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Una publicación de la asociación SER

Violación

 

Me empujaste contra el suelo de un basural, me arrancaste la ropa y apuñalaste mi dignidad.

No escuchaste mis ruegos, no escuchaste mi llanto. ¡Tómala! ¡Golpéala!, tu mente coreaba; y yo siempre dije ¡no!

Tus manos recorrían, invadiéndolo, todo mi cuerpo, y tus uñas arañaban mi libertad.

Vomitaste tu hedor sobre mi piel, penetraste mi vientre y quebraste mi alma. ¡Tómala! ¡Penétrala! ¡Ella quiere!, tu mente coreaba; y yo siempre dije ¡no!

Mis ojos se nublaron de dolor, mi voz se ahogaba por tu repulsivo aliento, mis entrañas sangraban de vergüenza, y mi cuerpo temblaba rogando morir. ¡Tómala! ¡Domínala! ¡Préñala!, tu mente coreaba; y yo siempre dije ¡no!

Todo se oscureció de repente; tirada entre basura, desnuda y humillada, sangrando vergüenza interminable, sudando una culpa que me persigue hasta hoy; y ya no pude decir que no.

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Cada año, en el Perú, se registran aproximadamente siete mil denuncias por violación y 90% de los casos quedan impunes. En estas denuncias, 78% de las víctimas son menores de edad y 10% de ellas quedan embarazadas. Seis de cada diez embarazos llevados por niñas y adolescentes de entre los 11 y 14 años de edad son producto de incesto. Y a estas estadísticas debemos sumarles todos los casos de violación que, por vergüenza y miedo, no son denunciados.

Ser víctima de violación y abuso sexual es una experiencia traumática, y en muchas ocasiones, insuperable. Los daños psicológicos causados a las víctimas pueden durar años: Temor, culpa,  baja autoestima, odio, vergüenza, depresión, intentos de suicidio y serios conflictos en las relaciones sociales y sexuales futuras son sentimientos que acompañan por el resto de la vida.

La violación altera toda la existencia y el mundo de una mujer. Su integridad, tanto personal, social, sexual como existencial, es destruida por completo. Además, la confirmación de un embarazo producto de este repudiable acto se convierte en una explosión emocional y crisis personal difícil de soslayar. El embarazo por violación constituye una agresión a la esencia misma de cada mujer, una herida a su existencia, un recordatorio viviente de aquel repugnante día que pareciera jamás terminar (Raphael Leff señala, sobre la maternidad por violación, que se dan reacciones ambivalentes al movimiento del feto. Aparecen depresión, inestabilidad y una tendencia autodestructiva como complicaciones duraderas).

El problema principal en la violación radica en el machismo y en el fanatismo religioso de nuestra sociedad e instituciones públicas, que obligan a la mujer violada a creerse culpable de lo que le pasó, y la castigan si interrumpe su embarazo producto de ese acto, mientras festeja la impunidad del violador.

Es una vergüenza que el Estado, cuya finalidad es proteger y garantizar los derechos fundamentales de sus ciudadanas, viole el derecho a la dignidad y salud de todas las mujeres, de todas las víctimas de violación, de todas las niñas que son obligadas a llevar la humillación en sus vientres, y de los derechos futuros de los niños y niñas que nacerán como fruto de una agresión (¿En serio creen que esa relación madre-hijo será satisfactoria para ambos? ¿De verdad creen que alguien puede adoptar a ese niño o niña, cuando en el Perú se abandonan niños todos los días?).  Cada vez que el Estado permite la impunidad de un violador, nos viola también; cada vez que el Estado laico se persigna para decidir sobre nuestro cuerpo, nos humilla y penetra hasta rompernos el alma; cada vez que el Estado es indiferente ante una niña embarazada por violación, nos deflora la libertad, nos viola otra vez, y otra vez.

Todas las mujeres somos ciudadanas peruanas con los mismos derechos. Todas, sin excepción, merecemos respeto, una vida digna; y merecemos ser libres y tomar decisiones sobre nuestra vida, nuestra salud y nuestro cuerpo.

 

¡Tómala! ¡Penétrala!, tu mente coreaba; y yo siempre dije ¡no!

Respeten nuestro “no”, déjennos decidir.