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Una publicación de la asociación SER

Bicentenario, racismo e identidad

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Alexander Antialón Conde

A raíz de las manifestaciones de racismo, es obvio que el Bicentenario del 2021 nos plantea los desafíos de integración e identidad como nación. Los comentarios racistas nos revela el sentir y el pensamiento de un sector de la sociedad hacia otra, y, desde luego, la falta de evolución como nación.

Esta falta de identidad fue manifiesta desde inicios de la República, cuando tuvimos oportunidades de unirnos, pero intereses personales o de clase no lo permitieron, o cuando perdimos la guerra con Chile, por estar divididos y luchar entre nosotros mismos. Esa situación no ha cambiado.

Desde el movimiento de Túpac Amaru de 1780 (algunos consideran que en esta fecha debió declararse oficialmente nuestra independencia y no con la proclamación de un extranjero, con el respeto que se merece), se manifestó esta división. Los criollos, que vieron con temor que la causa contaba en gran número con indígenas y mestizos y que la rebelión se iba transformando en una revuelta anticolonial y que por tanto peligraban sus intereses, terminaron por inclinarse a favor de España. Lo mismo sucedió con la rebelión de Cusco de 1814.

Los criollos incluso, contando con el apoyo del ejército del General San Martín, no se decidieron a vencer definitivamente a los españoles por esa indefinición y el temor de perder su status quo y que miraban con temor la gran convocatoria de la gran masa indígena. Como sabemos, esto finalmente se resolvió en Junín y Ayacucho, con la participación de Bolívar que se la tenía jurada a los españoles y pese a la oposición de un sector de criollos.

Julio Cotler nos dice en “Clases, Estado y Nación” que las oligarquías y caudillos del sur del Perú buscaron durante todo el siglo XIX organizar la república alrededor de sus intereses y perspectivas en contra de Lima y la región norteña. Con ese propósito se instituyó la Confederación Peruano-Boliviana que perseguía la integración de sus territorios. A ello se opuso naturalmente Chile que quería tener la supremacía en el Pacífico Sur y para ello contó con el apoyo de varios generales peruanos, lo que a su vez generó una suerte de victoria y mayor cohesión en las fuerzas políticas de la ex Capitanía General.

Durante la guerra con ese país, luego que el presidente Prado abandonara el Perú “para adquirir armamentos en el extranjero”, Piérola, al declararse protector de la raza indígena, originó el rechazo de un sector de los propietarios, que estaban dispuestos a apoyar a Chile antes que al Califa. En ese contexto también tenemos la resistencia en los andes de Cáceres contra el ejército chileno, pero también contra la clase propietaria peruana por la actitud asumida.

Esa falta de integración e identidad, sumadas a las desigualdades de las estructuras coloniales y la corrupción, siguieron presentes en el siglo XX y persisten en este siglo. Empero, estas actitudes racistas que citamos al inicio, también nos retan a forjar identidad y ella debe ser mirando al interior del país. Lima se convirtió en capital por su importancia logística para la exportación de minerales (principal fuente de ingresos como hasta ahora), pero quizá nos hubiese ido mejor -como nación- si la capital se hubiese quedado en Jauja. Sea como fuere, estimo que la ruta hacia la identidad, y por ende, hacia nuestro desarrollo, es hacia dentro.

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