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Una publicación de la asociación SER

Borrón y cuenta nueva

La ensoñación en la que nos entretuvo el Mundial de Fútbol ha terminado abruptamente. La realidad es una pesadilla. La célebre invectiva de González Prada “en el Perú, donde se pone el dedo salta la pus”, ha vuelto a la mente de muchos a raíz de la publicación de conversaciones telefónicas de jueces y otros magistrados. Creíamos que con la revolución de Velasco, -que despidió a toda la cúpula del Poder Judicial oligárquico- los tiempos habían cambiado. Creíamos que la moderna meritocracia había llegado (tarde, pero ahí estaba) con la instalación del Consejo Nacional de la Magistratura, luego de la década fujimorista. Creíamos.

Las grabaciones ordenadas por un juez que investiga a una banda de “marcas” y narcotraficantes del Callao, han confirmado las peores sospechas y nos preguntamos cómo negar que ya somos un narco-Estado, un Estado-no-viable que necesite de una intervención internacional, antes de que la violencia vuelva a hundirnos, como lo está haciendo con algunos países en la región.

Una mirada del largo plazo nos hace ver que el fin de la guerra interna no trajo la estabilidad institucional, sino, más bien, que sufrió una metamorfosis, manifiesta en una delincuencia multiplicada, como lo ocurrido en Centroamérica. No sólo estamos en una profunda crisis política con partidos-cascarón que perdieron brújula, doctrina y programa, que venden candidaturas al mejor postor, sino que la pérdida de hegemonía de un par de ellos en el Poder Judicial, permite la emergencia de grupos mafiosos que pululan vendiendo resoluciones judiciales a empresas coimeras grandes y chicas, y, lo que es peor, hasta a violadores de niñas.

Los buenistas, si no se refugian en templos y rezos, repiten hasta el cansancio que “lo que falta es educación”, lo que es trasladar una hipotética solución de nuestros males hasta dentro de cincuenta años. Ellos y todos, debiéramos reconocer que los dichos privados de los jueces y otros revelan una verdad dura y universal: la gente prefiere mil veces favorecer al amigo que respetar la ley y que, al final, la única norma que funciona es la de “do ut des”, te doy para que me des.

Hoy no basta decir que cada uno debe cumplir con su deber y que si uno cambia, en algún momento la sociedad cambiará. No basta reclamar a los decentes y cultos (que en estos días nos repiten a Kafka de paporreta) que deben hacer algo más que criticar. No bastan las comisiones investigadoras, los “debido proceso”. Tampoco, aceptar a los que, hastiados de la mugre y el vómito, quieren embarcarse en proyectos “revolucionarios” que sólo terminen siendo emprendimientos de matarifes, con perdón del sarcasmo. Aunque hay que ponerse a pensar en cuántos padres o hermanos de niñas violadas que al enterarse del doble crimen de ese juez, no estén dispuestos a aplicar la ley del talión y ajusticiarlo.

Y debiéramos ser capaces de ver que, efectivamente, todas las pequeñas omisiones, todos esos diminutos remilgos, todas esas cobardías de borregos que no quieren levantar la voz para el reclamo; todas ellas sumadas, de un pasado cercano nos han traído a este terrible presente: los podridos, de los que nos alertó Basadre, están al mando, mientras los débiles y pusilánimes de los honrados, los apolíticos, los sufridos comodones nos seguimos resignando.

No hay que ser comunista para estar de acuerdo con el diagnóstico: la política, es decir, las relaciones de poder entre las personas, entre gobernados y gobernantes, está podrida y a punto de estallar en otra guerra intestina, a menos que pensemos en salidas eficaces, oportunas y rápidas. Antes del caos hay que hacer un borrón y cuenta nueva en la política y eso se llama Asamblea Constituyente y nueva Constitución, lo que se impone como una necesidad.