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Una publicación de la asociación SER
Antropóloga. Doctora en Estudios de Paz, Conflictos y Desarrollo.

Vestidas de miedo

Imagen de la obra teatral "El tiempo de las mandarinas". ENSAD, abril 2018. Fotografía: Ingrid Sanca Vega

Era un domingo por la mañana, estaba de tránsito en Jaén (Cajamarca, Perú), me preparaba para continuar mi viaje hacia las comunidades awajún de San Ignacio. Me esperaban seis horas de viaje en camioneta, brincando por una vía de trocha y en temporada de lluvia, así que me dispuse a desayunar "bien" antes de dirigirme al terminal.

En el restaurante de la plaza siempre tienen los televisores encendidos. Ese día pasaban un programa que repasaba las principales noticias o, mejor dicho, tragedias de la semana; y como suele ser en la mayoría de los medios de comunicación regionales, eran noticias de Lima.

Esa semana, un hombre había prendido fuego a una mujer dentro de un bus de transporte público. El antecedente inmediato, ella no quería estar con él. Ella se llama Eivy y tiene 22 años, vive en Lima y es original de Jaén, justo donde yo me encontraba. Actualmente, sigue hospitalizada por las quemaduras sufridas en el 60% de su cuerpo.

Lo de desayunar bien quedó en deseo, mi estómago empezó a rugir al oír las barbaridades con que el agresor justificaba su ataque. En resumen, la culpable era ella por haberlo rechazado. Sobre el reportaje no voy ahondar, lo pueden ver en internet.

Decidir observar a mi alrededor, habían miradas concentradas en la tele y otras en la comida, aparentemente. La narración y las imágenes de esta tragedia se repetían una y otra vez. Había gente que como yo estaba de paso, pero la mayoría era de Jaén, como el personal del restaurante, la mayoría mujeres. La cajera, las camareras de esa planta y los cocineros al fondo, todas de pie y mirando la tele desde sus posiciones de trabajo, casi estáticas, como en una escena en pausa.

Me dirigía a pagar y tenía ganas de preguntar si conocían a Eivy o cómo se sentían de ver a una mujer de Jaén, como ellas, en esta situación. Pero me contuve. Y me reafirmé en ello cuando un cliente que se adelantó a pagar intentó comentar algo con la cajera, pero esta solo se limitó a agradecer su consumo.

Estaba a punto de continuar mi viaje, sola, con el objetivo de intervenir en un conflicto al interior de una comunidad nativa. Además del viaje en si mismo, se daba un escenario de tensión ante el cual se advertiría precaución para cualquiera, pero tratándose de una mujer, era necesario activar alertas adicionales. Las mismas que se activan para mujeres indígenas, de Jaén, de Lima o de cualquier parte del mundo.

Las respuestas que quise obtener en aquel restaurante fluyeron solas durante mi viaje. No conozco a Eivy pero sí a muchas que, como ella, han sido y/o son víctimas de las peores formas de violencia machista. Conozco también a las que han sido y/o son violentadas de formas más “leves” y cotidianas. Lo insólito es que no son grupos distintos, por el contrario, gracias al machismo imperante, todas las mujeres llevamos encima el recuerdo o la amenaza (o ambas) de una espiral de violencia que se sostiene en la desigualdad social y de poder, sin distinción de nuestras procedencias, culturas, edades, confesiones religiosas o nivel de educación alcanzada.

Aun cuando muchas tenemos la "fortuna" de no estar en las carnes de una mujer violada, asesinada o desaparecida, la línea que nos libra de estar en ese lugar sigue siendo muy delgada. ¿Se extrañan y sospechan de tantos testimonios sobre violencia machista? Pues prepárense porque aún no lo hemos contado todo. Y aunque vamos aprendiendo a (auto) cuidarnos, a denunciar y a defendernos, falta mucho para despojarnos del único traje que todas llevamos en común en nuestras mochilas, el miedo.