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Una publicación de la asociación SER

Un encuentro con Churata

La obra de Gamaliel Churata hasta hace un tiempo de difícil acceso y escasamente comentada ha recibido una mayor recepción crítica en los últimos cinco años. Esto se ha debido, en buena parte,  a la reedición de su principal texto, El pez de oro (editado por Helena Usandizaga, 2012), de su poesía reunida en el volumen Ahayu Watan (recopilado por Mauro Mamani, 2013) y a la publicación de su inédito La resurrección de los muertos (editado por Riccardo Badini, 2010). En este contexto, la aparición de Churata Poscolonial (Latinoamericana editores, 2015) de Mabel Moraña resulta una contribución preeminente no solo a lo que pudiera considerarse “estudios churatianos” sino al campo de estudios latinoamericanos.

En las primeras páginas del libro, Moraña se detiene a entender esta obra de Churata en el marco de los debates sobre el indigenismo desde las propuestas de José Carlos Mariátegui, Luis Valcárcel, Luis Alberto Sánchez, entre otros.  En este punto se cuestionan las relaciones entre el marxismo y el proyecto indigenista, de lo cual se concluye que Churata buscó a un “totalismo” o una propuesta integrativa entre una y otra ideología, a fin de evitar caer en reduccionismos o esencialismos. Pero además de una comprensión histórica (en el contexto nación-vanguardia-revolución de los años 30 en Perú), la autora establece un diálogo entre Churata y la actual condición postcolonial latinoamericana, así señala: “Aunque la distancia y las diferencias entre el presente y las décadas en los que se desarrolló el pensamiento de Churata son innegables, ciertas continuidades resultan fértiles e integrativas” (28).

Las respuestas postcoloniales de Churata se dan mediante la captación de epistemologías  y ontologías indígenas, la configuración de un lenguaje sucio (que Churata llama “chaskadera”), la desacralización del canon occidental y su apuesta por la diferencia cultural andina ante modelos totalizantes de nación. Pero con todo y esto Churata no rechaza la cultura occidental, y en este sentido la composición de su obra resalta una tensión heterogénea entre particularismo y universalismo. Esta tensión se testimonia desde los años de Churata con el grupo Orkopata, el Boletín Ttikaka; atraviesa su estadía en Bolivia, sus miles de crónicas periodísticas y La resurrección de los muertos.

En el trasiego de definir la condición postcolonial de Churata, Moraña establece lecturas comparativas entre el pensamiento churatiano y las obras de Antonio Cornejo Polar, Rodolfo Kunch, Ernesto Laclau, Aníbal Quijano, Boaventura de Sousa Santos, entre otros. De esta manera se va elaborando una metodología acorde con la complejidad de El pez de oro y La resurrección de los muertos. Por ejemplo, en el caso de Cornejo Polar, si bien se advierte que la obra de este crítico “diseña un mapa de problemas, alternativas y posibilidades teóricas a partir de los cuales la obra de Churata puede ser abordada productivamente” (83).

Acerca de la obra de Aníbal Quijano, se pone de relieve cómo Churata piensa las estructuras de dominación del colonialismo y de qué manera su obra interrumpe la continuidad de la colonialidad. Moraña considera que esta interrupción se da de tres modos: 1) Mostrando las grietas del conocimiento oficial eurocéntrico, 2) criticando la noción hegemónica de lo “real” a nivel ontológico, 3) empleando un repertorio de saberes que desbordan la organicidad de la cultura occidental (101). A partir de este último la autora hace un parangón entre el pensamiento postcolonial churatiano y el concepto de “epistemicidio” de Boaventura de Sousa Santos. Esta comparación permite comprender el esfuerzo de Churata por aprehender en su obra las dinámicas de las epistemologías quechuas y aymaras, ya sea desde una temporalidad otra que perturba la linealidad de la modernidad, desde la concepción de la muerte o la animalidad. Al respecto, Moraña enfatiza la importancia de un concepto como el ahayu (“alma comunitaria”), acorde con la noción de ego usada por Churata y que “designa una unidad plural y al mismo tiempo unificada donde el individuo coincide con el todo” (166).

Igualmente, es importante el modo en que Moraña entiende la función de la teatralización y la mímica en La resurrección de los muertos. Para Moraña,  estas estrategias discursivas ponen de relieve como Churata se apropia y desacraliza el canon occidental. Esta operación radicaliza el proyecto de El pez de oro (181) ya que aumenta las ambivalencias del contacto entre saberes, sobre todo si consideramos que "los grandes pensadores [de Occidente] terminan reconociendo sus errores ante el saber "salvaje" del profesor Analfabeto (185). De esta manera la de Churata es una movilidad o posicionalidad dinámica, nunca fija ni definida a priori, por eso su obra habla desde espacio del "entre", ese espacio pluritópico donde se escuchan voces "de mestizo y de indio, de hombre y de animal, de americano, de andino, de vanguardista, de meta-indigenista, de intelectual (post)moderno y de sujeto postcolonial" (204).

Trazar las líneas de nuevas interpretaciones es lo que hace válido un estudio crítico, esbozar un mapa que permita renovados contactos entre el autor y los lectores. Queda así pendiente continuar adentrándose en lo sugerido por Moraña para mejor comprender la obra de Churata, en temas como la ética, el contacto lingüístico, el afecto, el cuerpo, la filosofía andina, así como evaluar la importancia de los años bolivianos en su pensamiento postcolonial.