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Una publicación de la asociación SER

100 días de pandemia, miedo y desconcierto

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Javier Torres Seoane

A lo largo de estos meses de pandemia, y en especial desde que se declaró la emergencia nacional hace 100 días, he leído toda clase de explicaciones sobre el covid-19, las razones de su existencia, la forma en que se expande, el daño que provoca, las distintas respuestas que gobiernos y sociedades han dado a este acontecimiento global del que nadie está exento, los éxitos y fracasos de dichas respuestas, y otras mil y una interpretaciones de lo que es, sin lugar a dudas, un auténtico parte aguas que aún no tiene fecha de término. A pesar de ello y que nunca antes se había producido tanta información –accesible en tiempo real- sobre algo, no logramos entender que está ocurriendo, y hasta pareciera que la sobresaturación de informaciones e interpretaciones nos impiden alcanzar dicho entendimiento, dando como resultado individuos y sociedades desconcertadas tanteando en las sombras.

Pero ¿qué es lo que en realidad nos tiene tan desconcertados? Pandemias han existido a lo largo de la historia y todas han tenido principio y fin. Es cierto que estas no se produjeron en un mundo globalizado como el actual, pero no se trata de un hecho nuevo ni mucho menos único en la historia. De otro lado, la ausencia de una vacuna o de un tratamiento que neutralice al virus, es exactamente lo que ocurre en estos casos, por lo que su consiguiente búsqueda y descubrimiento –con su dosis de ensayo/error que contemplamos a diario- será parte de la narración que la historia hará del covid-19. Y si pasamos del campo de la salud al de la política, no creo que sorprenda que haya gobernantes como Trump, Bolsonaro o Boris Johnson, ya que estos sobran a lo largo de la historia.

Tengo la impresión, posiblemente equivocada como tantas cosas que leo a diario, que nuestro desconcierto tiene directa relación con cierto sentido de omnipotencia –cuasi divina- del ser humano del siglo XXI: una suerte de “superhombre” nietzscheano, cuya vocación de dominio y poder se creía capaz, no solo de dominar, sino de someter a una naturaleza de la que no se siente parte, y de transformarla a su medida sin límite alguno, llegando inclusive a creerse capaz de administrar la vida y la muerte a su antojo. El largo camino de ruptura del hombre con su entorno, acaba con la construcción de ciudades desbordadas e invivibles, en las que cada vez se respira menos aire, se recibe menos luz, donde el artificio se convierte en la realidad y en las que millones de seres empobrecidos viven en sus diversas y precarias periferias.

Lo curioso es que existía una larga lista de advertencias de la respuesta de la naturaleza a las brutales transformaciones producidas por el mundo globalizado, siendo el calentamiento global, la más evidente, aunque no la única. Pero incluso frente a las verdades que la ciencia nos ofrecía, simplemente optamos –todos y todas- por no prestarle la suficiente atención, dejarlas para que la siguiente o subsiguiente generación las constatará, o simplemente negarlas de plano como han hecho tantos gobiernos, corporaciones o ideólogos del crecimiento económico.

El covid-19 no ha hecho nada más que recordarnos durante los últimos meses que somos parte de la naturaleza y que nuestro supuesto dominio sobre esta no es más que un pobre y limitado artificio y que nuestras vidas –¡Oh descubrimiento!- tienen principio y fin. Y  queda claro que más allá de los avances de la medicina para que nuestro organismo se deteriore más lentamente y que por tanto la vida se prolongue, impedir nuestra muerte  no está bajo nuestro control.

Por ello, es que antes de seguir ahogándonos en el turbulento océano de la pandemia, lo importante es pensar en cómo volver a pisar tierra, cómo encontrar no “una nueva normalidad” sino un equilibrio entre la vida de la sociedad global y la naturaleza, lo que implica re-pensar nuestra forma de vivir, nuestro manejo del tiempo, nuestro consumo de la energía, nuestro uso del espacio –público y privado, nuestras formas de trabajo, nuestros modos de comportamiento y nuestras formas de comunicarnos. No se trata de cambiarlo todo, pero sí de aprovechar esta oportunidad para desechar aquello que impide la construcción de un mundo en el que encontremos nuestro lugar.  De no hacerlo seguiremos avanzando a velocidad de crucero rumbo a nuestra propia destrucción –no individual, porque esa ocurre tarde o temprano y no hay que temer su llegada- sino como especie.

Seguir este rumbo exige superar el desconcierto y enterrar al superhombre que no somos ni seremos y volver a ser Homo Sapiens.  Para decirlo en sencillo...volver a ser.