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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

¿Ángel o demonio?

Bruce Jenner ha vuelto a ser noticia mundial. Lo fue por primera vez, en 1976, cuando fue campeón olímpico de decatlón; es decir, apareció como un atleta completo, un hombre fuera de serie, que llevó al extremo el rendimiento del cuerpo humano. Ahora, a los 65 años,  luego de tres matrimonios y de haber procreados a seis hijos, ha dado a conocer su transformación en mujer y su nuevo nombre, Caitlyn. En el intermedio, se dedicó a hacer cine y televisión, y a gozar de una vida muelle. Al parecer, decidió hacer su metamorfosis –que debe haberle costado un dineral en cirugías- calladamente, no por enfermedad mental, arranque juvenil, posesión demoníaca, por afán de figuración  o porque ande necesitado de dinero.         

El asunto es serio, más allá de lo que opine la prensa amarilla. Al margen de la discusión técnica o médica de si es un transgénero, un transexual o un intersexual, aunque la noticia ya no traiga novedad alguna, me hubiera gustado leer la reflexión de algún líder religioso o educador que no estuviera “directamente involucrado” en un asunto que me llama la atención.

Como se sabe, el homosexualismo y el bisexualismo existen desde que el mundo es mundo, incluidos como prácticas en las sociedades andinas prehispánicas. Hasta la época del imperio romano, era una realidad socialmente aceptada, y el bisexualismo del emperador Adriano, por ejemplo, no parece haber impedido el desarrollo de sus talentos de poeta, de filósofo y de político. Como civilización global, ¿estamos volviendo a los tiempos de Roma en lo que a costumbres sexuales se refiere?

El cristianismo como nueva fe y nueva cultura irrumpe contra lo que se llamó y llama “la fornicación”, algo un poco difícil de definir, pero que tiene que ver con los excesos de la sensualidad, del desenfreno de las pulsiones del Ello, como dirían los psicoanalistas. De manera que desde el siglo V hasta el XIX, en el mundo occidental y cristiano, la represión sexual se enseñoreó y las prácticas homosexuales fueron condenadas y perseguidas, y pasaron a ser clandestinas. Tal fue el nivel de represión que en el Medioevo, después de muy sesudos estudios, los teólogos llegaron a la conclusión que los ángeles, seres superiores a los humanos, no eran ni machos ni hembras, sino que estaban por encima de la suciedad del sexo y de los géneros. Queda pendiente saber por qué la condena del cristianismo al esclavismo no obró con la misma fuerza que su condena al homosexualismo y a las prácticas sexuales en general.

Como sabemos, el ateo Freud observó que, no obstante, la represión sexual era la llave de sucesivas revoluciones culturales y el avance de la civilización.

Desde la invención de la píldora anticonceptiva y la revolución de las costumbres sexuales que generó  y que han terminado por extenderse globalmente, la información y la sensibilidad sobre el drama de los homosexuales ha ido generando también un gran reconocimiento de los derechos de las personas que tienen identidades sexuales y de género distintas de aquellas con las que nacieron. Hay que recordar que recién en los años 70, la Asociación Americana de Psicología dejó de considerar al homosexualismo como una perversión de la personalidad.

Después de esa revolución, una nueva sensibilidad se ha instalado entre la clase media occidental y ahora valoramos a artistas de la estatura de Wilde, Jacinto Benavente, García Lorca, Pasolini, o Margerite Yourcenar, y a Abraham Valdelomar, Martín Adán, Juan Gonzalo Rose o Jorge Eduardo Eielson entre los nuestros, no sólo por la dimensión de sus obras, sino también porque las duras batallas que libraron contra sociedades cerradas y destructoras nos resultan admirables.

Noticias como estas, si no son procesadas con calma, pueden generar angustia no sólo en ancianos que pueden ver que el fin del mundo conocido está cerca, sino también en gentes jóvenes, educadas rígidamente bajo la sombra que planea sobre padres y padrastros formados bajo la tutela de un clero conservador o de unas fuerzas armadas autoritarias. Estamos entrando en una nueva era y el fin del mundo anterior trae verdaderos cataclismos mentales en muchos, que buscan detener su supuesta caída con la violencia más extrema.

Salvador Del Solar ha escrito recientemente, a propósito de estos hechos, que nuestra identidad “es algo bastante más complejo que un inaceptable veredicto de la naturaleza… porque, a diferencia de los animales, lo particularmente natural en los humanos es que somos, también, a fin de cuentas, nuestras propias creaciones… No nos hagamos seres hostiles y cerrados, entonces. Hagámonos mejores”.

Claro, y aunque no acepto aquello de que “aprender otra sexualidad es como aprender otra lengua”, como propone la filósofa queer Paul (ex Beatriz) Preciado, me pregunto si dentro de 200 años Caitlyn Jenner no será vista como la precursora del ser humano hiperdesarrollado, después de haber migrado por las (im)perfecciones de su cuerpo.