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Una publicación de la asociación SER

Bendito Niño

Hace 5 años, viajando de Chiclayo a Jaén, nos sorprendió un huaico en el camino, pero no le di tanta importancia, sólo la demora de llegar a mi destino me molestó, y me decía a mí misma, con calma, “es sólo un huaico, siempre ocurren, no pada nada”.

Pero estos días han sido muy difíciles, incluso coordinar ideas, y calmar emociones han sido tareas titánicas, y sólo soy una simple espectadora que se quedó dos días sin agua. Tengo tantas imágenes dando vueltas en la cabeza que no puedo dormir; no puedo ni quiero imaginar qué es ser arrastrado por la naturaleza furiosa por tanto caos humano, no sé qué es perderlo todo, y despertar en la nada; no sé qué es estar cubierto hasta la cintura de agua turbia combinada con desagüe y cadáveres de animales. No sé, no puedo.

No sé cuántas personas vi siendo arrastradas en la costa peruana, mientras me quejaba por dos días sin agua. Una mujer saliendo de la muerte, animales luchando por vivir, niños cargando a sus hermanos menores o a un pequeño animal; pero los limeños nos peleábamos por botellas con agua en el centro comercial. No sé cuántas casas vi derrumbarse como castillos de naipes; y puentes que se desploman y rebelan la corrupción anunciada; pero los limeños nos quejábamos por pagar 25 soles por limones. Y no sé cuántos huaicos al día fueron en total, sólo sé que en sus aguas arrastraban toda nuestra basura arrojada sin reparo a las calles, a las pistas, a los ríos, lagos, y lagunas; pero aun así culpábamos a Sedapal por no darnos agua.

Son tantas imágenes, tantos capítulos vividos, tantos personajes al azar de una historia que me aterra, me aterra el saber que después de tantos años no estamos preparados; me da miedo no saber cómo reaccionaremos ante una situación mayor, si por unos días sin agua, nos quisimos sacar los ojos; y me molesta tanto que aún estos momentos sean utilizados por la cucufatería, el populismo y la mentira fujimorista.

Pero de estas imágenes que duelen y asustan, también guardo con admiración, gratitud, y los ojos que me llueven de rato en rato, por el trabajo interminable de la policía, del ejército peruano, de los bomberos voluntarios, de los héroes sin capa de los animales, de las tantas familias que se unieron sin hacer bulla ni aspavientos para dar de comer y compartir agua con sus vecinos. Me guardo con emoción la preocupación de mucha gente por la vida de los animales, y un gran respeto por Santiago Garay, quien nos enseñó que todos los seres vivos merecen ser salvados (y hago caso omiso a los burlones de siempre sobre este tema). Y pese a las quejas de muchas personas, reconozco con gusto el trabajo de nuestro Presidente, de todo el gabinete de Ministros, y aunque muchos tenemos cosas que reclamarles, han demostrado que pueden ser un gabinete de lujo antes los desastres naturales, y la corrupción que quiere aprovecharse de esta.

Tantas imágenes, y tantas emociones en tan pocos días (aunque ya lleva varias semanas). Y aunque esto es más un tema climático y de políticas públicas, siempre he creído que las cosas suceden por algo, que uno está en el lugar que debe estar por alguna razón; y hoy estamos en aquí porque nos falta muchísimo por aprender, y tantos malos hábitos contra la naturaleza que dejar. Necesitamos que ese lema del Estado, “una sola fuerza”, nos dure siempre; y que aprendamos de una vez por todas de este bendito niño.