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Una publicación de la asociación SER

Alan García: El “mártir” que busca tapar el sol (de la corrupción) con un dedo

El suicidio de Alan García ejemplifica cómo el discurso del mártir aprista no ha pasado de moda.  A lo largo de su carrera política Haya de la Torre utilizó la figura del mártir para legitimar su posición de jefe supremo. En carta del 4 de febrero de 1955, escribe a Luis Alberto Sánchez sobre los rumores de que podría quedarse en Europa: “Sí, es posible que esto acontezca […] Me quedo porque me cercaron el hambre y la indiferencia, la persecución y la insensibilidad”. En la misma carta, sobre la idea de volver a ser candidato, confiesa que puede hacerlo: “Pero, ¡con cuántas cicatrices! Tantas que ya no hay lugar en la piel que no sea costra y callo”. Entre el hambre y la costra, débil y herido, los años en la clandestinidad,  la venganza de la oligarquía,  la persecución,  la animadversión de la prensa, los destierros, irían cimentando la autoridad de este líder político durante décadas.  Ciertamente,  es importante aclarar que no se trató, en muchos casos,  de  una victimización en vano.  Por ejemplo, luego de su retorno a Perú en 1931 hasta 1945,  Haya de la Torre  tuvo que confrontar  en carne propia la represión política ante sus ideas.  Sin embargo, a partir de fines de 1950, su pacto con Prado primero y con Odría después,  y su alianza con la oligarquía  nos ofrecen otro de sus perfiles.  En adelante, el otrora heroísmo servirá solo para justificar errores, conveniencias y, por supuesto, para alimentar su embriaguez de poder, forjando esa imagen del caudillo con sabor a “derecha” que tempranamente advirtieran José Carlos Mariátegui y Magda Portal.

¿Pero la ambición de Alan García era el poder o el dinero? Sobre Haya, Nelson Manrique señala: “Su pasión era el poder pero no lo seducía la riqueza ni las comodidades. Por otra parte, era muy orgulloso como para reclamar dinero para cubrir sus necesidades”. Quizá en Haya ese deseo por algo nunca obtenido nos lo presente como un personaje  a la zaga, quizá resentido de tanto orgullo, que ante cada candidatura diría “en la puerta del horno se quema el pan”. En otras palabras, un desafortunado. No obstante, esta imagen no debe borrar todo aquello de lo que fue capaz para obtener el ansiado poder. En el caso de Alan García el martirologio cobra otro sentido: vuelve al heroísmo un espectáculo, hace de la muerte y el dolor pura performance. Como presidente siempre fue un actor: baile, canturreo, oratoria, valsecitos en piano. Lo que podría leerse como estrategia política en Haya, se convierte en Alan García en una acción cínica y circense. En ambos casos, con actuar como mártir siempre intentó tapar el sol (de la corrupción en este caso) con un dedo.

El APRA siembra la incoherencia nuevamente. No es de extrañar considerando las contradicciones del propio Haya. Exigía disciplina, compromiso, colectividad, pero en más de una ocasión fue el primero en pensar en sí mismo y rehuir sus responsabilidades con el partido. Ahora mismo las autoridades apristas hacen del suicidio una acción heroica. Alan García muere en nombre de la patria. El corrupto se torna mártir. Los periodistas cubren el evento como si se tratara de un duelo nacional, se habla de una “terrible pérdida”, el congresista Becerril dice que hoy “se marca un punto de quiebre en el país”. Y el APRA aprovecha la oportunidad, además, para que la imagen de su líder quede libre de polvo y paja, santificada. Alguna vez La Tribuna dijo sobre Haya: “la tarea gigantesca de ese gran hombre, orgullo del Perú y paladín de Indoamérica”. ¿No es este el mismo tono que usa Mauricio Mulder cuando proclama que Alan García “ha dado su contribución de sangre” al país? Con la ayuda de casi toda la prensa peruana, buscan crear un héroe y decir que su muerte se debió a las persecuciones del actual gobierno, con la finalidad de deslegitimar las investigaciones anti-corrupción. Y fingiendo querer el bienestar de la nación, una vez más, solo buscarán protegerse, cubrirse las espaldas, seguir beneficiándose con su discurso de “pan con libertad” y “partido del pueblo”.

El suicidio de Alan García nos ofrece una perspectiva para entender las dicotomías del país. Por un lado, un sector de la población celebrando su captura, llamándolo cobarde, lamentando que se haya evadido de la justicia con la muerte. Por otro lado, quienes creen fervorosamente en su heroicidad, quienes satanizan ahora al gobierno, acusando a Vizcarra de asesino, y parecen hacer renacer esa aura religiosa del aprismo. Entre una y otra posición, mal haríamos en reiterar jerarquías intelectuales, y decir que aquellos que lamentan la muerte de García están equivocados. Una pregunta más productiva es sopesar por qué está muerte ha generado tanta repercusión, teniendo en cuenta que la cobertura de los canales de televisión fue el día entero, considerando que otras caídas como las del mismo Fujimori y Abimael Gúzman no generaron ese choque en la población. No solo se trata de cómo los medios de comunicación producen y controlan un discurso, sino también de lo que Alan García, y el APRA, han representado. No solo se trata de un expresidente más, sino de un símbolo del país o, mejor dicho, representa aquello que no queremos como país. El caudillo elegante del 85, el político astuto que sabe hacerla, el pícaro que se burló de la justicia cuantas veces quiso, la víctima, el megalómano, un símbolo del poder en sus aspectos más nocivos y autoritarios en su alarde democrático. No es de extrañar que en Socialismo y Participación N° 32 (Dic. 1985), Francisco Guerra García escribiera: “el peligro que empieza a vislumbrarse es el de un excesivo centralismo presidencialista. García ofrece intencionalmente la imagen de un caudillo que monopoliza la iniciativa y la decisión de las medidas más importantes”. Se vislumbraba ya entonces el ideal del jefe supremo.

En “El poder: un viejo debate”, Alberto Flores Galindo hizo una observación sobre cómo Haya y el APRA reflejaban un modo de ser y hacer política en Perú: “las ideas de Haya no obedecen exclusivamente a motivaciones personales. Si nos hubiéramos limitado a reflexionar sobre la megalomanía, la ambición, el orgullo que destilan sus cartas, no hubiéramos ido más allá. Pero ocurre que, en esas páginas, Haya incorporaba a su discurso ciertos elementos vertebrales del país”. Y del mismo modo Alan García durante sus dos gobiernos siguió reflejando esos “elementos vertebrales del país”, con los que muchos peruanos se sentían identificados. Quisiera destacar un aspecto entre su larga lista. En su gesto de llamar “ciudadanos de segunda clase” a las comunidades indígenas de Bagua, al burlarse de prácticas políticas y religiosas andinas, caricaturizando a los Apus, teorizando sobre el “perro del hortelano”, Alan García no hizo sino expresar la lógica de una nación colonizada que sigue subalternizando a sus poblaciones indígenas en nombre del progreso extractivista. Para este expresidente, como para muchos peruanos, la piel de un indio no cuesta caro. Un último ejemplo. Uno de los puntos nodales en la polémica entre José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre fue el tema de las clases medias. Como puede verse en muchos textos de Ideología y política y en su carta a Eudocio Ravines el 31 de diciembre de 1928, Mariátegui estaba completamente convencido que las clases medias no podrían configurar un frente revolucionario capaz de cambiar no solo un régimen político sino un modo de ser en el país. Por el contrario, Haya defendió el valor de las clases medias y posteriormente de la oligarquía. Ambos sectores han estado aliados al APRA. A pesar de sus discursos anti-feudales, de su inicial confrontación anti-imperialista, de su aparente interés por una reforma agraria, el APRA representó los intereses de la clase media peruana, siendo el resto temas residuales. Y he ahí para quienes hablaba Alan García, un público específico, a quienes consideraba masas, números, votos. Más allá de la relación clase media-APRA, afuera de ese círculo, estaban los ciudadanos de segunda clase. Por esto mismo aunque pueda resultar risible escuchar que un aprista diga “el APRA nunca muere”, a la vez no hay frase que pueda tener mayor razón. Lo que nunca muere es ese modo de hacer política que desde 1924 hasta la fecha se ha caracterizado por su autoritarismo, sus traiciones, sus tácticas arribistas, su colonialismo y corrupción. Alan García heredó y supo enfatizar esa tradición. Por esto mismo, mal haríamos en verlo como un individuo, pues él encarnaba un modo de ser y pensar en el Perú. Por ejemplo, solo centrándonos en su primer gobierno, tenemos el triunfo de una lógica genocida durante los años de violencia política. La matanza de los penales, las muertes de las poblaciones indígenas, no pueden leerse como locura colectiva sino como actos legitimados por el gobierno de García. Igualmente, cabría analizar en qué medida su caudillismo reflejó la incapacidad de la izquierda para convertirse en una opción política en la década del 80, como bien anotó Carlos Franco en “La impotencia de la sombra” (Quehacer N° 42, 1986).

Me preocupa que Alan García siga siendo loado, que su suicidio sea usado como un pretexto para acallar críticas, pues “qué falta de comprensión”, “más respeto, por favor”. Es cierto que muchos no creerán en estos argumentos y seguirán atacándolo. Esta es una campaña que no puede abandonarse. Pero tenemos que pensar también en por qué otros, una amplia mayoría, contribuyen y contribuirán a construir su imagen de mártir, de héroe. No basta aquí con un juicio moral y dividir entre quienes saben que es lo correcto y quienes, creen en las mentiras. Se hace necesario explicar cómo este suicidio da cuenta de las formaciones históricas de la política peruana. En el contexto actual, en medio de las investigaciones legales sobre el caso Odebrecht, el suicidio no acaba en la tumba sino que hay que entenderlo como un proyecto que busca socavar lo hasta ahora logrado, defenestrar los trabajos de la justicia, corriendo el riesgo de retroceder en los avances. ¿A quiénes beneficia Alan García con su suicidio? En la opinión pública esto marca pautas y ya se comienza a hablar de un “gobierno asesino”. Y es ahí nuevamente donde la imagen del mártir es eficaz para tapar el sol con un dedo, para ocultar, desvirtuar, silenciar futuras investigaciones. Este suicidio no ha sido una decisión personal sino una apuesta política que busca derrotar la lucha anti-corrupción en el país. Actuar como mártir es pues un engaño. Cuando comiencen las alabanzas, cuando veamos todas esas portadas aduladoras en los periódicos, cuando se diga que esta muerte es un duelo nacional, vale la pena recordar esta frase de José Carlos Mariátegui, quien de modo profético supo intuir los destinos del partido aprista: “acusa la tendencia a cimentar un movimiento (...) en el bluff y la mentira”.