaq nispa

ripukusaq nispa

 

Maytataq richkanki

huancapichatam richkani

maytataq richkanki

cangallochatam richkani

 

Imallamantaq richkanki

juicio ganaqmi richkani

qaykallamantaq richkanki

juicio ganaqmi richkani

juicio ganaqmi richkani[2]

 

Al finalizar cada canto todos zapatean a un ritmo acelerado. No importa lo altibajo, lo pedregoso de la calle o los charcos, allí zapatean hasta romper la ojota, quedarse abarrotados de agua y la garganta adolorida. Es febrero, es carnaval, es Carapo.   

Este febrero desearía volver a Carapo, mi pueblo y a salir en ronda acompañado de una docena de guitarras, charangos y quenas, cantando el “paqchapunkuchapi paris qewllanitay”, “bandera peruana” o “Qarwarasullay yanaylla puyu”, hacer vibrar las calles, bailar con todos mis compoblanos y zapatear en cada esquina, en los charcos y en la plaza.

 


[1]                     Quichua, David. Los cargadores del Inca: la macroetnia Lucanas. Tesis para optar el grado de Magister en Historia con Mención en Estudios Andinos. PUCP, 2015, p. 83.

[2]                     En un encuentro familiar, en junio del 2016 fue cantado por Fernando Quichua, bajo la compañía musical de Jimy Gómez y gravado por Axel Quichua. En la década de los 80s del siglo pasado Fernando Quichua escuchó por vez primera cantar a la señora Eustragilda Cauna. Nuestro reconocimiento.