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Una publicación de la asociación SER

Testimonio de parte

Pronto habré pasado la mitad de mi vida en el Perú, país en el que he criado una familia y amistades profundas que son raíces fuertes y savia que me nutre día a día. Debo confesar que había olvidado que entre mi país de nacimiento y mi país de adopción hubo alguna vez una guerra y varias escaramuzas que duraron años. La última de ellas fue en 1995 en el Cenepa en que murieron chicos jóvenes de lado y lado en nombre de sus patrias que muy probablemente los hubieran olvidado y les hubieran negado oportunidades en su futuro, como pasa con miles de adolescentes y jóvenes aún ahora en nuestros países.

Para quienes éramos ecuatorianos, ecuatorianas, peruanos o peruanas en el otro lado de la frontera  de nuestro país de nacimiento, estos momentos fueron muy difíciles, duros, dolorosos. Me tocó vivirlos con mis dos hijos, uno nacido en Quito y otro en Lima, escuchar hablar despectivamente sobre esos monos, que deberían irse, que eran unos “desgraciados”, incluso en espacios que consideré seguros. Cuando hacía referencia a estas expresiones, me decían que en Ecuador era peor para los peruanos, como si eso justificara el insulto o la violencia o redujera el dolor y el desconcierto. Cuando se firmó el Acuerdo de Brasilia, el 26 de octubre de 1998, fue una de las fechas más emocionantes de mi vida en el Perú, pues pensé que era el hito final que terminaría con los tambores de guerra, con la idea con la que había sido criada de que había un territorio que era nuestro antes del 1941 cuando se firmó el protocolo de Río, asunto que, debo decir a riesgo de parecer antipatriota, nunca me importó pues creo que entre nuestros pueblos las fronteras son ficticias, inventadas por quienes siempre han querido dividirnos y mantenernos de espaldas. Se terminaría, pensaba, lo de monos de mierda o peruano gallina y por fin podríamos vernos las caras y asombrarnos, ya sin la oscuridad de la guerra, por lo parecidos que somos ecuatorianos, peruanos, peruanas, ecuatorianas.

Y así fue. Aunque de vez en cuando algún despistado hacía referencia a Tiwinza o al falso Paquisha y a las pretensiones ecuatorianas, no volví a sentir ninguna agresión de ningún tipo en el país, al contrario. Pero de pronto el domingo, como si estuviéramos en una máquina del tiempo, las palabras insultantes hacia los ecuatorianos volvieron a ser pronunciadas, escritas, reproducidas en los medios a raíz de la gresca sostenida por el embajador ecuatoriano y dos mujeres peruanas en un supermercado, en la cual, según han denunciado las mujeres, fueron agredidas y golpeadas por el embajador que perdió totalmente los papeles y la compostura que el común de las personas esperaba de un embajador. Visualizando imágenes de los hechos, se ve también que las mujeres agreden al señor, aunque para algunas personas, el golpe fue, como dijo la madre de la chica que dio la cachetada,  un “lapo no muy fuerte” y sólo respondía. Por otro lado, como nos ha informado Alvarez Rodrich la joven “es jefa de relaciones públicas de un hotel de cinco estrellas, por lo que debiera estar bien entrenada en el manejo de reacciones de clientes difíciles”. (1)

“Miserables ecuatorianos”, “a ese mono le falta su plátano”, “les vamos a dar harta patada”, en referencia al partido Ecuador–Perú que se avecina, y otros insultos o comentarios despectivos surgieron en varios frentes noticiosos, en los comentarios que se hacían a las noticias. Vimos entonces un escalonamiento del conflicto entre los dos países a raíz de este incidente debido en buena medida a que se les fue de la mano a ambas cancillerías y a una prensa oficiosa, irresponsable y parcializada que en su aparente defensa de la peruanidad no hacía sino atizar los ánimos de la población. Se debe defender a las mujeres agredidas, decían, con lo que debemos estar de acuerdo, por supuesto, pero sin faltar a la verdad o por lo menos sin dejar de presentar los hechos de modo que permitan un análisis más objetivo y para que se asuman las responsabilidades que las personas involucradas tuvieron, pues aunque uno haya iniciado la agresión, lo cierto es que las otras respondieron de igual manera. Ello nos lleva a preguntarnos si es justificable la respuesta agresiva cuando viene de una mujer, sólo por el hecho de ser mujer. ¿Somos las mujeres per se pacíficas y abnegadas, incapaces de responder con violencia o de generarla? La respuesta es negativa, pues aunque lo que se espera de nosotras es que seamos “naturalmente” tiernas, abnegadas, sumisas o pacíficas, lo cierto es que hay mujeres que maltratan, que matan y golpean a sus hijos, que hay también violencia intragénero y que entre nosotras mismas podemos hacer gala de una crueldad ilimitada. Pero no es la violencia en sus diferentes formas y las respuestas que genera y que engendran más violencia lo que ha estado en la palestra en este episodio, sino las respuestas de un lado y otro que han provocado finalmente un impasse diplomático, que han azuzado los nacionalismos de lado y lado y que nos intentan hacer olvidar tanto dolor y sufrimiento que entrañó la guerra para ecuatorianos, ecuatorianas, peruanos y peruanas y que nos recuerda lo frágil que puede ser la paz y por tanto el cuidado que debemos tener con esa paz que costó tanto conquistar a nuestros pueblos .

No fue la violencia y sus nefastas consecuencias y el impacto que tiene en la vida de las personas y de las mujeres en particular, que son las que la sufren en mayor proporción, lo que ha preocupado a los medios porque en estos días también nada menos que el rector de la Universidad Católica de Trujillo, con doctorado en biología y con estudios de postgrado en Inglaterra, EE.UU., Japón y Brasil, Heli Mianda Chávez, dijo en una reunión sobre la Ley Universitaria que “la Ley Universitaria no va a solucionar únicamente el problema del sistema universitario peruano, aunque hoy día no debo decir, pero, dicen que la ley es femenina y hay que violarla, y así es, toda norma se busca cómo violarla”. (2) Que un rector pronuncie estas palabras considerando la violación casi como parte de lo que las mujeres deben vivir es un asunto sumamente grave, pues ¿qué puede esperarse de alguien que piense de esa forma? ¿Denunciará a los agresores o defenderá a sus alumnas si tuvieran que vivir una violación o lo considerará algo normal? Sin embargo, la prensa apenas lo mencionó y luego pasó rápidamente al olvido, sin que se plantee qué clase de educadores tenemos en el país que se pueden permitir decir esas cosas impunemente, mientras que la bronca entre el embajador y las mujeres discurría entre las amenazas de retiro de embajadores. No fue tampoco gran noticia la que salió entre policiales que en Ayacucho “policías violaron a dos menores que confundieron con meretrices” (3), dando cuenta de que persiste la idea de que se justifica violar a mujeres, por ser meretrices. Tampoco ocupa las primeras planas el que el Perú tiene los más altos índices de feminicidio de América Latina y que  97 mujeres murieron el año pasado en manos de hombres peruanos que creyeron que eran sus dueños y que podían eliminarles su autonomía, quitándoles la vida, ni lo que nos informa Jorge Bruce: “El Perú ocupa el primer lugar de abuso sexual de toda Sudamérica. En ese deshonroso ranking, el 78% de las víctimas son menores de edad.”  Y señala también que “este dato se refiere específicamente a violación sexual” y que “el 55% de los perpetradores pertenecen al entorno familiar de la víctima y que el 72% de éstas son mujeres, mientras que el 22% de quienes sufren abuso sexual tienen entre 6 y 11 años.” (4) Como podemos ver, las dimensiones de la violencia son enormes, pero no se aprovechó lo sucedido para enfocar en cómo la violencia cotidiana puede generar consecuencias tan grandes como el impacto de una guerra y  como puede rasgar los hilos que se fueron armando entre nuestros países para tejer la paz.

Por ahora, el presidente ecuatoriano ha dicho que se ha superado el impasse al retirarse los embajadores de ambos países. Esperemos que no se repitan ni las escaramuzas en un supermercado, ni en ninguna frontera y que ni peruanos ni ecuatorianas tengamos que escuchar insultos racistas y xenofóbicos en ninguno de nuestros países. Esperemos también que la prensa y la ciudadanía tan preocupada por este caso tome más conciencia de la necesidad de que la violencia que vivimos las mujeres sea enfrentada con mayor firmeza, que se destinen presupuestos para ello, que se sensibilice a hombres y mujeres sobre el impacto que tiene para el desarrollo del país y que no salte a las pantallas o a la prensa sólo cuando un caso es proclive a ganar rating.

Notas

(1)    Augusto, Alvarez Rodrich, “La crisis de la jamonada”, La República, 3 de mayo del 2013. http://www.larepublica.pe/columnistas/claro-y-directo/la-crisis-de-la-jamonada-03-05-2013
(2)    María Fernanda Palacios, “La ley es femenina y hay que violarla”, La Mula, 2 de mayo del 2013. http://redaccion.lamula.pe/2013/05/02/la-ley-femenina-es-para-violarla/mariafernandape
(3)    “Ayacucho: Policías violaron a dos menores que confundieron con meretrices”, 30 de abril del 2013.
http://www.larepublica.pe/30-04-2013/ayacucho-policias-violaron-dos-menores-que-confundieron-con-meretrices
(4)    Jorge Bruce, “Por respeto a la infancia”, La República, 6 de mayo de 2013.
http://www.larepublica.pe/columnistas/el-factor-humano/por-respeto-la-infancia-05-05-2013