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Una publicación de la asociación SER

Big Fish:Las fantasías sobre nuestro Estado

En el 2003 Tim Burton dirigió la película Big Fish, que en nuestras tierras fue llamada El Gran Pez. Esta era la historia de un hijo, Will, que enfrentado a la inevitable y cercana muerte de su padre, Ben, debe hacer las paces con este. La relación entre ambos se había dañado en años recientes debido a lo que Will entendía como una tendencia a la mentira o mejor dicho a la exageración que su padre Ben tenía cada vez que contaba una historia. Las historia de Ben estaba atravesada por gigantes, brujas, hombres lobo, un par de hermanas siamesas y otros personajes más, cada uno más extraño que el anterior. En boca de Ben, cualquier historia cotidiana adquiría características fantásticas.

A la muerte de Ben, Will conocerá a aquellos personajes míticos que su padre relataba solo que esta vez como personas reales, como amigos que van a despedir al que se fue. En la escena final de la película Will nota que el gigante de las historias de su padre era en realidad solo un hombre alto, el hombre lobo no era más que un hombre bajito y muy peludo, las siamesas en realidad dos hermanas gemelas idénticas y así.

Traigo a colación esta historia porque cuando uno lee algunas columnas sobre el Estado peruano parece que se fuese un protagonista involuntario de Big Fish. Algunos columnistas hablan de la burocracia peruana como si se hablará de la “burocracia soviética”, capaz de imponer su voluntad a cualquier ciudadano que tiene la desventura de vivir en este totalitarismo andino que se mueve al son de la cumbia. Otros prefieren una imagen interplanetaria del Estado, como un extraterrestre voraz que llegado desde otro planeta, con mucha hambre, se dispone a devorar todo a su paso.

Ambas imágenes son como los relatos de Big Fish, imágenes fantásticas y exageradas respecto al Estado peruano construídas para impulsar una mayor agenda desregulatoria, un creciente debilitamiento del Estado y de manera más coyuntural apuntalar el paquetazo que viene promoviendo el gobierno. La imagen del extraterrestre es muy útil pues completa un escenario donde los humanos que disfrutaban de sus derechos naturales son de pronto perturbados por un agente externo, que llega para conculcarles los que ellos ya poseían.

Sin embargo, como en Big Fish, dejar de lado la fantasía implica reconocer que más que un Estado totalitario, el peruano es un Estado que no ha podido ni siquiera consolidar los atributos necesarios para poder ser llamado como tal.

Por un lado no ha sido capaz de institucionalizar su autoridad de cara a otros poderes locales. Es decir, construir una estructura de poder capaz de ejercer el monopolio de la violencia, lo que significa retirar a otros actores privados que le disputan dicho monopolio en el territorio nacional. El Estado peruano pudo consolidar recién a inicios del siglo XX algo parecido a un ejército como un organismo perteneciente al propio Estado y no a determinados caudillos. No hay que olvidar que hasta mediados del siglo anterior la débil conexión territorial del país permitía la existencia de poderes locales y regionales que controlaban el territorio al margen de la autoridad estatal.

Por otro lado, el Estado no logra diferenciar plenamente su control. Es decir, no logra constituir un conjunto de instituciones públicas diferenciadas y relativamente autónomas de la sociedad civil, que, además posean la capacidad de extraer recursos de esta, así como del mercado para garantizar su funcionamiento.

A modo de ejemplo se puede mencionar como recién a fines del siglo XIX y principios del XX el Estado pudo imponerse frente a la Iglesia católica -otro actor clave- en terrenos como el registro civil y la educación pública respectivamente, que hasta esa fecha eran compartidas por ambas.

En el terreno de la economía es ilustrativo citar los casos del Banco Central y el de la Caja de Depósitos y Consignaciones (la antigua oficina encargada de la recaudación tributaria), el primero con un directorio compuesto mayoritariamente por representantes del sector privado y el segundo directamente en manos privadas hasta el primer belaundismo. Tanto la política monetaria como los ingresos fiscales del Estado estuvieron ya sea controlados o directamente operados por el sector privado durante buena parte del siglo XX.

En la actualidad son múltiples los ejemplos donde el Estado por distintas razones es incapaz de regular a un conjunto de actores privados en temas como minería (legal e ilegal), cuotas de pesca, transporte público, etc. Más que un Estado omnipotente estamos frente a uno imposibilitado de crear estructuras institucionales medianamente eficientes y sobre todo autónomas frente al mercado y la sociedad civil.

Creo que quienes describen al Estado peruano al borde del gulag, son quienes en la campaña del 2011 denunciaron que la victoria de Humala significaría la expropiación de casas, segundos hijos y otras tantas fantasías. Son quienes convierten como, Ben, el protagonista de Big Fish, a una persona alta en un gigante, a un estado minúsculo en una fantasía stalinista.