Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Venezuela. Los problemas de Maduro

Ya había pasado poco más de la hora prevista y una decidida Tibisay Lucena (Presidenta del Consejo Nacional Electoral) anuncia por fin los resultados electorales al 99.12%, no sin antes resaltar enfáticamente que son absolutamente irreversibles (como para no dejar ninguna duda suelta). El retraso en el anuncio ya nos hacía pensar que los resultados iban a estar bastante cercanos. Así, el mundo entero se percata que Maduro había ganado las elecciones presidenciales venezolanas con 50.66%, mientras que Capriles las había perdido con un nada desdeñable 49.07%.

Cualquiera que hubiera ganado las elecciones se enfrentaría a un panorama casi nada alentador. En este caso, asumiendo la completa legalidad y legitimidad de las últimas elecciones, Maduro retoma el mandato que dejó en stand by por mandato constitucional y tiene que solucionar (o al menos priorizar) diversos problemas que vienen aquejando a Venezuela desde hace algunos años. De por sí (objetivamente), este es el verdadero legado de Hugo Chávez: problemas económicos, políticos, sociales, de seguridad y hasta de política exterior. Veamos cada uno.

En el ámbito económico, Maduro (o “toripollo”, como lo llamó Capriles durante la campaña) tiene que lidiar con problemas específicos como el desabastecimiento de productos básicos, inconvenientes energéticos y falta de tecnología, entre otros. Esta difícil situación perjudica el desarrollo de las industrias nacionales (sobre todo la petrolera, de la que depende en exceso). Frente a esto, un temerario Maduro ha prometido (en campaña) eliminar la dependencia del dólar, atraer tecnología, revisar el sistema eléctrico nacional para prevenir el sabotaje y hasta incentivar la inversión extranjera directa en Venezuela. ¿Cambiando el discurso?

En los planos político y social, la situación no es más clara. El presidente electo tiene ahora la fuerte misión de continuar con los costosos programas sociales que le generaron un alto nivel de legitimidad al ex presidente Chávez. Sin embargo, aquel  está obligado a actuar de forma inteligente puesto que debe considerar que este tipo de políticas asistencialistas no suelen tener la sostenibilidad más óptima. En tal sentido, repartir bienes y abaratar servicios pueden ser parte de una estrategia que satisfaga a una gran parte de la población y los convenza de creer fervorosamente en el modelo chavista, pero si se tiene un Estado con instituciones débiles, alto centralismo, burocracia ineficiente, una economía dependiente de un producto limitado y frágil a las fluctuaciones internacionales, entonces la prosperidad y el bienestar de la población no serán más que efímeros, carentes de contenido, y dañinos para el desarrollo de Venezuela. Muchos analistas, y están en lo cierto, señalan que estos programas sociales son el gancho para atrapar a la gente dentro del discurso del “socialismo del siglo XXI”.

Por otro lado, el gobierno se enfrenta a una extrema polarización que ha dividido a los venezolanos en dos frentes a raíz de las suspicacias que surgieron por lo cerrado de los resultados electorales. Esta escisión ha surgido de los resultados electorales (aparentemente cuestionables) recientes y ya está empezando a cobrar sus primeras siete víctimas mortales. Frente a esta situación, no cabe duda que Maduro utilizará todo su arsenal policial/militar para frenar a los insurgentes y seguir convenciendo a casi la mitad de su población y al mundo entero que él es el legítimo ganador. Como primera acción, las fuerzas del orden ya están vigilantes en las calles y el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello (oficialista), anunció que solicitará el inicio de una averiguación penal en contra de Capriles por incitar a la violencia. Hoy por hoy, la oposición ya ha denunciado que existen órdenes de captura contra el gobernador de Miranda.

En el plano político, la situación ha cambiado drásticamente en los últimos años. Nadie se hubiera imaginado que, frente al omnipotente Chávez en el 2012, un joven y esbelto personaje de oposición pudiera lograr un extraordinario 44.31% (a pesar de haber perdido las elecciones). Es más, nadie se hubiera imaginado que en las elecciones presidenciales del 2013, este mismo personaje llegaría a estar más cerca que nunca de Palacio de Miraflores. Sin embargo, una de las principales críticas del oficialismo a la oposición (encarnada en Capriles) es que es una aglomeración de personas con alianzas burguesas, carentes de un sólido programa de gobierno y con una somera ideología que se torna, muchas veces, incongruente. Efectivamente, hay algo de cierto en todo esto. La oposición, aún con un fuerte apoyo popular, ha ido modificando su discurso a lo largo del tiempo (orientándose hacia ideales y figuras muy próximas al chavismo) y convirtiéndose, así, en un partido no del todo programático, per sé, pero sí más atrápalo-todo (catch-all).

El tema de negociación y búsqueda de consensos a este punto resulta aún más complicado. Tenemos, por un lado, un aparato estatal copado de individuos allegados al chavismo, pero, por otro, tenemos una oposición que, si bien no tiene presencia fuerte en instituciones gubernamentales claves, sigue consolidándose y ahora representa a casi la mitad de la población venezolana. Si las elecciones últimas son aceptadas a cabalidad, lo que tendremos en un futuro cercano será una convivencia para nada pacífica. Se calcula una fuerte fiscalización de las actividades de política interna y externa del oficialismo por parte de la oposición y que no se dude que a la mínima señal de algún movimiento turbio, el clima político se volverá bastante tenso. Nicolás Maduro, al menos en el discurso, ha cerrado toda posibilidad de negociar con intereses burgueses y clases capitalistas, dejando de lado así a un importante sector de la población. Mi reflexión con este punto es que, si buscamos gozar de una adecuada gobernabilidad, hay que saber negociar. Y negociar no solo con quienes más nos interesan, sino también con quienes menos nos agradan. Este es uno de los pilares de una democracia republicana: la búsqueda de consensos. A este nivel, debe quedar en claro que no abogo por la defensa de los intereses de las clases burguesas y capitalistas en Venezuela ni en ningún otro país; más solo considero necesaria la inclusión de todos y cada uno de los sectores sociales (como actores) que conforman una comunidad, con la simple y llana finalidad de evitar conflictos políticos y/o sociales que puedan poner en peligro la estabilidad democrática (si es que este fuera el régimen de gobierno).

Ahora, la negativa de ambos líderes (Capriles y Maduro) para buscar una solución concertada al problema electoral está llevando a Venezuela a un caos político y social que podría terminar en una guerra civil. El no reconocer los resultados e incitar a cacerolazos, por un lado, y la demora de la auditoría, el apresuramiento en el nombramiento de Maduro como presidente y el despliegue militar represivo, por otro, están causando una situación en la cual existe una potencial posibilidad de fuertes enfrentamientos sociales, derramamiento de sangre y crisis a nivel político. Para evitar este eventual suceso, considero pertinente que se agoten todos los recursos para establecer la legitimidad del proceso electoral del 14 de abril y del gobierno resultante. La paz y la seguridad del pueblo venezolano deben descansar en principios democráticos y transparentes establecidos por constitución y por normativa internacional.