Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Camus: Un militante del periodismo

Mi primer recuerdo de Camus es un libro de Emecé Editores, que descubrí revisando la biblioteca de mi casa siendo niño y que comenzaba con una frase que me pareció inaceptable: “Hoy ha muerto mi madre. O quizás ayer. No lo sé”. Opte por cerrarlo hasta que unos quince años después, me sumergí en las páginas de El extranjero. Al recordarlo me hace pensar que su lectura es cada día más actual ante el desarraigo generalizado en el que vivimos.

Pero no fueron sus novelas ni sus obras de teatro, las que convirtieron a Camus en uno de mis escritores de cabecera, sino más bien otro de los géneros que transitó este notable escritor el que me enlazó de una vez y para siempre con su pensamiento. Era el año 1984 y yo era un estudiante de Letras de la PUCP, cuando un día recorriendo y hurgando las estanterías de la librería El Virrey me encontré con El hombre rebelde en la edición de Alianza Editorial. Y mientras lo hojeaba se acercó mi padre y me dijo: “Es un libro que tienes que leer, así que te lo regalo”.

Y si menciono el libro es porque recordé que, en las discusiones sobre derechos humanos en la universidad, cuando algunos compañeros comenzaban a dar alambicadas explicaciones sobre las diferencias entre los dictadores de izquierda y los de derecha, yo siempre decía: “lean a Camus y a Orwell”. Y habiendo pasado 30 años no me arrepiento de haber sido un divulgador de estos dos notables escritores.

No soy periodista profesional, sino de oficio, producto de los azares de la vida que nos terminan llevando a campos para los que no nos preparamos. Y por ello, he preferido concentrarme en una etapa breve pero intensa de la vida de Camus que es el período 1944-1947, cuando éste dirige el periódico Combat, en el que había sido redactor durante los años de la Francia ocupada y la vergüenza del gobierno de la ‘Francia libre’ de Vichy.

Quiero comenzar a hablar del Camus periodista con un texto del 31 de agosto de 1944, cuando ni siquiera había pasado una semana de la liberación de Paris, y Camus ya anticipaba los riesgos de que la “nueva prensa” volviera a repetir los errores del pasado cuando “la prensa de la preguerra había perdido sus principios y su moral” y “el afán de dinero y la indiferencia  por las cosas nobles habían actuado al mismo tiempo para dar a Francia una prensa que…no tenía otro propósito que acrecentar el poder de algunos, ni otro efecto que envilecer la moral de todos”.

Podría no haber hecho mención a la autoría de Camus, y seguramente muchos de ustedes habrían pensado que me he equivocado y me he puesto a hablar de la prensa peruana, de la banalización del oficio periodístico iniciada en la década del fujimorismo, de los peligrosísimos efectos de la concentración de medios en manos de un grupo económico que cada día llega a nuestros hogares por diferentes vías.

Pero como todos los presentes están advertidos le devuelvo la palabra nuevamente al hombre de 30 años que dirigía Combat [1]: “Nuestro deseo…era liberar a los periódicos del poder del dinero, y darle un tono y una verdad que pusieran al público a la altura de sus más nobles sentimientos”. Y agrega: “Pensábamos entonces que un país vale por lo general lo que vale su prensa”. Y me detengo nuevamente para preguntarme qué es lo que hace que a casi 70 años de haber sido escritas estas palabras nos sigan sacudiendo o interpelando. Porque de alguna manera lo que vemos, oímos y leemos en los medios de comunicación nacional, o mejor dicho, aquello que nuestra prensa nos muestra no es ni siquiera el reflejo de la realidad, sino tan solo el espejo en que, quienes controlan los medios, quieren que nos miremos.

Obviamente, el reclamo de Camus a sus colegas, que venían de la resistencia y que como él mismo reconoce habían puesto en juego sus vidas y su libertad al ser parte de la prensa clandestina antinazi, y que trabajaban en las peores condiciones, no solo se planteaba como una demanda del momento, sino como una dura –pero sana- advertencia a quienes luego de la lucha corrían el riesgo de abandonar el estado de alerta que se da en contextos como los que Francia había vivido en esos años.

Camus reclamaba además poner por delante la energía antes que el odio, la objetividad antes que la retórica y la humanidad antes que la mediocridad, porque creo entender que veía en el odio, la retórica y la mediocridad aquello que había conducido a Francia a sus horas más duras. Por eso terminaba exigiendo para esa nueva prensa y para el diario que él dirigía “pensar bien que es lo que nos proponemos decir, moldear poco a poco el espíritu de nuestro periódico, escribir cuidadosamente y no perder jamás de vista esta inmensa necesidad que tenemos de volver a dar a un país su voz más íntima”.

Este párrafo me sirve para volver al presente y preguntarme ¿en cuántos de nuestros medios se práctica el periodismo de esta forma? ¿Cuántos columnistas, editores, directores y redactores piensan lo que se dice o escriben cuidadosamente? ¿Cuántos usan el periodismo –con y sin careta- como un medio para cualquier cosa, menos para informar o promover el debate público?  

Ustedes seguramente tienen sus propias respuestas, y no excluyo de la miseria en la que ha caído nuestro periodismo, ni siquiera a los nuevos medios digitales, y lo dice alguien que trabaja en dos. Y hay que agregar que en la sociedad de la información la velocidad con la que fluye y se genera la información hace muchas veces imposible que esta sea procesada adecuadamente. Pero justamente, en otro de sus textos de Combat del 8 de setiembre de 1944, que hoy pueden sonar proféticos, Camus afirmaba: “Se quiere informar rápido en lugar de informar bien”. Y agregaba: “La verdad no se beneficia con ello”.

Camus planteaba la necesidad de un periodismo que él llamaba “periodismo crítico”, que esperaba pudiera “ayudar a la comprensión de noticias mediante un conjunto exacto de observaciones que den su alcance exacto a informaciones cuya fuente e intención no siempre son evidentes”. De alguna manera Camus planteaba la necesidad de un periodismo que trascienda la sola información y que fuera capaz de poner en alerta al lector de los propios límites de la misma, y de los sesgos que pudiera tener. Y si bien esto plantea un tema que siempre es materia de debate en una sala de redacción o en un comité editorial, lo que vemos hoy en día por el contrario es un periodismo que tiende a editorializar la información, o a introducir en columnas de opinión supuestas verdades que en realidad no se sustentan en ninguna fuente y son solo una manifestación de los prejuicios de quienes escriben, generando en el lector el efecto contrario al buscado por Camus.

Hay un punto adicional que me parece fundamental en las exigencias que Camus plantea a este “periodismo crítico” que es el agotamiento de ciertas palabras o conceptos o el vaciamiento de los significados que debido a su manipulación –recordemos que el fascismo no solo fue una tragedia para Europa sino también una máquina de destrucción del lenguaje-, ante esto Camus reclama: “Para tiempos nuevos son necesarias, si no palabras nuevas, al menos un nuevo ordenamiento de palabras”, y aunque no tengo tiempo para profundizar en el tema, les recomiendo leer el ensayo El fascismo eterno de Umberto Eco en su libro Cinco escritos morales,  que nos recuerda que: “Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico”. O a George Steiner, en la sección El lenguaje de las tinieblas del libro Lenguaje y Silencio, donde nos plantea la complejidad de recuperar el idioma alemán pervertido y empobrecido por el nazismo.

Por ello, cuando uno lee las columnas, artículos y crónicas escritas por Camus, y esta exposición es una invitación a que los jóvenes las relean y los que las leyeron alguna vez las redescubran, lo que uno encuentra es el rigor y la precisión en el uso del lenguaje, así como la pasión y el compromiso de quien señalaba que “aunque la lucha es difícil, las razones para luchar al menos siguen siendo claras”.

Antes de terminar quiero recordar aquella columna de Camus que publicó el 8 de agosto de 1945,  dos días después de que Estados Unidos lanzó la Bomba Atómica contra Hiroshima y que comienza con la siguiente frase: “El mundo es lo que es, es decir, poca cosa. Todos lo sabemos desde ayer...en efecto, nos enteramos, en medios de una multitud de comentarios entusiastas, que cualquier ciudad del mundo puede ser totalmente arrasada por una bomba del tamaño de una pelota de fútbol…Lo resumiremos todo en una sola frase: la civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo”.  Y  es importante recordar que mientras Camus escribía este editorial y se preparaba el segundo lanzamiento para Nagasaki, L’ Humanite, el vocero oficial del Partido Comunista Francés, señalaba que la bomba era “el descubrimiento científico más sensacional del siglo”.

Si lo menciono es para mostrar como permanentemente Camus entendía el ejercicio de la opinión como una permanente confrontación de ideas y de debate. Debates que también tenía al mismo tiempo, no solo con los comunistas que habían sido sus compañeros en la Resistencia, sino con quienes como Francois Mauriac confrontó posiciones sobre la caridad y la justicia en relación a los colaboracionistas, lo cual nos hace recordar ciertos debates que se dan en nuestro país, en los que se confronta justicia con un falso sentido de la reconciliación (y como comprenderán, Camus estaba del lado de la justicia).

Para concluir quiero leer una última cita de Camus publicada en 1951 en la revista Caliban y que Jean Daniel recoge en el libro Camus. A contracorriente: “Si los escritores tuvieran el mínimo aprecio por su profesión se negarían a publicar en cualquier medio. Pero al parecer hay que agradar; y para agradar, hay que doblegarse. Hablemos con franqueza: por lo visto, es difícil lanzar un ataque frontal contra esas máquinas de fabricar o destruir famas. Cuando un periódico, por más innoble que sea, tira seiscientos mil ejemplares, lejos de herir a su director, se le invita a cenar. Sin embargo, nuestra tarea consiste en no caer en esa sucia complicidad. Nuestro honor depende de la energía con que nos neguemos a aceptar el compromiso”.

 

Versión editada de la ponencia Camus, un militante del periodismo presentada en el Coloquio “100 años. Albert Camus Reconsideraciones” organizado por la Asociación Cultural Peruano-Británico en el mes de octubre del 2013.

 

Nota:

1. Los textos de la revista Combat citados han sido extraídos del libro “Moral y Política (Alianza Editorial)