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Una publicación de la asociación SER

Vencer el cerco desde la tierra

La violencia de Minera Yanacocha en contra de Máxima Acuña exige una respuesta de resistencia sin utopías ni conservadurismo. Aquí, ahora, ser utópico resulta un gesto conservador ya que esto implica ponernos a pensar en un “no-lugar” en vez de atender el evento del “hoy’. Y el hoy es un golpe. Claro, hay que cuidar que lo dicho no sea entendido como repetición de representaciones subalternas. No queremos representar a Máxima Acuña como víctima. Su resistencia desde el 2011, su valor simbólico al ganar el premio Goldman 2016, nos demuestran todo lo contrario.

Y sin embargo es innegable que se prolonga a todas anchas un cerco colonial, que se expresa en el despliegue de toda una maquinaria de legalidad y violencia (que no solo quiere oprimir sino devastar); y aún más precisamente que se materializa mediante procesos de invisibilización, esto es, ignorar lo que sucede, neutralizarlo (y uno mismo podría caer en esto si repite la retórica de la víctima). Por esto es mejor hablar sobre la responsabilidad que debiéramos asumir ante lo sucedido con Máxima Acuña.

Hacernos responsables es una forma de no volvernos cómplices de los mecanismos del cerco colonial. No hay que comprender esto a partir de una “mala conciencia” sino a partir de la necesaria construcción de encuentros y de alianzas que tienen como base “compartir un diálogo” que también haga nuestra la lucha política de Acuña. Esta responsabilidad nos integra e involucra, si consideramos que la violencia de Yanacocha (y sus ramificaciones ancladas en economías liberales, desde mineras o hidroeléctricas) demuestra que el modelo democrático que actualmente se aplica no basta para entender las políticas de la tierra, la defensa del lugar.

La falta de respuesta de las autoridades estatales demuestra lo poco que importa todo lo que involucra la lucha de Acuña.  Digo esto no porque necesariamente tengamos que volver a una validación del Estado para la resistencia sino porque en esa “no-atención” se evidencia un proceso que invisibiliza al otro, que no nos pone a otro, y por lo tanto anula cualquier diálogo (ese diálogo afectivo del que hablaba Carlos Iván Degregori).

Parafraseando a Vallejo podría decirse: una mujer campesina es golpeada, ¿voy a hablar luego de trabajo de campo? Nuevamente no se trata de caer en el victimismo, sino que ante la violencia ocurrida no basta hablar de “lo” indígena a nivel discursivo, sino que los actos se hacen necesarios. Y poco o nada se ha hecho hasta ahora (salvo excepciones como los pronunciamientos de Verónika Mendoza, la CGTP y la Defensoría del Pueblo en Cajamarca).

Tenemos en Honduras el caso de Berta Cáceres como un ejemplo de lo que sucede cuando no se miran los avisos de hoguera. Cáceres y Acuña son invisibles para el poder hegemónico (estatal o empresarial), y aun mas las políticas que defienden, hasta que sus cuerpos aparecen para ser violentados. Más de una vez acosada, hostigada, difamada por el gobierno hondureño de amenazar la paz del país, Berta Cáceres finalmente fue asesinada. Definitivamente esto no detiene la continuidad de la movilización política que ella alienta. Menciono este caso para que no esperemos convertir luego a Máxima Acuña en un símbolo (cualquier apropiación nacional es posible) cuando hemos sido tibios o indiferentes ante su condición y sus modos de negociar y resistir ante el cerco de Yanacocha

Lo sucedido puede servir para crear nueva materialidad política. Entre las décadas del 80 y 90 el momento histórico nos interpeló para conformarnos con una democracia larvaria, y que luego en su formación fue asumida como un mal mejor o quizá como esperanza ante estanques, retrocesos o cloacas. Pero a la distancia ahora podemos ya pensar en que la democracia no nos integra, sino que más bien nos fragmenta cuando se convierte en manipulación empresarial. Así, esa invisibilidad, esa indiferencia ante lo sucedido con Acuña se debe a que su política plantea un desafío para nuestra democracia de ‘a luca’. No se va comprender la dimensión y valor de su resistencia hasta que no se acepte que el territorio no es solo una extensión física sino un sistema político, una red de poblaciones, de existencias, una estructura de pensamiento.

Cuando toda una red de vida y una forma de pensar están cercados, la utopía a lo Moro, a lo Bloch, a lo Mannheim, la utopía andina clásica, no nos sirven. No podemos admitir que se imagine la vida en un no-lugar futuro cuando en el presente el lugar es exterminado y la vida es reducida al precio de unas balas. Tomar una posición, aliarse, dialogar con las políticas de Máxima Acuña (y también de Ruth Buendía entre los asháninkas) es un riesgo que debiéramos asumir para un cambio político en el país, y que la democracia pueda ser también no-humana, ya no solo el cerco estrecho que nos impide ver, escuchar.