Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Feliz, politólogo y máster en gestión de ciudades

Ayacucho: el compás de una rumba sin rumbo

A nueve meses de iniciada la gestión local y regional, nos encontramos frente a un escenario donde la falta de una brújula que oriente las acciones institucionales y territoriales, la ausencia de un liderazgo con capacidad de gestión y ejecución, los continuos discursos contradictorios de nuestras autoridades, las promesas electorales aplazadas (o desplazadas), las demandas no resueltas, la alta rotación de funcionarios y, los desencuentros entre el gobernador o alcalde y el consejo regional o municipal; caracterizan nuestra fauna política. De ahí que, el descontento ciudadano se manifiesta por diversos medios de comunicación y, en las calles. Es por ello que nos llevan a cuestionarnos sobre lo que sucede al interior del gobierno regional y municipal.

Tal parece que el gobernador regional y el alcalde provincial no cuentan con el equipo sólido que decían tener durante la campaña electoral; de lo contrario, no se observaría tanto cambio y renuncia del personal de confianza; cambios que perjudican el trabajo coordinado en el mediano y largo plazo; se trata pues de gestiones cortoplacistas, entregadas al vaivén de los impulsos y emociones de sus autoridades.

En el ámbito regional, basta observar la continuidad de funcionarios de confianza de una gestión cuestionada por los indicios de corrupción que llevó al ex gobernador regional, Wilfredo Oscorima, a pasar una temporada en prisión; o quizá advertir el desplazamiento del gerente de Desarrollo Social por una representante de la sociedad civil debido a la ausencia de resultados tangibles; e incluso, forzar a un funcionario a mantenerse en el cargo pese a que este ha renunciado en más de dos oportunidades y; en el extremo, esperar (y rogar) a que algún foráneo se anime a aceptar el cargo de Director de Salud.

En la municipalidad provincial la situación es más compleja. Cada cambio o renuncia responde a un contexto diferente. Desde gerentes municipales por sorpresa, por encargo o por amistad; la presión de los autodenominados “espartanos” (herederos de la gestión anterior y defensores temporales de Wilfredo Oscorima) que buscan mantener privilegios; funcionarios que no reúnen los requisitos necesarios para asumir un cargo de confianza; reacomodos forzados; enfrentamientos abiertos o solapados entre gerentes; cargos y sueldos inventados; renuncias intempestivas, denuncias por comportamientos indebidos y un largo etcétera, forman parte del rosario de estos nueve meses.

Esta ausencia de un equipo de gobierno -al igual que en el plano regional- ha decantado en dos hechos concretos. Primero, quienes tienen experiencia en el sector público y viven en la ciudad, tienen serias dudas para asumir cargos de confianza, pues, al no entender qué quiere la autoridad de turno, temen verse expuestos al ojo público. En segundo lugar -y como consecuencia de lo anterior-, este hecho obliga al gobernador o alcalde a importar profesionales y arrastrarnos una vez más al reino de la incertidumbre. Esas idas y vueltas son las que contribuyen a deteriorar la imagen de ambos gobernantes, pero, sobre todo, de las instituciones.

Dicho esto, si bien cuestionamos a los funcionarios de confianza o de planta; (quienes, ante la ausencia de resultados o el surgimiento de algún problema, son los primeros en ser sacrificados); a la luz de los resultados, cabe preguntarse si acaso el problema no está “más arriba”, en quienes dirigen la institución.

Un gobernador y un alcalde de la misma agrupación política que hasta ahora no cuentan con un plan de gobierno, políticas públicas o lineamientos claros, tendrán dificultades para concebir y transmitir una idea de región o ciudad a sus funcionarios, y que esta sea interiorizada e implementada. Se trata de autoridades que carecen de liderazgo y tienen conductas caudillistas en una sociedad cada vez más activa y que demanda gobernanza. Así, solo se rodean de funcionarios cortoplacistas, sin visión, preocupados por cumplir metas, o complacer los vaivenes de la autoridad sin advertir los objetivos o resultados que deben procurar.

Estas acciones y otras evidencias nos llevan a pensar que se gobierna al compás de los intereses privados o foráneos, desplazando las demandas de quienes viven el día a día en esta ciudad y en esta región. Se sueña en una ciudad turística, moderna, se habla de un smart city o ciudad digital, se anuncia una ciudad para el Bicentenario; sin embargo, pareciera que en esa fiebre, el ciudadano está ausente; pues no se atienden sus problemas tangibles, críticos, urgentes, cotidianos, como la inseguridad, el transporte, la salubridad o la limpieza pública; problemas postergados una vez más al no ser priorizados, planificados ni presupuestados.

Tenemos autoridades que viajan continuamente, más cerca o más lejos; que demandan mayor presupuesto; sin embargo, al no reconocer los problemas, aspiraciones y lógicas territoriales de la ciudad o la región, no logran ejecutar siquiera el 50% de lo que tienen (21% en la sede central del gobierno regional y, 50% en el gobierno municipal). En este escenario, nuestras autoridades desperdician -a sabiendas- una oportunidad de cambio, cuyas consecuencias heredaremos más allá de sus efímeras gestiones.