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Una publicación de la asociación SER

Únete por otra democracia

Cualquiera que se reconozca en la siguiente situación sabe que si a la pregunta “¿vamos a otro lado?” le sigue una respuesta afirmativa, la frase a continuación será “¿a dónde?”.

Similar al diálogo anterior parece ser la duda que genera el nombre que lanzó oficialmente la semana que pasó el grupo integrado por Fuerza Social, Ciudadanos por el Cambio y Patria Roja, entre otras organizaciones.

“Únete por otra democracia” adolece de problemas no sólo de forma, sino también de fondo. En el primer campo, el nombre excesivamente largo y poco seductor ciertamente será un dolor de cabeza para quienes se encarguen del marketing político durante la campaña electoral. Sin embargo, como forma y fondo, siendo temas distintos, no caminan necesariamente por rutas separadas, el nombre no solo delata un problema de publicidad, sino uno más profundo: “Únete por otra democracia” no nos dice adónde nos quiere llevar. ¿Cuál es esa otra democracia y en qué se diferencia de la actual? Y ese es un segundo problema: El mismo nombre de la agrupación coloca en posición subordinada su proyecto político, respecto al hegemónico. Al hablar de una “otra democracia” se reconoce que existe una distinta, que es la principal. La propuesta política propia aparece en referencia a esa principal que busca desplazar. Al construir su identidad desde su carácter subalterno, el frente “Únete por otra democracia” no sólo acepta implícitamente su lugar en los márgenes del escenario democrático, sino que también acepta el ordenamiento actual de este. En vez de plantear su identidad en torno a sí misma, “Únete…” ha cometido el error de cederle esa potestad a los que comandan la actual democracia.  

Este error involuntario podría ser un indicio de la “crisis de identidad colectiva” o del “agotamiento del discurso y los referentes que dieron vida a la izquierda en el siglo XX”, como señala en un reciente artículo Anahí Durand (ver aquí). Quizás. En el campo de en frente, Tierra y Libertad parece haber avanzado más en esa ruta (independientemente de que le vaya a ser útil en su lucha por constituirse en un referente político de alcance nacional).

De los participantes de “Únete…”, aquellos que se acercaron más a la resolución del problema del discurso fueron los Ciudadanos por el Cambio, artífices de lo que se convirtió en el leit motiv de la campaña de Humala en el 2006. La Gran Transformación era importante no por su naturaleza programática, sino que, seguramente por accidente, logró convertir a un libro de Karl Polanyi en un horizonte de sentido para una importante parte del electorado. Era el germen de una identidad a ser construida. Sin embargo, ese proyecto fue abortado por dos razones distintas: La primera fue producto del bandazo ideológico y programático que realizó Humala luego de convertirse en presidente. El segundo, quizás más sutil, fue la acción de sus propios proponentes, que enfatizaron el carácter programático del documento, por sobre su naturaleza ideológica. Esto último habría supuesto convertir La Gran Transformación en dos o tres ideas fuerza, capaces de orientar, tanto al militante como al eventual elector, respecto al camino y destino al que se buscaba llegar. Por el contrario, luego del abandono de Humala, La Gran Transformación terminó siendo únicamente un insumo programático de los siguientes armados políticos.

El corrimiento hacia el centro planteado por “Únete…” no puede entenderse como un camino para producir una identidad política insulsa. Por el contrario, correctamente entendido, implica construir una identidad suficientemente convocante y fuerte para ser el eje en torno al cual se construya el escenario político-electoral. Ese objetivo difícilmente se conseguirá con algo tan indefinido y débil como una gaseosa otredad. Es tiempo de convertir a la Gran Transformación en el eje de la nueva identidad de “Únete.... Ello supone, por un lado, abrirlo hacia las otras fuerzas políticas que componen el frente, para que lo hagan suyo y eventualmente lo modifiquen. Por otro lado, supone reforzar la Gran Transformación como un programa ideológico, dejando de enfatizar su carácter programático. Implica, en resumen, hacer política al interior del nuevo frente y no esperar que el resto de organizaciones políticas se inclinen ante él como verdad revelada.

No se trata que se pase de “Únete por otra democracia” a “Únete por la Gran Transformación”. La brevedad y el poder de síntesis debiera ser una virtud. Se trata de señalar cómo la mención a una gaseosa otredad puede ser el síntoma de un problema mayor: Creer que se gana con un nombre que no dice nada, creyendo que lo dice todo.

Por último, queda en el tintero una discusión en torno a si la democracia es el clivaje en torno al cual una propuesta de transformación debe anclarse. ¿Es este un clivaje actualmente relevante en la sociedad peruana? ¿O es más bien una visión intelectual transportada al mundo de la política lo que ha primado en esa afirmación?